Los Sullivan de Seattle, Libros 1-3 (Colección Los Sullivan nº 4) Capítulo 2
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Capítulo 2

CAPÍTULO DOS

Algunos días, a Brooke Jansen le encantaba su trabajo.

En realidad, todos los días desde que había dejado Boston para vivir en el lago a tiempo completo y comenzar su propio negocio de trufas de chocolate. Incluso le encantaba en días como hoy, cuando no conseguía que su última receta de trufa tuviera un buen sabor.

Había pasado las últimas ocho horas trabajando en una nueva caja de trufas con temática de verano, una que esperaba agradara a la gente tanto como la caja con temática de invierno que había estrenado en Navidad.

Ahora, había llegado el momento de tratar algunos de los problemas de su espalda nadando.

Además, solía tener algunas de sus mayores epifanías mientras estaba bajo el agua.

Había estado nadando como un pez desde el día en que su abuelo la arrancó de los brazos de su padre y la arrojó al lago, a pesar de las protestas de su hijo de que aún no estaba lista.

Brooke llevó sus cacerolas y tazones de cristal al fregadero.

Mientras los lavaba rápidamente, se maravilló de la vista del lago y de los abetos Douglas en las montañas más allá del agua.

Aunque había estado viviendo en el lago Wenatchee durante los últimos tres años, aún le costaba creer lo hermoso que era.

Cuando era niña, pasaba todos los veranos viajando de Boston al estado de Washington para visitar a sus abuelos, Frank y Judy.

Le había encantado pasar cada segundo al aire libre en la playa de arena, nadando en el agua fresca del lago, asando malvaviscos junto a la fogata...

y pasando tiempo con las dos personas más cálidas y cariñosas que jamás había conocido.

En todos esos veranos, sus padres solo habían venido a visitar la casa del lago un puñado de veces, y cada visita había sido extraña, casi incómoda.

Principalmente porque sus padres y abuelos no estaban de acuerdo en nada...

especialmente en lo referente a ella. Su madre y su padre no eran ogros ni mucho menos, pero siempre habían estado tan concentrados en sus carreras que a menudo parecían olvidar que tenían una hija que quería divertirse.

Y cuando se centraban en ella, a menudo percibía su decepción por no ser ni tan ingeniosamente perspicaz como su madre abogada, ni brillante como su padre economista.

Habían querido tener una pequeña bebé Einstein. En cambio, tenían a “Rosita Fresita”.

Además de eso, a su madre le había resultado tan difícil quedar embarazada y mantenerse así que desde el momento en que nació Brooke, sus padres la trataron como a una escultura de cristal terriblemente frágil.

Toda su vida habían temido que ella se hiciera daño, a pesar de que Brooke había sido la niña y adolescente más cuidadosa y concienzuda que había en muchos kilómetros.

Bueno, aparte de esa noche en la que se escapó de la casa, como todos los chicos de dieciséis años del planeta y cometió un error que nunca le dejarían olvidar...

Brooke tenía veintitrés años cuando sus abuelos murieron; su coche patinó sobre una zona de hielo en un remoto paso de montaña.

Aunque habían pasado tres años, el agujero en su corazón era tan grande como siempre.

Le habían legado su cabaña de verano, obviamente sabiendo que sus padres no tenían ningún interés en ella, junto con el contenido completo de su cuenta bancaria.

Estaba tan devastada por sus repentinas muertes que, después del funeral, sus padres intentaron convencerla de que tendría más sentido regresar a su casa en Boston y luego regresar para revisar sus cosas cuando ella se sintiera más fuerte.

Pero una vez que llegó a la puerta de embarque del aeropuerto, en lugar de subir al avión, se despidió de sus atónitos padres con un beso antes de darse la vuelta.

Todo en la casa de sus abuelos frente al lago estaba tal y como lo habían dejado. ¿Cómo podían haberse ido? Entró a trompicones en la casa y apenas llegó a la mecedora favorita de su abuela en la sala de estar cuando sus piernas cedieron.

El libro de recetas de su abuela estaba sobre la mesa de café y ella lo tomó con manos temblorosas.

Su abuelo, en su carpintería, había hecho la cubierta de madera grabada con un corazón rodeando sus iniciales.

Había sido un regalo de amor para la esposa que había adorado desde el primer momento en que la vio.

Los años y una caída fuerte al suelo desde la encimera de la cocina, habían provocado una gran grieta en el centro del corazón de madera.

Cuando Brooke abrió la tapa, encima de la primera receta, encontró una foto de ella y su abuela juntas en uno de los muebles de la cocina, ambas con delantales floreados y grandes sonrisas.

Tenían las manos cubiertas de chocolate y las virutas cubrían la encimera a su alrededor.

Brooke había sido muy feliz cada verano haciendo trufas con su abuela, a quien le apasionaba su pasatiempo de compartir su amor con amigos y familiares a través del chocolate.

Mientras miraba la foto, Brooke se dio cuenta de por qué no había podido subir al avión con sus padres para regresar a su trabajo de recursos humanos en Boston: la vida era demasiado corta y demasiado preciosa para desperdiciarla.

Finalmente, Brooke supo exactamente lo que se suponía que debía hacer con su vida: quedarse en la casa de sus abuelos en el lago, y hacer chocolate.

Su primer año había sido un curso intensivo bastante desalentador, no solo sobre el arte de hacer chocolate artesanalmente, sino también sobre cómo iniciar y administrar su propio negocio, especialmente después del horror expresado por sus padres por el hecho de que ella abandonara una carrera lucrativa para dedicarse a hacer chocolate.

Algo tan arriesgado y con "tan pocas ventajas", como decían.

Afortunadamente, había logrado ser proveedora de varias tiendas pequeñas en la ciudad antes de que el colchón de dinero que le habían dejado sus abuelos estuviera a punto de agotarse.

Mudarse al lago y fundar su propia empresa haciendo lo que a ella y a su abuela les encantaba, había sido como seguir un tenue rayo de luz, pero siempre supo que crecería cada día.

Eso es lo que le habían enseñado sus abuelos: creer en sí misma y en los demás, pasara lo que pasara.

Toda la comunidad la había ayudado a tener éxito, lo que solo demostraba que esa creencia era cierta.

Después de limpiar la cocina, Brooke regresó a su habitación, se quitó los jeans y la camiseta y se puso el bikini.

Había sido una compra atrevida que había mantenido en su tocador sin usar hasta que la casa de al lado quedó vacía y pudo estar segura de que nadie la vería usándolo.

Estaba saliendo al porche cuando sonó su teléfono.

Al mirar el identificador de llamadas vio el número de su madre, se le encogió el estómago durante una fracción de segundo antes de contestar.

«Hola mamá, gracias por devolverme la llamada».

«Cariño», dijo su madre, «siempre es tan agradable escuchar tu voz. Solo desearía que no vivieras tan lejos. Tu padre y yo nos preocupamos por ti. ¿Está todo bien?».

Brooke se preguntaba cuándo dejarían sus padres de preocuparse por ella. Especialmente, porque solo había hecho una cosa salvaje y estúpida en toda su vida… y eso había sido hacía ya una década.

«Todo está bien. En realidad, genial». Tenía una noticia bastante importante que darles y esperaba que respondieran bien. «¿Mencioné alguna vez que el colega de papá, Cord Delacorte, vino al lago a visitarme hace poco?».

«Oh, Brooke», dijo su madre con voz extremadamente preocupada, «por favor, dime que no estás saliendo con él. Es un hombre de negocios brillante, pero por los rumores que escuchamos durante su cátedra de visitante hace unos años, es exactamente el tipo de hombre del que deberías alejarte».

Ya no tengo dieciséis años, quiso gritar.

En cambio, le dijo a su madre, «No te preocupes, Cord y yo no estamos saliendo. De hecho, él está felizmente casado».

Además, ¿no se daba cuenta su madre de que los hombres como él nunca mirarían en dirección a Brooke? Ella era demasiado linda. Demasiado dulce. Una buena chica de principio a fin, especialmente después de que su único intento de comportarse mal había resultado tan terriblemente mal.

Rápidamente, explicó que a Cord le habían regalado una caja de chocolates como regalo de Navidad.

Los había disfrutado tanto que había conducido dos horas y media desde Seattle hasta el lago Wenatchee para hacerle una propuesta de negocios para expandir el alcance de sus chocolates más allá de su área local, comenzando con una pequeña boutique en Seattle que él supervisaría.

Si eso iba bien, y parecía muy seguro de que así sería, quería considerar una mayor expansión a otras grandes ciudades e incluso al comercio en línea.

Esa misma mañana, ella había firmado los papeles de sociedad.

«¿Por qué no nos hablaste de esto antes?», preguntó su madre. «Me hubiera gustado revisar su acuerdo de asociación antes de que firmaras algo».

El estómago de Brooke se tensó un poco más. «No te preocupes, encontré un gran abogado aquí y revisamos el acuerdo detenidamente varias veces».

Su madre permaneció en silencio durante un largo rato.

«Bueno, al menos Cord no es un extraño, y sé que tu padre tiene muy buena opinión de su visión para los negocios».

Brooke escuchó a alguien hablar con su madre de fondo, probablemente uno de su media docena de asistentes legales.

«Lo siento, cariño, pero tengo que irme ahora.

Le daré la noticia a tu padre. Estoy segura de que él también querrá hablar de ello contigo».