Los Sullivan de Seattle, Libros 1-3 (Colección Los Sullivan nº 4) Capítulo 19
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Capítulo 19

CAPÍTULO DIECINUEVE

El martes rápidamente tomo la forma de uno de esos días locos en los que Mia iba corriendo de casa en casa con tan poco tiempo libre entre las visitas que no pudo ni desayunar ni comer.

Ni siquiera, pensó con un estremecimiento de añoranza por su máquina de expreso en la sala de descanso de su oficina, de una taza de café decente para reiniciar su motor.

Un motor que estaba rugiendo de vida siempre que pensaba en Ford y luego petardeando cuando se obligaba a la fuerza a recordarse a sí misma que no debía repetir sus errores enamorándose tanto y tan deprisa de él.

No habían hecho mucho más que besarse un poquito sobre esa manta en su jardín, pero hasta eso había sido tan apabullante para sus sentidos que había acabado aceptando la petición de último momento que le había enviado un cliente solo para tener algo de espacio aparte de Ford en el que pensar.

Había intentado ser racional sobre todo lo que él había hecho, todo lo que había dicho desde que reapareció en su vida el viernes por la mañana, pero el pensamiento racional nunca había sido su fuerte en lo que a Ford respectaba.

Además, una cosa era cuando él se le acercaba con la idea de seducirla sin más en la cabeza.

Honestamente, aunque ella le deseaba como una loca, podría haber descartado ese acercamiento.

Pero ¿saber que él quería que primero fuesen amigos?

Ese es el camino para abrir un túnel hasta mi corazón, estrella del rock.

Pero aunque le había tenido en la cabeza casi cada segundo desde que se habían separado el día anterior, no estaba preparada para entrar por la puerta principal de Sullivan Realty y encontrárselo sentado en el vestíbulo con sus largas piernas cruzadas mientras charlaba tranquilamente con su recepcionista.

—Aquí estás. —Él desplegó lentamente su maravilloso cuerpo al levantarse de la silla y le lanzó una mirada directa, tan cargada de fuego que ella estaba bastante segura de que su pelo corría el riesgo de arder en llamas—. ¿Tienes un minuto?

Ella no sabía si echarse a reír o gritarle por sorprenderla de esta forma. ¿Por qué no había llamado para decirle que tenían que verse? No solo acababa de venderle una casa realmente cara sino que eran…

Ella soltó un suspiro. Eso era precisamente lo que estaban intentando averiguar, ¿verdad? ¿Eran ex-amantes? ¿Amigos en ciernes?

¿O algo más?

—Por supuesto. Pasa a mi despacho. Estaré ahí en un segundo y podremos hablar de lo que quieras.

Él la observó un minuto.

—¿Qué tal si te preparo un café de camino para allá?

Ella casi gimió ante la idea de un alivio inducido por la cafeína.

—Por favor. La máquina está en la sala de descanso. Orlando puede enseñarte el camino.

En cuanto él desapareció dentro de la parte principal de las oficinas, como si fuese el dueño del lugar, Betsy dijo:

—Lo siento, quería mandarte un mensaje de texto para decirte que estaba aquí. Pero él ha insistido en que esperásemos hasta que hubieses terminado con tus visitas. Creo… —La recepcionista se interrumpió a sí misma de golpe, como si no quisiera hablar de cosas que no le incumbían.

—Me gustaría mucho saber qué es lo que crees —le dijo Mia a esa mujer que le caía tan bien y en la que confiaba para lidiar con todas las llamadas y clientes potenciales.

—Creo que no había ningún otro sitio en el que quisiera estar. Porque a pesar de que algunos visitantes le han pedido su autógrafo al darse cuenta de quién era, me ha dado la sensación de que se sentía a gusto aquí.

—¿Cuánto tiempo ha estado esperando?

—Como una hora.

—¿Ford ha estado aquí sentado una hora?

—En realidad, el tiempo se ha pasado volando. Nos hemos puesto a hablar de mis hijos y mis nietos y él tenía un montón de preguntas sobre las escuelas locales, las ligas infantiles de deporte y las clases de gimnasia. ¿Tiene hijos?

—No —dijo Mia, pero al pensar en lo que él le había dicho cuando estuvieron paseando por la casa que se acababa de comprar, añadió—: Todavía no.

A través de las paredes de la oficina, que eran casi todas de cristal, podía ver a Ford riendo con uno de sus muy deslumbrados empleados.

Orlando lo estaba llevando mucho mejor y controlándose hoy, pero todos los demás estaban prácticamente temblando de emoción.

Estaba claro que Ford no era bueno para la productividad de su plantilla.

Pero tal vez no pasaba nada, porque su presencia también era evidente que les hacía muy felices.

Sí, en su familia había un par de grandes estrellas, pero nunca había visto a nadie que no fuese un familiar suyo lidiando tan bien con la fama.

Allí donde otros músicos con los que había trabajado para encontrar propiedades en Seattle se habían asegurado por completo de que ella no se olvidase ni por un segundo de con quién estaba tratando, Ford parecía esforzarse del todo para hacer exactamente lo contrario.

—Gracias por hacerle compañía, Betsy.

—Ha sido un placer —dijo la señora más mayor con un sonrojo impropio en ella—. No es que sea exactamente difícil de ver, ¿verdad?

—No —dijo Mia, riendo, ante lo cortísimo que se quedaba eso—. La verdad es que no.

Ford tenía la humeante taza de expreso esperándola cuando entró en su despacho.

Ella se lo quitó de la mano con una exclamación sin palabras que sonaba a «Gracias a Dios» y enseguida se bebió un sorbo.

—Maldita sea —dijo él—, jamás había pensado que estaría celoso de una taza de café. Pero no estoy seguro de que me hayas mirado nunca a mí de esa forma.

Por suerte, ella podía sentir ya el potente efecto del bendito triple expreso que él le había preparado, mientras le miraba con una ceja en alto.

—¿No te habrás pasado una hora esperando en la entrada con Betsy para que te hagan cumplidos, verdad?

—No —confirmó él—. He venido porque verte a ti es la mejor parte del día.

Aun cuando sus dulces palabras la hicieron sentir su calor, ella dijo:

—¿Y?

—Lo digo en serio, ya lo sabes. Verte a ti hace que todo sea mil veces mejor.

Hasta sabiendo que no puedo tocarte porque tus empleados nos están mirando.

—Él le sonrió y ella ya estaba hechizada a pesar de no querer estarlo cuando él admitió—: pero ya que lo mencionas, hay algo con lo que me encantaría que me ayudases.

—¿Hay algún problema con la casa?

—No, la casa está genial. Esta mañana estaba en el Museo de la Cultura Pop, grabando una promoción para el concierto de Seattle de este sábado y el gerente me ha estado hablando de todos los chavales que se pasaban por la sección de música del museo y no querían irse a sus casas al final del día, cuando llegaba la hora del cierre.

—Los ojos de Ford se nublaron—. Yo fui uno de esos críos, y sé que si hubiese tenido un lugar como ese en el que pasar el rato, en medio de toda esa historia de la música, toda esa inspiración del edificio originalmente llamado el Experience Music Project, me habría ayudado.

—Cuando volvió a mirarla de nuevo, sus ojos estaban otra vez claros.

Y llenos de entusiasmo—. Quiero abrir un sitio en Seattle para que los chavales vayan y toquen música juntos.

Un campamento de rock. Traeremos a músicos, algunos locales y otros de los grandes nombres también, de los que me deben algunos favores.

—Suena alucinante Ford. —Su entusiasmo era contagioso.

—Lo será, pero necesito que me ayudes a encontrar el sitio perfecto.

—Ya ando dos pasos por delante de ti. —En cuanto él empezó a hablarle de su idea, ella había repasado mentalmente varios de los espacios comerciales disponibles cerca del Museo de la Cultura Pop. Los abrió rápidamente en su ordenador e imprimió los dos principales candidatos.

—¿Qué te parecen estos?

Él leyó la información rápidamente y asintió.

—¿Cómo de rápido podemos ir a verlos? ¿Alguna posibilidad de que estés libre ahora mismo?

Ella silbó entre dientes.

—Guau, sí que vas en serio con esto, ¿no?

—Me gustaría anunciar el proyecto en el concierto del sábado si puedo.

Por supuesto que ella no estaba libre. Pero de algún modo Ford no dejaba de convencerla de incumplir todas sus reglas habituales, sin intentarlo siquiera.

—Orlando —dijo después de hacer venir a su ayudante—, ¿hay alguna posibilidad de que pudieses encargarte de un par de visitas más esta tarde?

Orlando estaba claramente más que dispuesto a aceptar la responsabilidad adicional que ella iba dándole, y cuando se despidió alegremente de Ford y luego salió a encontrarles a sus clientes unas estupendas casas, ella fue consciente de que tendría que empezar a buscar pronto a un nuevo ayudante, para poder dejar que Orlando se uniese a las filas del resto de agentes a tiempo completo.

—Estoy bastante segura de que las estrellas del rock como tú deberían estar pasando todo su tiempo dando fiestas en bañeras llenas de champán y de grupis, no creando un refugio musical para niños —dijo justo antes de que se subieran a un taxi a la puerta de su oficina—. No dejas de sorprenderme.

—Antes yo era un crío estúpido.

—Ambos lo éramos. —Aun así, aunque ella sabía que ambos habían crecido en los últimos cinco años y ya le había perdonado por la forma en que la había dejado, todavía le quedaban algunas heridas tiernas por dentro.

Sentada a su lado en el asiento trasero, sintió como si hubiese un imán intentando atraer sus manos juntas. La tozudez le dictaba que mantuviese la mano en el regazo, aunque sabía lo bien que se sentiría deslizando sus dedos en la de él.

—Una cosa que probablemente deba mencionar —dijo él justo cuando ella estaba a punto de abrir la puerta enfrente del museo, que estaba a una manzana exacta de ambas propiedades, que quedaban en direcciones opuestas—, va a haber un pequeño equipo de filmación con nosotros esta tarde.

—¿Un equipo de filmación? ¿Le has contado a la prensa que íbamos a ir a ver estas propiedades?