Epílogo
Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos.
Jorge Luis Borges
É lodie había retomado su rutina parisina: las clases, los ensayos y la vida compartida en el pequeño estudio con Juliette.
Sin embargo, nada había vuelto a ser exactamente igual.
Lo sucedido en la mansión había dejado una huella silenciosa, persistente, como una melodía que se resiste a extinguirse.
Cuando regresó a París, no lo hizo sola. El espejo viajó con ella. Desde entonces permanecía apoyado en una esquina del cuarto, discreto, casi invisible, como si supiera que su función no era imponerse, sino estar.
Aquella tarde, el frío se colaba por la ventana con una aspereza más propia del invierno que del otoño. Élodie volvió temprano. La mayoría de los jóvenes, incluida Juliette, habían salido, pero ella era de una pasta distinta: buscaba la intimidad y huía de las aglomeraciones.
Después de una cena ligera, se encerró en su cuarto y se puso a ensayar frente al espejo. Era un ritual que había instaurado cada noche. Primero afinaba a Isabelle , después ensayaba. Al hacerlo, corregía su postura y, sobre todo, se sentía acompañada.
Élodie cerró los ojos y dejó que la melodía fluyera.
Cuando la última nota se desvaneció en el aire, Élodie levantó la vista hacia el cristal. En el centro apareció una luz blanquecina. Durante unos segundos brilló con intensidad hasta que, de repente, desapareció.
La imagen que emergió tras ella era la de una niña menuda, de cabello rubio y ojos intensamente azules.
El corazón de Élodie dio un vuelco. La reconoció sin necesidad de pensarlo.
Era su abuela Margueritte cuando aún tenía la edad de Sophie.
La niña le sonrió mientras una sola lágrima resbalaba por su mejilla.
Élodie miró el reloj de la mesilla. Las agujas marcaban las 22:10.
El cristal se había estremecido de nuevo. Primero lo hizo con Sophie e Isabelle, luego vino Clare y, esta vez, lo hacía con Margueritte.
Ambas niñas aparecieron cogidas de la mano, bajo el ciprés de la finca.
No decían nada. No hacía falta. Élodie comprendió entonces que el espejo custodiaba las almas y el vínculo de quienes se amaron y que el tiempo no había logrado romper.
Una sensación de paz profunda la envolvió, cálida como una manta en pleno invierno.
Antes de la salida del sol, el sonido del teléfono quebró la quietud del alba.
Élodie estaba despierta en la cama. No había podido dormir en toda la noche, esperando esa llamada.
— Allô ! —Su voz sonó como un hilo suspendido en el aire.
Al otro lado, en silencio contenido, su madre. Tras unos segundos, tomó aire y exhaló:
—Tu abuela… se ha ido —fue directa, como era ella; Margot no sabía ser de otra forma—. Lo siento —añadió después.
Élodie cerró los ojos. Lo sabía. Su abuela había muerto esa noche a las 22:10.
—Gracias, mamá —respondió y, sin más, colgó.
A mediodía, Élodie tomó el tren hacia la Mansión Marceau. No había vuelto desde el entierro de Clare. Juliette también viajó con ella; en cierta forma, formaba parte de su familia.
Un día después, Élodie se reencontró con los suyos. Margot, de luto riguroso, presidía el duelo; a su lado, su padre. El hombre parecía encogido por la pena. Sus hermanos también estaban allí, con sus respectivas familias.
Aurore también acudió al sepelio. Nada más ver a Élodie, se acercó a ella y ambas se fundieron en un abrazo, con el corazón desgarrado por la pena y los ojos anegados en lágrimas.
Apenas unos meses antes, en esa misma ladera, habían despedido a Clare.
Ahora, la tierra volvía a abrirse, esta vez para Margueritte.
El capellán ofició una ceremonia sobria, como Margueritte lo había dispuesto. En la lápida, junto a la de su amado esposo, grabaron: «Margueritte Lemoine».
Aquella misma tarde, Élodie y Juliette tomaron el tren de regreso a París. Élodie no quería quedarse ni un minuto más en la mansión. Quería huir lo más lejos posible de esa casa y de los recuerdos que la encadenaban.
Cuando llegaron al apartamento, dio las buenas noches a su amiga y buscó refugio en la soledad de su habitación.
La tristeza se desvanecía lentamente, dando paso a una nostalgia más honda y serena.
Se sentó junto a la ventana, afinó a Isabelle y comenzó a tocar.
Lo hizo como solo ella sabía, con el alma abierta, para su abuela, para todas ellas.
La melodía era suave, como un susurro del pasado. Vibraba en el aire con una ternura antigua, como si cada nota acariciara los nombres que aún vivían en su memoria.
En el reflejo, junto al suyo, creyó reconocer los rasgos de Isabelle, Sophie, Clare y Margueritte. No como apariciones, sino como memoria compartida. Unidas en una claridad que no pertenecía a este mundo, pero que tampoco se oponía a él.
En ese instante comprendió que el espejo ya no era solo un umbral, sino que se había convertido en un hogar lejano, pero suyo.
Pulsó la última nota y permitió que el silencio la abrazara.