Los sueños que compartimos (Amor y otros sueños 1) Capítulo 25
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Capítulo 25

Capítulo Veinticinco

Maya

Sentada en el embarcadero, me apoyo en las manos y alzo el rostro hacia el cielo. Los rayos del sol calientan mi piel, y un cosquilleo se extiende por todo mi cuerpo.

—¡Otro! —Sophia no se cansa de mirar los peces en el agua. Me da un codazo—. Te lo has perdido.

—Perdona, pero es que no puedo dejar de mirar este azul. —Sigo con la vista clavada en el cielo—. ¿Tú de qué color crees que es?

Sophia se tumba boca arriba a mi lado.

—Parece helado de pitufo —dice entre risas mientras gira el cuerpo hacia mí—. ¿Puedo comer helado?

—Es una idea genial —le sonrío con complicidad—. ¿Vamos a ver si Jasmin ha comprado helado?

Antes de que termine la pregunta, la peque pega un salto.

—¡Sííí!

Es tan hermoso verla así. Otra vez vuelve a mí el recuerdo de aquel momento en el hospital, cuando me di cuenta de lo que Sophia y yo habíamos logrado juntas.

La película se proyecta en mi mente sin esfuerzo, como lo ha hecho tantas veces en los últimos días.

Termina conmigo besando a Josh como si no existiera el mañana.

Y aunque han pasado cuarenta y ocho horas desde entonces, todavía siento cuánto me gustaría besarlo una y otra vez, cada día y cada noche. No debería. Pero no puedo evitarlo.

—Vamos, Maya —Sophia tira de mi mano.

Lucho por apartar de mí los pensamientos sobre Josh. Pero si no consigo sacarlo del corazón, al menos no debería rondarme también la cabeza. Me pongo de pie y sacudo las virutas de madera de mi falda arrugada.

—Estoy lista.

Juntas vamos dando saltitos hacia nuestra casita de madera sueca.

Adoro esta cabaña con sus vigas pintadas de rojo y sus contraventanas blancas.

En el porche, junto a una de esas tinas rústicas, hay una mecedora con una manta de piel mullida.

Antes de que lleguemos, la puerta principal se abre desde dentro.

Josh sale al porche. Y aunque todavía no se ha recuperado del todo de la operación, está increíblemente bien.

La barba de tres días le da un aire un poco canalla, y el pelo revuelto lo hace parecer despreocupado. Nos ve y nos dedica una sonrisa. No hace falta nada más para que todo dentro de mí se derrita. Le devuelvo la sonrisa, tímida.

Sophia se suelta de mi mano y echa a correr hacia él. Josh se arrodilla y la atrapa. La forma en que se abrazan me calienta por dentro. Me acerco despacio.

—Maya y yo queremos helado —anuncia la pequeña a su padre, radiante—. ¿Tú también quieres?

—Es lo que más me apetece en este mundo —en su voz queda un poso de melancolía.

Ojalá no le diga a su hija que ni siquiera tiene tiempo para eso.

Salgo corriendo hacia la casa.

—Tres helados, ahora mismo —grito, para que ni siquiera tenga la oportunidad de inventar una excusa. Cuando miro por encima del hombro, me doy cuenta de que no hacía falta. Choca las manos con Sophia y luego le propone ir al columpio.

¿De verdad está pasando esto? ¿Josh ha dado un paso hacia su hija por primera vez sin que yo lo empuje? Los observo mientras caminan juntos hacia el gran abedul donde cuelga el columpio.

Josh es increíble.

Cada parte de mí desea caer en sus brazos. Igual que en el hospital, hace dos días, quiero estar con él, apoyar la cabeza en su pecho y escuchar los latidos de su corazón. Quiero que me envuelva con su olor y su calor.

Estar cerca de él es como bailar descalza bajo la lluvia de verano. Y besarlo es como rozar estrellas fugaces. Parece imposible, pero es todo lo que necesito.

—¿Dónde está el helado, Maya? —grita Sophia.

Sus palabras me devuelven a la realidad. Me doy la vuelta enseguida para irme.

Entro en la casa, recorro las tablas que crujen en el pasillo estrecho y me dirijo a la cocina. De camino al congelador paso junto a la mesa del comedor, donde algo llama mi atención.

Delante de mí hay un montón de papeles con anotaciones y un calendario.

Me acerco, sintiéndome un poco espía, pero aun así examino los documentos.

Debajo del calendario hay cartas de fans.

Desdoblo una y encuentro la foto de una mujer que, sin duda, trabaja de modelo.

Sonríe abiertamente, lo que la hace parecer simpática al instante.

En el texto que la acompaña pone que va a todos sus conciertos y que le encantaría conocerlo.

Vuelvo a dejar los documentos en su sitio y abro el calendario.

Está lleno de citas. A medida que las recorro una por una, siento cada vez más pesadez.

Este hombre vive sin pausa. Está al frente de los focos, da conciertos y ha conseguido multitud de cosas.

Podría tener a las mujeres más atractivas del mundo y puede comprar todo lo que se le antoje.

En cambio, los cuatro mil euros que voy a cobrar como primer sueldo dentro de unos días son una fortuna.

Por fin podré pagar la factura del gas, y hasta sobrará algo para saldar la deuda de la luz y sustituir el microondas roto.

No soy modelo y no tengo ni idea de cómo se comporta una figura pública.

Absorta en mis pensamientos, me dejo caer en el banco de madera.

Ahora mismo tengo claro que casi nada une nuestras dos vidas.

Y desde nuestro beso, Josh ni siquiera ha intentado quedarse a solas conmigo.

Quizá lo haya olvidado por completo por culpa de los restos de la anestesia.

Pero ¿y si sí lo recuerda y simplemente evita acercarse a mí porque no significó nada para él?