Los que enterraron el silencio CAPÍTULO 12 “Los hombres de la loma”
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CAPÍTULO 12 “Los hombres de la loma”

Ninguno de los tres habló.

Las dos figuras permanecían inmóviles sobre la cresta de la loma.

La distancia impedía distinguir sus rostros.

Solo se recortaban contra el cielo limpio de la mañana.

Dos jinetes.

Dos caballos oscuros.

Y una paciencia inquietante.

Mateo levantó lentamente los prismáticos.

Los hombres llevaban sombreros de ala ancha.

Uno parecía corpulento.

El otro, mucho más delgado.

No hacían ningún gesto.

No saludaban.

No intentaban ocultarse.

Simplemente observaban.

Julián apoyó una mano sobre la culata del revólver.

—¿Nos acercamos?

Mateo continuó mirando a través de los lentes.

—No.

—¿Por qué?

—Porque eso es exactamente lo que esperan.

El viento cambió de dirección.

Las garzas levantaron vuelo una vez más.

Durante unos segundos, las aves cubrieron la visión de la loma.

Cuando el cielo volvió a despejarse...

los jinetes habían desaparecido.

No al galope.

No precipitadamente.

Simplemente...

ya no estaban.

Mateo bajó los prismáticos.

—Vámonos.

Clara lo miró sorprendida.

—¿No vamos a seguir buscando?

El comisario negó.

—No aquí.

No hoy.

Ella comprendió que aquella decisión no nacía del miedo.

Nacía de la prudencia.

Quien sabe esperar suele vivir lo suficiente para entender.

El regreso fue silencioso.

Cada uno parecía ocupado en sus propios pensamientos.

Clara no podía apartar la mente del cuaderno de su padre.

Julián repasaba la imagen de los jinetes.

Mateo, en cambio, pensaba en otra cosa.

En el símbolo.

Las tres líneas.

La cruz.

No era una marca improvisada.

Era un código.

Y los códigos solo tienen sentido cuando varias personas los conocen.

Eso significaba que Emilio Ibáñez no había trabajado solo.

Al entrar en Médanos, algo llamó inmediatamente su atención.

Había demasiada gente en la plaza.

No era día de feria.

Ni de fiesta patronal.

Sin embargo, pequeños grupos conversaban en voz baja.

Todos parecían mirar hacia el mismo lugar.

La comisaría.

Julián espoleó el caballo.

—¿Qué ocurrió?

Un muchacho salió corriendo al verlos.

—¡Comisario!

Mateo desmontó antes de que el joven terminara de hablar.

—¿Qué pasa?

—Encontraron un muerto.

El cuerpo estaba tendido detrás del edificio de correos, junto al viejo galpón donde se guardaban las bolsas postales.

Un médico del pueblo ya se encontraba allí.

También el juez Ricardo Albornoz.

Y varios vecinos mantenidos a distancia por dos agentes.

Mateo avanzó entre ellos.

Reconoció inmediatamente al hombre.

Era el operador del telégrafo.

El mismo con quien había hablado la noche anterior.

Yacía boca arriba.

Los ojos abiertos.

Sin signos visibles de violencia.

Solo una pequeña mancha oscura bajo la oreja izquierda.

El médico levantó apenas la cabeza.

—Murió hace pocas horas.

Mateo se arrodilló.

Observó la marca.

No era un golpe.

Era una diminuta perforación.

Como la producida por una aguja muy fina.

—¿Qué opina, doctor?

El médico dudó.

—No puedo asegurarlo.

Pero diría que no murió aquí.

Lo trajeron después.

Albornoz permanecía en silencio.

Parecía sinceramente afectado.

Cuando Mateo se incorporó, el juez habló por primera vez.

—Era un buen hombre.

Nunca tuvo problemas con nadie.

Mateo no respondió.

Miró alrededor.

El suelo estaba demasiado limpio.

No había señales de lucha.

Ni huellas claras.

Solo las marcas habituales del tránsito de carros.

Entonces vio algo.

Junto a una rueda apoyada contra el galpón, sobresalía un pequeño papel doblado.

Lo recogió.

Estaba húmedo por el rocío.

Lo abrió cuidadosamente.

Era un formulario telegráfico.

En blanco.

Excepto por una única palabra escrita a lápiz.

Tarde.

Nada más.

Julián observó el papel por encima de su hombro.

—¿Qué significa?

Mateo volvió a doblarlo.

—Que alguien quiere que sepamos que llegamos tarde.

Mientras el médico examinaba el cuerpo, Clara permanecía algo apartada.

Miraba el edificio del telégrafo.

Su expresión había cambiado.

Mateo se acercó.

—¿Qué ocurre?

Ella señaló una ventana lateral.

—La cortina.

—¿Qué tiene?

—Está corrida hacia el lado contrario.

Mateo observó.

No entendía.

Clara explicó.

—Anoche estaba abierta hacia la izquierda.

Hoy está hacia la derecha.

Parece una tontería...

pero el operador era muy meticuloso.

Nunca cambiaba nada de lugar.

El comisario siguió la dirección de su mirada.

Desde aquella ventana podía verse perfectamente la plaza.

Y también...

la puerta del juzgado.

Dos edificios.

Una sola línea de visión.

Demasiada casualidad.

Cuando el cuerpo fue retirado, Mateo pidió quedarse unos minutos más.

Entró solo al edificio del telégrafo.

Todo parecía en orden.

El manipulador Morse.

Las baterías.

Los formularios.

Los libros de registro.

Sin embargo, algo no encajaba.

El reloj de pared estaba detenido.

Marcaba exactamente las 2:17 .

Se acercó.

No estaba averiado.

Alguien había retirado cuidadosamente el péndulo.

No se había caído.

Lo habían quitado.

Abrió el gabinete inferior.

El péndulo no estaba.

En su lugar había un pequeño sobre de papel madera.

Sin nombre.

Sin sello.

Dentro encontró una estrecha tira de papel perforado.

Era cinta de telégrafo.

No sabía leerla.

Pero comprendió de inmediato que alguien la había escondido allí.

Y que el operador, antes de morir, había logrado sacar del reloj aquello que otros buscaban.

Mateo guardó la cinta en el bolsillo.

Respiró profundamente.

El enemigo ya no se conformaba con vigilar.

Había comenzado a eliminar personas.

Y cada nuevo silencio impuesto hacía que la verdad adquiriera un valor todavía más peligroso.

Porque, poco a poco, la investigación dejaba de tratar sobre el pasado.

Ahora también se estaba escribiendo con muertos del presente.

Mateo no abrió la cinta telegráfica en el edificio de correos.

La guardó cuidadosamente dentro de la libreta de apuntes.

Había aprendido hacía años que las pruebas importantes debían examinarse lejos de las miradas curiosas.

Y en Médanos...

las miradas parecían multiplicarse.

Regresaron a la fonda cuando el sol comenzaba a descender.

Nicolás cerró la puerta apenas los vio entrar.

No hizo preguntas.

Solo observó el rostro de Mateo.

—Hubo otra muerte.

No era una pregunta.

El comisario asintió.

—Sí.

El hotelero dejó escapar un largo suspiro.

—Entonces empezó.

Mateo levantó la vista.

—¿Qué empezó?

Nicolás tardó unos segundos en responder.

—Lo que siempre pasa cuando alguien remueve ciertas cosas.

El silencio.

Y después...

los entierros.

Clara extendió la cinta telegráfica sobre la mesa.

Era una larga tira amarillenta, perforada con pequeños agujeros distribuidos en columnas.

Julián la observó con frustración.

—No entiendo nada.

—Yo tampoco —admitió Mateo—. Pero alguien sí.

Nicolás permaneció inmóvil.

Luego dijo en voz baja:

—Hay un hombre.

Todos lo miraron.

—¿Quién?

—Don Aurelio Vázquez.

Fue telegrafista del ferrocarril durante más de treinta años.

Está jubilado.

Vive solo.

Casi no sale de su casa.

Mateo tomó inmediatamente el sombrero.

—Vamos.

La vivienda de Aurelio Vázquez estaba junto a las viejas vías del tren.

Era una casita modesta.

Pulcra.

Con un pequeño jardín donde crecían rosales cuidadosamente podados.

Un anciano abrió la puerta antes de que llamaran.

Como si hubiera estado esperándolos.

—Comisario Ferreyra.

Mateo se sorprendió.

—¿Nos conoce?

El viejo sonrió apenas.

—En un pueblo chico...

uno se entera de todo antes de desayunar.

Pasen.

El interior estaba lleno de relojes.

Grandes.

Pequeños.

De pared.

De bolsillo.

Todos marcaban horas diferentes.

Julián los observó fascinado.

—¿Funcionan?

—Todos.

Solo que cada uno recuerda un momento distinto.

Mateo sintió una curiosidad inmediata.

—¿Por qué hace eso?

Aurelio acomodó lentamente los lentes.

—Porque el tiempo nunca es igual para todos.

Hay quienes viven una hora.

Y quienes pasan cuarenta años atrapados en el mismo minuto.

Aquella respuesta dejó un extraño silencio en la habitación.

Mateo colocó la cinta perforada sobre la mesa.

—¿Puede leer esto?

El anciano apenas la vio.

Su expresión cambió.

No por sorpresa.

Por reconocimiento.

La tomó con una delicadeza casi religiosa.

—Hace mucho que no veía una cinta de este tipo.

Acercó una vieja plantilla metálica.

Comenzó a seguir las perforaciones con el dedo índice.

No hablaba.

Solo murmuraba números.

Después de varios minutos levantó lentamente la cabeza.

—No es un telegrama completo.

—¿Qué es?

—La parte final.

Alguien cortó el comienzo.

Mateo sintió un vacío en el estómago.

Otra vez.

Siempre faltaba el principio.

O el final.

Como si la verdad hubiera sido cuidadosamente fragmentada durante años.

—¿Qué dice?

Aurelio respiró hondo.

Leyó despacio.

—"...plano auténtico confirmado..."

Se detuvo.

Continuó.

—"...no confiar en copia..."

Otra pausa.

—"...guardar original donde el agua..."

El anciano frunció el ceño.

Había perforaciones dañadas.

Retomó la lectura.

—"...antes de luna nueva."

Silencio.

Nada más.

Nadie habló durante varios segundos.

Clara fue la primera.

—¿Eso es todo?

Aurelio negó.

—Eso es todo lo que quedó.

Mateo caminó lentamente por la habitación.

Cada nueva pista parecía señalar el mismo destino.

El agua.

Los bajos.

El camino viejo.

El plano auténtico.

Todo convergía.

Pero aún faltaba la pieza central.

¿Qué plano?

¿Dónde estaba?

¿Quién logró esconderlo antes de morir?

Aurelio volvió a enrollar cuidadosamente la cinta.

—Comisario...

Hay algo más.

Mateo se volvió.

—¿Sí?

—Esta cinta no fue enviada desde Médanos.

El silencio fue absoluto.

—¿Está seguro?

—Completamente.

La perforación corresponde a un equipo más moderno.

Aquí todavía usamos el modelo antiguo.

Esto salió de otra oficina telegráfica.

Mateo sintió que el mapa mental de la investigación volvía a expandirse.

Hasta ese momento había supuesto que todo ocurría dentro del partido.

Ahora comprendía que la conspiración podía extenderse mucho más allá.

Quizá hasta Bahía Blanca.

Quizá incluso hasta La Plata.

Cuando abandonaban la casa, Aurelio los acompañó hasta la puerta.

Antes de despedirse, habló sin mirar a nadie.

—Conocí a Emilio Ibáñez.

Clara se quedó inmóvil.

—¿De verdad?

El anciano asintió.

—Era un hombre decente.

Demasiado decente para la época que le tocó vivir.

La joven sintió que los ojos se le humedecían.

—¿Usted cree que murió por esto?