Capítulo 6 #2
—Mis padres son geniales. Llevan treinta y cinco años casados y siguen viviendo en San Francisco, donde yo crecí. Mi hermana Bárbara también vive allí. Tiene dos años más que yo y solía darme unas palizas de miedo cuando éramos niños.
Noah medía casi un metro noventa, tenía los hombros anchos y los brazos obviamente musculosos por debajo de su camisa de vestir.
—No me puedo imaginar a nadie capaz de darte una paliza —dijo Colbie.
—Cuando conozcas a mi hermana y veas que apenas mide uno cincuenta, pensarás que te estoy tomando el pelo —dijo él con una sonrisa encantadora—, pero yo solía llamarla Killer, asesina, cuando éramos niños.
Estaba volviendo a hacerlo, hablar con ella como si lo que estaban haciendo no fuese solo un rollo de una noche. No “si conoces a mi hermana”. “Cuando la conozcas”.
La esperanza inflamó su pecho y aunque ella sabía que sería más inteligente conservar sus barreras para protegerse, no quería obligarse a dejar esa emoción de lado esta vez.
Y aunque se metía en lo de una noche con los ojos totalmente abiertos, quería sencillamente cerrarlos y dejarse caer en los expectantes brazos de Noah.
Tal como él le había pedido que hiciese en la montaña del Lago Tahoe, quería cerrarlos y solo sentir.
—¿Qué otra cosa querrías saber? —Preguntó él, y ella ni siquiera tuvo que pararse a pensar antes de responderle:
—Todo.
—Yo también quiero saberlo todo de ti —asintió él—, pero primero quiero esto.
Su boca estaba sobre la de ella antes de que pudiese tomar la siguiente bocanada de aire, obligándola a respirarla de su boca en su lugar.
Cada beso que le daba, la empujaba más y más fuera de la oscuridad en la que la había dejado su ex y en su lugar, llenaba el hueco con chispas tan brillantes como las estrellas de fuera de la ventana de su salón, hasta que se sintió refulgiendo tanto como el Estrecho iluminado por la luna.
Entonces, lo perdió todo de vista, excepto la forma en que sus labios bebían de los suyos, con su lengua suavemente saboreándolos de una comisura a la otra, antes de lanzarse de nuevo a las profundidades de su boca.
Cuando se apartó por fin y volvió a hablar de nuevo, a sus sinapsis les costó varios segundos volver a la normalidad.
—Espera —dijo, pasándose las yemas de los dedos por sus labios cosquilleantes—, no me he enterado de lo que has dicho.
¿Puedes volver a empezar? —Él soltó una carcajada e inclino la cabeza para volver a besarla, pero ella le dijo—: Si sigues haciendo eso, jamás seré capaz de concentrarme en nada de lo que me digas sobre ti mismo y nos pasaremos toda la noche en el sofá.
—En ese caso, vamos a tener que hacer esto deprisa —dijo él mirándola con ojos lujuriosos—.
Tengo treinta y tres. Trabajo para el Grupo Maverick aquí en Seattle.
Juego al baloncesto un par de veces por semana y, como ya sabes, me encanta esquiar.
Y recientemente he averiguado que tengo una debilidad tremenda por las morenas guapas con ojos azules. Ahora te toca a ti.
Ella estaba tan ansiosa como él por llegar a la parte de “hacer el amor” de su velada, así que no perdió más tiempo que el que había perdido él.
—Tengo treinta. Solía trabajar para una empresa de videojuegos, pero lo dejé recientemente para abrir mi propia tienda en la calle Lake, en el barrio de Kirkland. Se llama “Deleite”.
—Me gusta el nombre que le has puesto —dijo él, acariciándole el pelo y dejando después su mano en su nuca. Era agradable que él la sujetara así, y también poder contarle—: Hoy ha sido la inauguración. —No podría haber contenido su sonrisa aunque lo hubiese intentado—. Ha ido asombrosamente bien.
—Por supuesto que sí —le dijo él como si su día de apertura no pudiese haber ido de ninguna otra forma.
Ella estuvo muy tentada de besarle otra vez, pero primero quiso añadir:
—Aunque soy mucho mejor patinando sobre hielo que esquiando, mi deporte en realidad es la natación. Y... —Se detuvo para ponerle una mano en la mejilla, sintiendo una agradable sensación cuando su áspera barba incipiente le rascó en la piel.
—¿Y?
Ella se acercó más.
—Y recientemente he averiguado que tengo una debilidad tremenda por los instructores de esquí de ojos verdes.
Sus bocas volvieron a encontrarse, otra hambrienta exploración cargada de deseo que le dijo tanto sobre Noah como cualquiera de las cosas que le había contado.
Su boca era a la vez ruda y amable, y le daba tanto como tomaba.
Sabía lo que quería de ella y ella sabía que él pretendía conseguirlo, pero aun así, podía sentir cómo se controlaba...
Hasta saber que ella estaba preparada para que él lo perdiera.
Cualquier otro tío la hubiera llevado al dormitorio en cuanto hubiesen terminado de besarse, pero luego él le pasó la yema del pulgar por su hipersensible labio inferior y le dijo:
—¿Y qué hay de vuestra familia?
Ella se sorprendió al darse cuenta de que cuando dijo que quería conocerla mejor antes de hacerle el amor lo decía de verdad.
Seguía siendo el hombre más atractivo que ella había visto jamás en persona, pero ahora que había tenido ocasión de pasar algún tiempo hablando con él, vio más que solo su buen aspecto. Vio fuerza y dulzura como el fundamento de lo que él era en realidad.
—Solía desear tener una hermana o un hermano —se encontró diciéndole—, pero mis padres se separaron cuando yo era realmente pequeña. Me crie solo con mi madre.
—¿Volvió ella a casarse?
—Después de que mi padre la abandonara, supongo que no volvió a fiarse de los hombres. Salió con varios, pero en cuanto las cosas se ponían serias con algún novio, ella siempre rompía la relación.
—Antes de que pudiesen hacerle daño de la misma forma en que lo hizo tu padre —dijo él con inmediata perspicacia.
Ella nunca le había contado esto a nadie, ni siquiera a Mia. ¿Cómo podía resultarle tan natural abrirse tanto con Noah?, se preguntó.
—Sí —dijo suavemente—. Me advirtió que fuese cuidadosa al confiarle mi corazón a alguien.
—Estoy seguro de que creía que estaba haciendo lo mejor para su hija, ¿verdad?
Ella escuchó lo que él no le estaba diciendo: que su madre la había guiado mal sin querer.
—Pero tenía razón. Porque la única vez en que bajé la guardia, yo... —Ella meneó cabeza—. Tendría que haber sido más lista.
—¿Quién te hizo daño, Colbie?
Ella volvió a menear la cabeza, con gesto de odio ante la manera en que su boca estaba empezando a temblar en las comisuras.
—Llevábamos casi un año saliendo. —No quería decir su nombre en voz alta, no quería que nada del recuerdo de Rob le arruinara la noche—.
Me lo encontré en la cama con alguien del trabajo.
—Ella había creído que esa mujer era una amiga, pero había estado equivocada sobre ambos—.
Pero, ¿sabes por qué estoy auténticamente enfadada?
No porque él me engañara, sino porque yo ya sabía que no era el hombre adecuado para mí.
Tendría que haber tenido el coraje de romper con él antes de que me hiciese eso.
La furia cruzó el rostro de Noah.
—Tu ex-novio era un gilipollas. ¿Cómo es posible que no fuese consciente de lo que tenía?
—La acercó más a él, con tanta dulzura y sin embargo con tanta fuerza al mismo tiempo…
—. No pienso hacerte daño jamás —le prometió con esa voz profunda que le subía y le bajaba ardiendo por la columna vertebral antes de aterrizar de pleno en el centro de su corazón—.
¿Sabes lo que voy a hacer en lugar de eso?
Oh Dios. Apenas se atrevió a preguntarle.
—¿Qué?
—Voy a amarte.
—Sí —susurró ella, preguntándose si jamás volvería a ser capaz de recuperar del todo el aliento—. Hazme el amor, Noah. Por favor, ya no puedo esperar más.