Capítulo 68
El camino estaba seco y polvoriento bajo nuestros pies.
Nos llevaban cuarenta minutos de ventaja. La noche parecía interminable, y entre las montañas de San Gabriel y el Bosque Nacional Ángeles tenían más de medio millón de acres donde esconderse.
Había rutas de senderismo y un par de autopistas que atravesaban las montañas.
Por lo que había visto, Forsythe había elegido a unos hombres competentes: quizá alguno de ellos conocía la zona o, lo más probable, tenían teléfonos inteligentes con GPS.
Pensarían que sólo necesitarían tres o cuatro horas para llegar a una de las autopistas, incluso con Forsythe ralentizándolos.
Por la forma en que habíamos atacado la subasta, estarían seguros de que no éramos policías, así que lo único que tenían que hacer era llegar a esa autopista y parar un coche. No había controles de carretera de los que preocuparse.
Quizá pensaran que estaban a salvo.
De hecho, cada minuto que pasaba estaban menos a salvo.
Alex y yo íbamos delante, con Yelena siguiéndonos a poca distancia. Los sentidos de los Athanate son buenos, pero no son nada comparados con los de un licántropo.
Julie y Keith habían regresado a los estudios Bembridge con todos los demás, excepto Víctor. Él estaba de vuelta en el rancho, esperando una llamada, preguntándose cómo esa loca estaba tan segura de poder rastrear a hombres en la oscuridad de la noche.
Y, probablemente, cómo era posible que conociese a tipos capaces de saltar desde una altura de siete metros desde claraboyas, rebotar y acabar con hombres armados en la oscuridad.
Tendría que seguir preguntándoselo por el momento.
El grupo de Forsythe estaba formado por seis personas.
Les habría llevado unos quince minutos encontrar una ruta de senderismo.
A partir de ahí habrían avanzado más rápido.
Uno de ellos, que no era Forsythe, sangraba ligeramente.
Al principio había mucha adrenalina en su olor, pero se había desvanecido. No sentían pánico. Eran profesionales.
No estaban preparados para esto, pero el ritmo que mantenían significaba que no iban a enfriarse. La mayoría llevaba calzado con el que podían correr fácilmente. No tenían comida ni agua, pero yo había hecho cientos de carreras nocturnas en Ops 4-10 sin nada que comer ni beber.
Sabía lo que les pasaba por la cabeza.
Se estarían preguntando si habían elegido bien a su empleador. Estarían pensando en escapar, en encontrar un lugar seguro donde comer, ducharse y dormir. Y luego, si querían seguir trabajando para un hombre que claramente tenía enemigos poderosos.
Forsythe lo sabría. Seguro que les había propuesto un aumento de sueldo.
—Llevadme a Palmdale —habría dicho.
Hacía frío y no había luna ni estrellas.
Apenas hacíamos ruido, salvo por nuestra respiración jadeante y el golpeteo de nuestros pies en el sendero.
No me importaba lo buenos que fueran los hombres de Forsythe; sólo eran tan rápidos como su corredor más lento, el hombre que les pagaba el sueldo, y ninguno de ellos podía igualar el ritmo que nosotros manteníamos.
Aunque mi cuerpo siguiera siendo humano, dejaría salir a mi loba, tal y como prometí. Ella parecía llenar mi mente y se concentraba con una intensidad letal en el rastro de Forsythe, que huía delante de nosotros. Un rastro que se hacía más fuerte con cada paso.
Caza. Mata.
La llamada de mi loba, repetida por Alex.
Me venían recuerdos de la última vez que había cazado de noche. Carson Park. Había acorralado a Amaral y lo había matado.
La vida se reduce a eso: matar.
Renegada. Renegada.
No.
No había matado indiscriminadamente. Tenía una razón para ir tras Amaral. Lo había atacado por esa razón. Ese no era el comportamiento de un renegado. Los renegados no razonan.
Me había convertido en renegada después de atraparlo. Y había vuelto. Alex y Jen me habían traído de vuelta, y Diana me había curado.
Pensar en ella hizo que el dolor de mis pérdidas volviera a empezar.
Fragmentos de lo que pasaba por mi mente debieron de filtrarse a Alex. Corrió hacia mí y su presencia me reconfortó.
Si me volvía renegada y mataba a Forsythe, nadie iba a culparme. Excepto yo.
Podíamos transformarnos en lobos, y yo podía confiar en el dominio de Alex para evitar volver a ser una renegada. Pero eso significaría perder el uso de las P90 que llevábamos a la espalda. Podríamos necesitarlas.
En lugar de eso, intenté perderme en las sensaciones: el olor, el ritmo de nuestra carrera, los sonidos que hacíamos. Era más fácil evitar pensar en lo que había pasado hoy y en todas las razones por las que perseguía a Forsythe. Todas las razones que tenía para matarlo.
Tenía que tratarlo como una misión de Ops 4-10. Acabar con su grupo. Capturarlos. Entregarlos a Ingram. Fin.
Caza, mata , dijo el lobo.
Cuarenta minutos más tarde, casi podía saborear a los hombres que tenía delante. Habían encontrado un camino secundario que podían seguir hasta la autopista.
Seguían corriendo, pero quizá empezaban a pensar que ya estaban a salvo.
Corrimos tras ellos y aceleramos el paso; en el silencio catedralicio de la noche, nuestro oído de lobo podía distinguir el sonido lejano de algún que otro coche en la autopista del Bosque de Ángeles.
Estábamos a unos cien metros por detrás cuando llegaron al cruce con la autopista.
Pude oírlos discutir sobre cómo asegurarse de que el próximo coche se detuviera. Arriba, en las colinas, a esa hora de la noche, no había muchos.
Redujimos la marcha. Alex y yo nos desviamos de la carretera y empezamos a rodearlos por la ladera, ocultos por la curva de la carretera secundaria y los matorrales de pinos. Yelena bajó la colina.
Pude oírlos jadear y discutir mucho antes de verlos.
—Espera aquí. Cuando llegue el próximo coche, nos ponemos en la carretera y lo paramos.
Nos acercamos sigilosamente hasta que pudimos verlos.
Uno de ellos miraba hacia atrás, por donde habían venido.
—Tenemos que seguir avanzando. Nos están siguiendo —dijo—. Lo sé.
—Necesitarían perros para seguirnos. No oigo nada.
—Deberíamos caminar, dejar más distancia atrás de nosotros.
—No puedo. —Era Forsythe, desplomado sobre el muro elevado de una alcantarilla, con la cabeza entre las manos.
—Tanto empeño en acabar con la subasta no nos va a permitir escapar tan fácilmente. ¿Quién coño son, por cierto?
Forsythe se limitó a negar con la cabeza.
—Alguna banda quiere el negocio —dijo, pero ni siquiera él parecía convencido.
—Tienen helicópteros, joder, tendrán visión nocturna. Podrían estar sobre nosotros en cualquier momento. Si nos quedamos aquí, podemos escondernos donde haya buena cobertura. Si caminamos, nos pueden pillar en campo abierto.
Alex y yo nos habíamos colocado justo encima de ellos, habíamos quitado los seguros de las P90 y comprobado que teníamos seleccionado un sólo cartucho.
Nuestros ojos de lobo podían verlos claramente, resplandecientes por el calor de su esfuerzo.
Apenas podían verse entre ellos. Y, desde luego, no podían vernos a nosotros.
También podía distinguir a Yelena. Se detuvo fuera de nuestra línea de fuego.
Asentí a Alex. Su voz les causaría más impacto. No es que esperara que eso sirviera de algo, pero los quería vivos para Ingram.
—¡Dejad las armas en la carretera y tumbaos! —gritó.
Para bien o para mal, por estupidez o por desesperación, reaccionaron.
Dos fueron a por sus pistolas, que llevaban en fundas al hombro. Otros dos echaron a correr a toda velocidad por la autopista en direcciones diferentes.
Alex y yo disparamos al mismo tiempo, y las balas derribaron a los tipos que habían ido a por sus armas.
Con un par de saltos, nos tiramos a la carretera.
El tipo que seguía en pie intentó darme un puñetazo. Lo único que me avisó fue el destello de una hoja.
Me agaché para esquivar su golpe. No se lo esperaba. Probablemente tampoco esperaba que le rompiera las costillas con el puño. Ni que le dislocara el hombro mientras le quitaba el cuchillo.
Lo estrellé boca abajo contra el asfalto.
Los dos a los que habíamos disparado no iban a ir a ninguna parte y se oyó un grito de sorpresa cuando Yelena derribó al que había corrido en su dirección.
Alex echó a correr por la carretera tras el último de los guardaespaldas. No le llevaría mucho tiempo.
¿Forsythe?
Había aprovechado la confusión para huir. ¿Adónde?
Por la pendiente. Podría haberlo seguido sólo con el ruido.
Primero recuperé las armas de los guardaespaldas. No era bueno volver y encontrarse con una desagradable sorpresa.
Salté por encima de la alcantarilla.
Mis ojos de lobo podían ver por dónde iba. Forsythe no tenía ninguna posibilidad, pero corría con toda la desesperación del miedo, incluso cuando había un precipicio justo delante de él.
Le agarré de la chaqueta para tirarle hacia atrás. Una roca se movió bajo mi pie. Los dos caímos.