CAPÍTULO 31 “El expediente Galván” #2
Uno de ellos, un sargento de bigote canoso, carraspeó con incomodidad.
Luro comprendió que prolongar la escena solo fortalecería a Ferreyra ante sus propios hombres.
Tomó la placa y la guardó con cuidado.
No como un trofeo.
Como si respetara a quien acababa de entregársela.
Antes de marcharse, se detuvo en la puerta.
Sin volver la cabeza, dijo:
—Hay una diferencia entre ustedes y nosotros.
Mateo esperó.
—Ustedes buscan descubrir qué ocurrió.
Nosotros...
intentamos evitar lo que ocurrirá cuando lo descubran.
Y salió.
La puerta se cerró lentamente.
El ruido del carruaje se perdió entre las calles del pueblo.
Durante largo rato nadie habló.
Hasta que Julián rompió el silencio.
—¿Y ahora qué somos?
Mateo miró las cenizas que aún humeaban en el hogar.
Después levantó la vista hacia la ventana, donde la inmensidad de la llanura parecía extenderse sin límites.
—Ahora somos tres personas sin cargo, sin respaldo y sin papeles.
Sonrió apenas.
—Por primera vez...
somos libres para investigar
Esa misma tarde abandonaron la comisaría.
Mateo entregó las llaves sin mirar atrás.
Al cruzar la plaza sintió, por primera vez desde su llegada a Médanos, que ya no caminaba como un funcionario.
Caminaba como un hombre.
Y, desde una ventana del juzgado, alguien observó la escena en silencio.
Era el juez Ricardo Albornoz.
Cuando los tres desaparecieron al final de la calle, cerró lentamente las cortinas.
Después abrió el cajón inferior de su escritorio.
Sacó una vieja carpeta de cuero.
Sobre la tapa, casi borradas por el tiempo, podían leerse dos palabras:
"Sucesión Galván."
No era el apellido de la familia desaparecida.
Era otro.
Uno que jamás había sido mencionado durante la investigación.
Y, sin embargo, el juez lo contempló con una expresión cargada de culpa.
Porque sabía que, si aquel expediente llegaba a manos de Mateo Ferreyra, toda la historia cambiaría de dirección una vez más.
CAPÍTULO 31: “El expediente Galván”
El juzgado de Médanos olía a papel envejecido.
No era un edificio grande.
Dos oficinas, una sala de audiencias y un archivo donde el polvo parecía haberse convertido en parte del mobiliario.
El juez Ricardo Albornoz permanecía solo.
Frente a él descansaba la carpeta de cuero.
La observaba como si, al abrirla, fuera a despertar algo que llevaba años dormido.
No era la primera vez que dudaba.
Ya había dudado en 1919.
También en 1923.
Y volvió a hacerlo en 1927.
Siempre eligió el silencio.
Aquella mañana comprendió que el silencio también envejecía.
Y pesaba.
Tomó la carpeta entre las manos.
El cuero estaba cuarteado.
En la esquina superior alguien había escrito, con una caligrafía elegante:
"Sucesión Galván."
No decía "confidencial".
No hacía falta.
Nadie había vuelto a solicitar aquel expediente en casi veinte años.
Albornoz retiró la cinta que mantenía unidos los documentos.
Las primeras hojas eran previsibles.
Actas.
Escrituras.
Mensuras.
Pero, al llegar al fondo, apareció una carta.
Nunca había debido estar allí.
No llevaba sello judicial.
Ni membrete.
Era una carta personal.
Dirigida a él.
La había recibido dieciocho años antes.
Y jamás respondió.
La desplegó lentamente.
La tinta estaba descolorida.
Aun así, cada palabra seguía siendo legible.
"Señor juez:"
"Si esta carta llega a sus manos, es porque ya comprendió que las escrituras que intentarán presentarle son falsas."
"No permita que la ley legitime aquello que nació del engaño."
"Si guarda silencio, el delito dejará de ser un fraude entre particulares."
"Se convertirá en una injusticia protegida por el Estado."
La firma aparecía al final.
Lorenzo Varela.
El juez cerró los ojos.
Recordaba perfectamente aquella mañana.
Había leído la carta.
La había guardado.
Y decidió no actuar.
No porque creyera que Lorenzo mentía.
Sino porque enfrentarse a los hombres más poderosos del distrito significaba terminar con su carrera.
Eligió conservar el cargo.
Y perdió algo mucho más importante.
Golpearon la puerta.
El secretario asomó la cabeza.
—Doctor...
el señor Luro desea verlo.
Albornoz tardó un instante en responder.
—Que pase.
Esteban Luro entró con la misma elegancia de siempre.
No parecía sorprendido de encontrar la carpeta sobre el escritorio.
—Hace años que no veía ese expediente.
El juez lo observó fijamente.
—¿Usted ya lo conocía?
Luro sonrió apenas.
—Conozco muchas cosas.
No respondió.
Tampoco negó.
—Ferreyra ya no es un problema.
—¿Está seguro?
—Le quitamos la investigación.
No tiene documentos.
Ni autoridad.
Ni recursos.
Albornoz apoyó lentamente una mano sobre la carpeta.
—Tiene algo más peligroso.
—¿Qué?
—Empieza a hacer las preguntas correctas.
Por primera vez, la sonrisa desapareció del rostro de Luro.
No dijo nada.
Pero el juez comprendió que aquella afirmación lo había inquietado.
—¿Qué hará con ese expediente?
Albornoz miró nuevamente la tapa.
Durante años creyó que la justicia consistía en aplicar la ley.
Ahora empezaba a sospechar que, en ocasiones, la justicia comenzaba precisamente cuando alguien decidía desobedecerla.
Cerró la carpeta.
—Todavía no lo sé.
Esa misma tarde, lejos del juzgado, Mateo, Clara y Julián se instalaron en una pequeña casa abandonada en las afueras del pueblo.
Había pertenecido a un antiguo capataz.
Tenía dos habitaciones.
Un galpón.
Y una galería desde donde podía verse la llanura.
No era un escondite.
Era un lugar desde el cual nadie esperaría que continuaran investigando.
Mientras Julián reparaba una ventana, Clara ordenaba las pocas pertenencias que habían podido rescatar.
Mateo extendió sobre la mesa el viejo mapa de cuero de Tomás Arce.
Lo contempló largo rato.
Algo seguía sin cerrar.
Habían descubierto caminos.
Puentes.
Refugios.
Mensuras alteradas.
Pero aún faltaba responder la pregunta más importante.
¿Por qué aquella familia?
¿Por qué ell
Clara se acercó en silencio.
Llevaba entre las manos un pequeño paquete envuelto en tela.
—Encontré esto.
Mateo levantó la vista.
—¿Dónde?
—Entre las cosas que Nicolás guardaba en la fonda.
Lo abrí porque pensé que podía ser ropa.
No lo era.
Desató el nudo.
Dentro apareció un cuaderno de tapas negras.
Muy gastado.
Las primeras páginas estaban arrancadas.
En la tercera podía leerse un nombre escrito con tinta azul.
Francisco Galván.
Mateo frunció el ceño.
—Galván...
Otra vez ese apellido.
Abrió el cuaderno.
No era un diario íntimo.
Era un cuaderno de cuentas.
Fechas.
Compras.
Pagos.
Viajes.
Todo parecía rutinario.
Hasta que, en una página casi al final, apareció una anotación distinta.
Sin números.
Sin columnas.
Solo una frase.
"Nunca entendieron que el problema no era la tierra."
"Era el agua."
Los tres permanecieron inmóviles.
El silencio volvió a llenar la habitación.
Mateo pasó lentamente la hoja.
No había nada más.
Pero ya no hacía falta.
Durante semanas habían perseguido escrituras, límites y hectáreas.
Ahora comprendían que todos aquellos documentos podían ser apenas una consecuencia.
Porque, en la pampa seca del sur bonaerense, donde una aguada decidía la vida o la muerte de hombres y animales, controlar el agua significaba controlar el futuro.
Y quien dominara el agua...
terminaría dominando también la tierra.
Mateo cerró el cuaderno con cuidado.
Después miró hacia la ventana.
En el horizonte, el sol comenzaba a esconderse detrás de los médanos.
La llanura parecía inmóvil.
Pero él ya sabía que, debajo de aquella inmensidad silenciosa, corrían cauces invisibles capaces de cambiar el destino de un pueblo entero.
Y comprendió, con una certeza que le heló la sangre, que la familia desaparecida no había sido eliminada por lo que poseía.
Había sido perseguida por lo que sabía.