Los Sullivan de Seattle, Libros 1-3 (Colección Los Sullivan nº 4) Capítulo 20
81%

Capítulo 20

CAPÍTULO VEINTE

Ford estaba del todo de subidón, de esos que solo actuar en un escenario —y estar con Mia— le habían dado jamás.

Solo habían tardado unas horas en ponerse de acuerdo en que el gran almacén a media manzana al oeste del edificio del Museo de la Cultura Pop era la mejor elección para el campamento.

Ford le había preguntado a Mia cuál sería un precio justo por el edificio, y en cuanto le pidió que hiciese una oferta verbal al vendedor, este aceptó inmediatamente.

Todo estaba avanzando realmente deprisa, sí, pero eran cosas fantásticas. Una estupenda casa junto al agua en Seattle. El espacio perfecto en el centro para un campamento donde los niños pudiesen valerse de la música para alejarse de sus vidas de mierda y conseguir una mejor.

Y, pensó él mientras veía a Mia revisando la enorme pila de contratos que él había firmado para el local comercial, la mujer más hermosa del mundo de vuelta en su vida.

Como sus empleados ya habían cerrado y se habían ido, en vez de volver a su oficina, Mia sugirió que podían imprimir y enviar por fax todos los contratos desde su apartamento.

Habían pedido comida china y se la habían comido directamente de las cajitas mientras ella le explicaba toda esa interminable ristra de papeleo, al menos el doble para el local comercial de la que había sido necesaria para la casa que había comprado el día anterior.

Ella estaba en modo profesional todo el tiempo mientras lo hacían, y mientras estaba ocupada revisando por segunda vez los detalles finales de los contratos, él se levantó para observar detenidamente las fotos que cubrían casi todas las superficies de su casa.

Las ventanas de su piso eran grandes y los techos altos, pero había tanto color, vida y personalidad en su casa que el gran salón-comedor no parecía frío o con aire duro en absoluto.

La casa que él acababa de comprar era genial, pero sabía que si Mia la compartía con él, ella sería la que le aportaría la auténtica calidez.

Cinco años atrás, cuando sus fans se habían empezado a multiplicar fuera de la habitación del hotel, ellos habían decidido que sería más fácil desaparecer en casa de ella por una noche.

Aunque su piso anterior había sido pequeño, a él le había encantado.

Estaba claro que ella tenía mano para crear un hogar cómodo y como había sido el primero en el que él había estado en realidad, había supuesto una revelación el estar rodeado por tantas fotos de su familia y amigos.

Tal vez, admitía ahora, eso le había hecho sentir todavía más un solitario, y era otra razón más por la que había salido huyendo de esa forma al final de aquella semana.

Cogió un pequeño marco con una foto de Mia y sus hermanos de niños.

Ella estaba subida a los hombros de su hermano mayor y solo una de sus dos coletas seguía en su sitio, como si hubiesen estado jugando mucho antes de que se tomase la foto.

Él la miró por encima del borde del marco.

Aunque su pelo ahora era brillante y perfecto, podía ver igual de fácilmente a la niñita feliz y despreocupada que había sido dentro de esa hermosa y elegante mujer que era ahora.

Dejó la foto y cogió otra de Mia y sus padres, sacada cuando ella se graduó del instituto.

Ellos estaban tan orgullosos de su hija…

Y en vez de parecer estar deseando salir huyendo de su abrazo, ella estaba apoyándose en los dos como si no hubiese ningún otro lugar en el que le apeteciese más estar.

Casi era medianoche cuando ella anunció:

—Todo el papeleo oficial está ya de camino. Felicidades. Le ofreció la mano para estrechársela y él la aprovechó para arrastrarla hacia él.

Pero el sensual y provocativo gracias que tenía en la punta de la lengua se le quedó atascado al darse cuenta de lo rígido que se había puesto su cuerpo al abrazarla.

Estaba claro, se dio cuenta ahora, que su comportamiento super-profesional durante toda la velada no había sido solo causado porque ella quisiese asegurarse de que no se perdía ningún detalle de la transacción inmobiliaria.

Él le acarició el turgente labio inferior con el pulgar.

—¿Va todo bien?

Ella titubeó un momento antes de decir:

—Soy yo la que debería estar preguntándote eso. Después de todo, eres el hombre que ha pasado menos tiempo pensando en comprar una gran propiedad comercial del que la mayoría de la gente emplearía en decidir lo que van a cenar.

Aunque no se le escapó que ella no había respondido a su pregunta, su boca estaba tan hipnóticamente cerca que él perdió el hilo de todo menos de lo bien que se sentía al abrazarla… Y de cuánto deseaba besarla.

Casi tenía la boca encima de la de ella cuando miró detenidamente esos preciosos ojos…

Y vio en ellos un clarísimo recelo. Y aunque la sangre latiera peligrosamente en sus venas, de nuevo no fue capaz de librarse de la sensación de que ella estaba mucho más tensa ahora de lo que lo había estado en su despacho ese mismo día.

—Algo no va bien. —No lo dijo como una pregunta esta vez—. Necesito que me digas en qué estás pensando, Mia.

—Eres consciente de que debes de ser el único hombre de la historia que jamás le haya preguntado a una mujer en qué piensa, ¿verdad?

—Probablemente también sea el único que selo haya preguntado en serio, además —asintió él—.

Mira —dijo, intentando adivinar cuál podía ser el problema—, sé que he tomado esta decisión sobre asegurarnos de ser amigos antes de acostarnos de forma unilateral.

Y sé que no te gusta que te pongan límites mucho más que a mí. ¿Es eso lo que está pasando?

—Tienes razón en lo de que nunca me ha gustado que los demás decidieran lo que es mejor para mí.

Pero —dijo ella, con gesto de negación—, ese no es realmente el problema.

—Apartó la cara de él, como si no quisiera que él fuese testigo de su vulnerabilidad—.

Todos esos años que hemos pasado separados, yo lo tenía todo tan claro, era tan fuerte, estaba tan segura de no seguir deseándote…

Y de que jamás correría el riesgo de enamorarme de nuevo de ti.

Pero hoy, mientras te veía hablando con Natasha y sus cámaras sobre los niños que necesitan la magia de la música en sus vidas, estaba tan orgullosa de ti por poner tu energía y tu dinero en un campamento que va a suponer tanta diferencia…

—Soltó un suspiro—. Y entonces es cuando me di cuenta de las tonterías que me había estado diciendo.

La euforia le invadió al escucharla admitir que se estaba enamorando otra vez de él. Lo podía sentir en sus besos, claro, lo podía ver en sus sonrisas, pero esto era más de lo que ella había puesto en palabras hasta ahora. Al mismo tiempo, odiaba saber que la preocupaba.

—Incluso ahora —añadió ella con voz queda—, aunque me he estado repitiendo a mí misma una y otra vez que debería ser más lista y que podrías irte a la cama con cualquiera de esas grupis que hemos visto hoy delante del museo cuando quieras, quiero bastante más que el beso de buenas noches que estoy segura de que planeas darme para cumplir con tu juramento de amistad.

Tenía razón sobre lo del beso de buenas noches, aunque él sabía que le mataría alejarse de ella esta noche de nuevo, pero también necesitaba que supiera esto:

—No deseo a ninguna de ellas Mia. Tú eres la única con la que quiero estar. La única a la que he deseado jamás.

—Entonces demuéstramelo —dijo ella con una voz ronca que le atravesó de parte a parte como un relámpago eléctrico.

Él ya tenía la boca fuertemente apretada contra la de ella antes de que pudiese acabar la frase siquiera, y su dulce sabor era todo lo que le hizo falta a Ford para perder el extremadamente tenue control que mantenía sobre sí mismo.

Un instante después la tenía contra la pared y la había levantado para que le rodeara las caderas con las piernas.

Necesitaba estar todo lo cerca posible de ella, y cuando le restregó la erección contenida por sus vaqueros contra su cuerpo y ella soltó una exclamación de placer, él inmediatamente se aprovechó de ello y le absorbió la lengua dentro de su boca.

Había planeado darle un beso de buenas noches dulce y seductor…

No este asalto lujurioso de cada milímetro de su boca, pero cuando intentaba apartarse, se encontraba a sí mismo haciendo justo lo contrario.

Enredó la mano en sus largos cabellos y echó su espalda hacia atrás con rudeza para poder atacar la suave piel de su cuello con los labios, la lengua y los dientes.

Pero él no era el único que estaba perdiendo la cabeza, porque las manos de Mia estaban por debajo de su camisa y sus uñas arañándole los pectorales.

Cuando él chupó su punto más sensible, allí donde el cuello se convertía en hombro, ella tuvo que agarrarse de sus hombros para mantenerse firmemente contra él mientras temblaba de placer.

Diez segundos. Solo eso le habría costado arrancar la ropa de ambos y estar dentro de ella.

Ella estaría tan caliente, tan mojada y preparada para todo lo que él podría darle que cada idea coherente de su cabeza se volvería un ruido de estática, hasta que lo único que podría escuchar sería el latido sordo del pulso en sus oídos.

No, maldita sea. No iba a perder su ocasión de alcanzar la eternidad por unos cuantos minutos perfectos de rodar desnudo por el suelo con ella.

Con una contundente maldición que reverberó contra las ventanas de panorámicas de su piso, Ford se obligó a apartar la boca de su cuello y a dejarla en el suelo.

La respiración de ella hacía que su pecho subiera y bajara descontrolado. Su piel estaba rosada y preciosa y sus ojos brillaban de excitación sexual.

—No sabía que un beso de buenas noches podía ser así —susurró ella.

Él sabía que debería estar dando un paso atrás, y luego otro, pero cuando ella le tocó la cara con la mano, también supo que se quedaría si ella se lo pedía.

Cada promesa que había hecho, todos y cada uno de sus buenos propósitos, se convertirían en polvo frente a su deseo de estar con ella ahora mismo, esa noche, de atrapar ese breve avance de placer que acababan de disfrutar los dos y multiplicar su sabor mil veces más.

—Vete.

Sus ojos estaban oscurecidos por el deseo, y él sabía que le había costado tanto decir esa única palabra como a él obedecerla. De alguna forma, obligó a sus pies apartarse de ella y dar un paso atrás y luego otro, y otro más… Hasta que notó la puerta del piso contra su espalda.