CAPÍTULO 35 “La carpeta de cuero”
La oscuridad era casi absoluta.
Solo algunos haces de luz, filtrados por las linternas de los hombres que acababan de entrar, cortaban el polvo suspendido en el aire del archivo.
Mateo permanecía inmóvil detrás de una estantería.
Sentía el peso de la carpeta de cuero bajo el brazo.
No era especialmente gruesa.
Sin embargo, nunca había sostenido un objeto tan pesado.
Porque ya sabía que no transportaba papeles.
Transportaba veinte años de silencios.
Las voces comenzaron a repartirse por el edificio.
—Revisen el depósito.
—No dejen un solo armario cerrado.
—El juez no pudo salir.
Uno de los hombres encendió otra linterna.
La claridad avanzó lentamente entre las estanterías.
Mateo retrocedió un paso.
El piso crujió.
El sonido fue apenas perceptible.
Pero bastó.
—¡Hay alguien!
Las luces cambiaron de dirección.
Mateo comprendió que ya no podía permanecer oculto.
Miró alrededor.
Recordó el plano del edificio que había observado horas antes.
Los archivos judiciales antiguos tenían una salida secundaria destinada a evacuar documentos en caso de incendio.
Si aún existía...
estaría al fondo.
Corrió.
Los hombres reaccionaron de inmediato.
—¡Deténganlo!
El eco de las botas resonó sobre el piso de madera.
Mateo atravesó un estrecho pasillo formado por enormes estanterías repletas de expedientes.
Una bala impactó contra un archivador metálico.
El estruendo hizo caer varias carpetas.
Miles de hojas comenzaron a volar como aves asustadas.
Durante unos segundos el aire se llenó de documentos amarillentos.
Sentencias.
Escrituras.
Inventarios.
Décadas enteras de historia judicial descendían lentamente sobre los perseguidores.
Mateo encontró la puerta.
Empujó.
No cedió.
Estaba trabada por la humedad.
Golpeó con el hombro.
Una vez.
Dos.
La madera comenzó a abrirse.
Detrás aparecía un estrecho corredor que desembocaba en el patio trasero.
No tuvo tiempo de celebrar.
Escuchó pasos muy cerca.
Un hombre apareció al final del pasillo.
Llevaba un revólver apuntándole al pecho.
—Entrégueme la carpeta.
La voz era tranquila.
Demasiado tranquila.
Mateo levantó lentamente la vista.
Reconoció aquel rostro.
No era un desconocido.
Era uno de los policías provinciales que habían acompañado a Luro durante su destitución.
El mismo sargento canoso que entonces había evitado sostenerle la mirada.
—No quiero matarlo —dijo el hombre.
—Entonces baje el arma.
—No puedo.
Mateo observó sus ojos.
No encontró odio.
Encontró cansancio.
—¿Hace cuánto trabaja para ellos?
El sargento tardó unos segundos en responder.
—Desde antes de que usted ingresara a la Academia.
La frase cayó como un balde de agua fría.
La red era mucho más antigua y profunda de lo que había imaginado.
No se trataba de una conspiración improvisada.
Era un sistema.
Uno que había aprendido a sobrevivir cambiando nombres, cargos y gobiernos, pero conservando siempre los mismos intereses.
Durante un instante ninguno de los dos se movió.
El sargento volvió a hablar.
—No crea que todos somos iguales.
Algunos entramos pensando que protegíamos el orden.
Cuando entendimos lo que realmente protegíamos...
ya era demasiado tarde para salir.
Mateo sostuvo la carpeta con más fuerza.
—Siempre existe un momento para elegir.
El hombre sonrió con tristeza.
—Eso decía Lorenzo Varela.
El silencio fue roto por nuevas voces acercándose.
—¡Sargento!
—¿Lo encontró?
El policía cerró los ojos un instante.
Después tomó una decisión.
Bajó lentamente el revólver.
Se apartó del pasillo.
Y dijo, casi en un susurro:
—La puerta del fondo da al antiguo callejón del molino.
No corra hacia la plaza.
Lo estarán esperando allí.
Mateo no respondió.
Solo inclinó la cabeza, comprendiendo el precio de aquella elección.
Sin perder un segundo, atravesó la puerta y desapareció en la oscuridad de la noche.
Detrás de él, el sargento volvió a levantar el arma.
Cuando los demás hombres llegaron al pasillo, disparó dos veces al aire.
—¡Escapó por la ventana!
Los perseguidores cambiaron de dirección y corrieron hacia el frente del edificio.
El sargento permaneció inmóvil.
Sabía que acababa de firmar su propia sentencia.
Pero, por primera vez en muchos años, podía volver a mirarse al espejo sin bajar la vista.
Y, mientras Mateo corría entre las sombras con la carpeta apretada contra el pecho, comprendió que la verdad tenía una extraña manera de abrirse camino.
No solo cambiando documentos.
También cambiando personas.