Los que enterraron el silencio EPÍLOGO
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EPÍLOGO

Los que enterraron el silencio

Muchos años después, un niño recorrió los campos cercanos al viejo molino acompañado por su abuelo.

El molino ya no existía.

Solo permanecían los ladrillos cubiertos por el pasto.

—¿Qué había aquí? —preguntó el niño.

El anciano sonrió.

No respondió enseguida.

Clavó el bastón en la tierra y miró el horizonte.

—Aquí hubo hombres que creyeron que podían esconder la verdad para siempre.

El niño observó la inmensidad de la pampa.

—¿Y pudieron?

El abuelo negó lentamente.

—No.

Porque la tierra tiene memoria.

Y un día siempre encuentra a alguien dispuesto a escucharla.

El viento volvió a recorrer los pastizales.

Muy cerca del eucalipto, unas flores silvestres crecían donde años atrás Mateo Ferreyra había enterrado la libreta de Elena Galván.

Nadie conocía ese detalle.

Nadie lo recordaba.

No hacía falta.

Algunas promesas no necesitan testigos.

Solo necesitan cumplirse.

El abuelo y el niño reanudaron la caminata.

Detrás de ellos, la llanura seguía extendiéndose hasta confundirse con el cielo.

Como si quisiera recordarles, una vez más, que los hombres pasan.

Los pueblos cambian.

Los apellidos desaparecen.

Pero la verdad, igual que el agua bajo la tierra, siempre encuentra una grieta por donde volver a salir.