Capítulo 4
CAPÍTULO CUATRO
En ese primer momento en que Mia había puesto los ojos en Ford, guapísimo y fuerte allí de pie en el torreón, su corazón había dado un brinco, como si él fuese el príncipe de los cuentos de hadas que por fin había venido a despertarla de su letargo emocional con un beso de amor verdadero.
Pero un instante después, gracias a Dios, había recordado quién era él de verdad.
Aun así, no podía negar que verle otra vez no hubiese sido como un puñetazo en las tripas. Es más, había sido como un puñetazo en su corazón… Y en su libido, también.
La semana en la que conoció a Ford, cinco años atrás, había empezado como la mejor de su vida, y había terminado como la peor…
Todo porque cada una de sus fantasías románticas había sido encendida, y luego la habían dejado arder hasta consumirse, y a ella con los ojos llorosos por el humo que generaron mucho después de él se hubiese marchado.
Ford caminaba un pelín demasiado cerca de ella mientras bajaban por la escalera.
Lo bastante cerca para que ella pudiese oler su aroma limpio y masculino, el mismo que la había vuelto loca en esas noches en las que habían yacido juntos, piel con piel, con los corazones al galope después de hacer el amor de forma feroz y salvaje.
Ella nunca había sido capaz de acercarse lo bastante a él y en aquella época, pensó que eso era solo una manifestación física de cuanto lo deseaba.
Solo después de que él se fuera entendió que había habido una distancia real entre ellos, porque por cada parte de su corazón que ella le había entregado a él, él le había devuelto poco del suyo.
Por desgracia, Mia podía volver a sentir su calidez ahora mismo en esa pequeña escalera, y su piel se calentó automáticamente, igual que si él la hubiese tocado.
Un relámpago de deseo puro e instintivo la recorrió al pensar en volver a sentir esas manos sobre su piel.
Igual que la primera vez que lo vio actuando, él llevaba unos pantalones oscuros y una camiseta lo bastante desgastada para que ella pudiese ver que tenía todavía más músculos, como si su cuerpo se hubiese desarrollado aún más.
Con media docena de tatuajes nuevos discurriendo por sus brazos y hasta por la base del cuello y los anchos hombros, contemplar esa increíble belleza masculina le hacía la boca agua.
Daba igual lo mucho que lo odiase, la verdad es que nadie la había hecho sentirse tan bien jamás, tan viva… Ni, se recordó con dureza, tan destrozada.
Hasta que llegó Ford, Mia había sido la rompecorazones.
No porque disfrutara haciendo daño a los hombres, sino porque simplemente nunca había correspondido a los sentimientos de sus novios con la misma intensidad.
Pero después de que Ford le rompiese el corazón, por mucho que odiase la idea de ser la mujer despechada, casi fue eso en lo que se convirtió después de que él se fuera.
Casi lo había dejado todo por él, y casi había perdido su propia identidad en el nombre del amor.
Francamente, todavía no estaba segura de a quién odiaba más: si a él por ser un cabrón o a sí misma por ser tan débil. Y tan estúpida.
Aunque, se recordó interiormente mientras ambos recorrían la zona principal de la casa, ella no debería ser tan dura consigo misma por culpa del pasado.
Después de todo, la primera vez que vio a Ford actuando en aquel club del centro ella solo tenía veintitrés años.
Era joven y estaba llena de sueños. El hecho es que a cualquier mujer le habría costado no sentirse especial cuando sus ojos se habían cruzado en medio de la multitud y él le había cantado directamente a ella.
Solo era normal que alguien tan joven e idealista como era ella se hubiese creído la fantasía de ser la Yoko de este Lennon, de que podría ser la única mujer que le importaría cuando él podía haber tenido a cualquiera…
Y que estaría bien dejar que sus propios sueños y pasiones se diluyeran en los de él solo porque le amaba.
Bueno, pensó Mia al detenerse en la cocina y volverse lentamente a mirarle.
Maldita sea, ella estaba muchísimo más resabiada esta vez.
Daba igual lo genial que fuese ningún tío: jamás volvería a perder de vista sus propios sueños, su propia identidad ni su carrera.
Y decididamente, no iba a caer presa de los encantos de Ford, ni de su atractivo, ni de sus recuerdos de lo bueno que había sido hacer el amor con él, ni…
Maldita sea, basta ya. Él era un cliente. Y ella estaba aquí para venderle una casa. Nada más.
Metió una mano firme en su bolso de piel, sacó un folleto a color y se lo entregó.
—Bueno, Rutherford, estos son los detalles de la casa.
Él le agarró la mano al mismo tiempo que el folleto.
—Ya sabes lo poco que me gusta que la gente me llame así.
Él no ocultó la emoción de sus ojos y ella se perdió en esas profundidades castaño oscuro un instante de más.
—Tienes razón —replicó ella, liberando su mano de golpe—. Cualquiera que haya leído la Rolling Stone sabe que no te gusta el nombre que te pusieron.
Era un recordatorio perfecto de que ella nunca había sido más importante para él que cualquiera otra grupi con la que él se hubiese acostado, ya que la razón por la que odiaba su nombre completo era solo una de las muchas cosas que no se había molestado en explicarle porque ella no le importaba lo suficiente.
Escupió el comentario sobre la Rolling Stone de una forma casual aunque amarga, pero se quedó sorprendida cuando él pareció estar en guerra consigo mismo. ¿Iba por fin a hacerle una confidencia? Cinco años demasiado tarde, pero aun así…
Su boca demasiado hermosa se tensó justo antes de decir:
—Ese nombre no me pega. Nunca lo ha hecho y nunca lo hará.
Ella esperó a ver si él decía algo más que explicara por qué Rutherford no le pegaba y Ford sí, hasta que se dio cuenta de que estaba siendo de nuevo una boba.
Nada. Había compartido con ella precisamente la misma nada que le había dado antes.
La decepción la alcanzó antes de que pudiera fingir que no lo había hecho. ¿Cuántas veces tendría que aprender esa lección?
Ford lo tomaba todo… Y luego le daba solo lo suficiente para mantenerla enganchada.
Aun así, ella no tendría que haber sido tan mezquina como para usar su nombre de pila formal cuando sabía que lo odiaba, aunque no supiera por qué. No solo era borde por su parte, era rebajarse al nivel de él. Y si había una cosa que ella definitivamente necesitaba hacer, era mantenerse por encima.
No dejarse caer más profundo.
Mia se obligó a la fuerza a dejar su orgullo lo bastante de lado como para ser capaz de decir:
—Disculpa. Eso ha sido poco profesional.
Él pareció momentáneamente sorprendido por sus disculpas, antes de acercarse hacia ella.
—Mia…
Ella le cortó, dando un paso en dirección contraria.
—Esta casa tiene seis dormitorios, cinco baños y medio, una piscina de tamaño olímpico, una bodega de vinos hecha a medida que apareció en la revista Wine Spectator y, por supuesto, ya has encontrado el torreón.
—Alana me dijo que es a dónde iba cuando quería estar sola y pensar.
—¿Conoces a Alana? —Su mente inmediatamente se inundó con visiones de lo íntimamente que conocía él a la dueña de la casa en la que ambos estaban ahora.
—Es la hermana de mi director comercial —respondió él. Luego, leyéndole claramente la mente, añadió—: Y no ha sido nunca nada más que una amiga.
Dejando a un lado el alivio, ella le soltó:
—No necesito ninguna lista de todas con las que te has acostado ni antes ni después de mí.
—Al darse cuenta de que estaba haciendo un trabajo pésimo en lo de permanecer fría y calmada, añadió—: Mira, Ford, creo que estarás de acuerdo con que la mejor manera de hacer esto es manteniendo las cosas en el plano estrictamente profesional.
—No, Mia —dijo él, con un tono tan sensato como el que ella había empleado con él—, no puedo estar de acuerdo con eso.
El calor, y un deseo insensato y desesperado, la recorrieron antes de que fuese capaz de detenerlos.
—Si quieres que yo sea tu agente inmobiliaria —le informó—, vas a tener que estar de acuerdo con eso.
Sus ojos eran tan oscuros y misteriosos ahora como siempre lo habían sido.
—No te prometeré nada acerca del futuro, Mia, pero por hoy, lo intentaré.
No suponía una gran concesión a las normas que ella estaba estableciendo entre ellos, ni nada que se acercara siquiera a una promesa.
Ella no debería haberlo aceptado, sencillamente tendría que haberse dado la vuelta y haberse ido.
Pero por el contrario, encontró imposible alejarse de él.
Diciéndose a sí misma que solo estaba haciendo su trabajo, preguntó:
—¿Has pasado mucho tiempo en esta casa aparte de en el torreón?
—No.
—Entonces, ¿por qué no empezamos por la planta baja?
Recordándose a sí misma que debía tratarle igual que haría con cualquier otro cliente, mientras iban de la cocina al gran comedor formal, empezó a hacerle las preguntas de las cuales normalmente ya conocería las respuestas si su cliente no hubiese insistido en permanecer en el anonimato hasta la primera visita.
—¿Vas a usarla como residencia habitual o como casa de vacaciones?
Estaban el uno al lado del otro en la elegante estancia desde la que se veían las excepcionales vistas al agua cuando él respondió:
—Residencia habitual.
Ella apenas pudo contenerse y volverse como un rayo hacia él, sorprendida, y rápidamente tuvo que clarificar:
—Pero como estás en la carretera todo el tiempo, voy a asumir que probablemente la utilices tanto como otras personas emplearían una casa de vacaciones.
—No —dijo él, meneando la cabeza con firmeza—. No voy a salir más de gira.
Esta vez ella no fue capaz de contener su sorpresa.
—Espera un minuto. ¿Tú no vas a volver a ir de gira? —Cuando él volvió a menear la cabeza, ella tuvo que preguntarle—: ¿Por qué iría a hacer algo así?