Los Olivos Chapter 2
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Chapter 2

Eran las cuatro de la mañana y Guillermo Varela llevaba dieciséis horas al volante.

El camión —un coloso de hierro y diésel, dieciocho ruedas sobre el asfalto caliente— rugía con esa cadencia mecánica que Guillermo conocía de memoria, casi como el ritmo de su propia respiración.

Había aprendido a leer sus cambios de tono como un médico lee un pulso: la ligera variación que anunciaba una cuesta, el gruñido sordo antes de un puente, el silbido que significaba que necesitaba parar a revisar la presión.

Ese camión era su territorio, su idioma particular.

A pesar del cansancio, sonrió levemente. Una chispa de alegría se reflejaba en sus ojos desde que puso en marcha el motor aquella tarde. Este no era un viaje cualquiera. Por primera vez en su larga carrera como camionero, no estaba solo.

Guillermo se removió en el asiento. Se frotó los ojos con el dorso de la mano. Abrió la ventanilla un dedo y dejó entrar el aire de agosto, que a esa hora todavía llevaba calor, pero al menos estaba en movimiento.

El aire trajo el olor: romero seco, estiércol viejo y, en el fondo, un tufo a corral que llegaba desde algún punto invisible al otro lado de la autovía. Guillermo arrugó la nariz y volvió a subir el cristal medio dedo, pero el olor ya estaba dentro de la cabina.

Una mosca, grande y aturdida por el calor, aterrizó en el salpicadero y se quedó ahí, frotándose las patas delanteras con parsimonia.

A su derecha, Fuensanta dormía con la cabeza apoyada en el cristal. Tenía esa manera particular de dormir que Guillermo adoraba.

Detrás, Adrián. Ocho años y los auriculares puestos, ajeno al mundo exterior con esa capacidad de los niños para construir burbujas impermeables. Guillermo lo había mirado tres veces por el retrovisor desde que oscureció. Una manía nueva, de padre. Verificar.

—Rumbo al paraíso, aunque sea con ojeras —murmuró para sí mismo, con una media sonrisa que no llegó a cuajar.

El GPS marcaba cuarenta y dos kilómetros hasta la siguiente parada. Demasiado lejos. Lo sabía. Pero girar el volante, detener el camión en el arcén, despertar a su familia y explicarles que papá ya no podía más —esa secuencia de hechos— se le hacía cuesta arriba. El orgullo, quizá.

Giró hacia el arcén.

El mastodonte se deslizó lentamente fuera de la calzada.

Las ruedas crujieron sobre la grava como quejidos de un animal herido, hasta detenerse con un chirrido seco.

Apagó los faros. Dejó el motor encendido porque Fuensanta dormía mejor con el ronroneo de fondo, siempre lo había dicho. El calor seguía siendo sofocante.

Se recostó en el asiento.

Cerró los ojos.

Sonrió.

No supo cuánto tiempo pasó.

El sueño llegó de golpe. Y con él llegó algo más.

Una imagen que no pertenecía a ningún recuerdo suyo: una habitación sin ventanas, paredes de piedra oscura, y en el centro un objeto que reflejaba la luz.

Un espejo. Grande, enmarcado en madera, con la superficie ligeramente curvada, como una pupila.

Y dentro del espejo, algo que lo miraba.

No tenía forma definida. Era más bien una densidad, una concentración de oscuridad que se diferenciaba del fondo por la presencia de algo absorbente. Algo hambriento.

Guillermo abrió los ojos.

Jadeaba.

La cabina estaba en silencio salvo por el motor y la respiración de Fuensanta. El parabrisas le devolvía la oscuridad de la carretera desierta, una serpiente de asfalto que parecía no tener fin.

—¿Qué ocurre, cariño? —murmuró Fuensanta desde el asiento del copiloto sin abrir los ojos.

Guillermo no respondió de inmediato. Se inclinó hacia delante y clavó la vista en el parabrisas. Intentaba convencerse de que lo que había visto en el sueño era solo eso: un sueño. El producto del cansancio y de dieciséis horas de carretera.

—Nada, cielo —dijo finalmente—. Seguimos.

Fuensanta asintió sin abrir los ojos.

Guillermo giró la llave. El motor rugió. Los faros iluminaron la carretera frente a ellos: recta, vacía, tan ordinaria como cualquier otra carretera en cualquier otra noche de agosto.

Se incorporó a la calzada.

No hubo advertencia.

Ningún ruido previo. Ningún cambio de temperatura. Ninguna de las señales que Guillermo habría sabido leer si hubieran estado ahí. Solo la carretera ante ellos y luego, en el espacio de un instante, el sonido.

Un estallido seco y doble, casi simultáneo. Los neumáticos traseros.

Guillermo no pensó. Su cuerpo actuó solo.

Los años al volante convirtieron la emergencia en reflejo: pies, manos, peso, ángulo.

Pero un depósito gigantesco cargado de ácido industrial no es el tipo de cosa que obedece a los reflejos de un hombre por bien entrenado que esté.

El volante vibró con una violencia que subió por sus brazos hasta los hombros.

El camión empezó a bailar sobre el asfalto sin poder detenerse.

—¡Agarráos! —gritó.

No supo si lo oyeron.

El camión volcó hacia la izquierda con una lentitud espantosa —ese tipo de movimiento lento que solo tienen las catástrofes grandes, estirando cada segundo.

Guillermo sintió cómo el mundo giraba. El techo convertido en suelo.

El asfalto convertido en techo. El grito de Fuensanta, corto y limpio, que se cortó antes de terminar.

El ácido salió del contenedor con el sonido de algo que se derrama con hambre.

El calor llegó primero que el dolor.

Después el dolor.

Después, por fin, la oscuridad.

Los equipos de emergencia llegaron cuarenta minutos después, cuando ya no había nada que hacer.

El camión era una montaña de metal retorcido de la que salía humo negro y espeso.

Los bomberos trabajaron durante dos horas antes de que pudieran acercarse lo suficiente para verificar lo que ya sabían.

Los cuerpos de Guillermo Varela y Fuensanta estaban irreconocibles.

El ácido industrial había hecho su trabajo.

Lo que perturbó al agente que redactó el primer informe —y que lo seguiría perturbando durante años— no fueron los cuerpos.

Fue la ausencia.

Entre los restos del camión encontraron los auriculares de Adrián. Estaban deformados por el calor, medio fundidos, con uno de los altavoces completamente aplastado. Los encontraron a unos cuatro metros del camión, sobre el asfalto, bien colocados.

No encontraron a Adrián.

No entonces. Ni nunca.

La carretera fue clausurada poco después. El tramo fue señalizado como peligroso por la calidad del pavimento en esa curva, por la pendiente, por varios factores técnicos que constaban en el informe oficial y que explicaban perfectamente el accidente sin necesidad de mencionar nada más.

El agente que redactó el informe no incluyó lo que le había parecido ver en el asfalto, junto a los auriculares. Una marca. Larga, de una regularidad que no tenía nada de accidental.

Algo había sido arrastrado por ahí.

Algo, o alguien, se había llevado al niño. No lo escribió. No habría sabido cómo.

Años después, los lugareños decían que en las noches de luna nueva se escuchaban gritos en ese tramo.

No de adultos.

De niño.

Siempre de niño.

Nadie volvió a ver a Adrián Varela. Pero quienes vivían cerca de la carretera y habían aprendido a distinguir los sonidos del campo por la noche, los que sabían diferenciar el viento entre los pinos del grito de un zorro o el lamento de un búho, esos decían algo más.

Decían que el grito de la carretera no sonaba como el de alguien que tiene miedo.

Sonaba como alguien que ha dejado de tenerlo.

Y eso era mucho peor.

2 bienvenidos

El retrovisor mentía.

Jorge lo sabía. Llevaba tres horas mirando en él y lo que devolvía —esa carretera que se alejaba, ese paisaje de piedra y matojos que se cerraba detrás de ellos como una boca— no era el verdadero problema.

El verdadero problema estaba en sus propias manos.

Quietas sobre el volante. Unas manos que alguna vez habían sido el instrumento más preciso de su departamento y que ahora simplemente conducían, que era lo único que podían hacer sin causar daño.

Conducir lo ayudaba. El movimiento hacia adelante. La excusa legítima de tener los ojos en la carretera.

El sol se derramaba sobre la llanura murciana con esa parsimonia cruel de los atardeceres de agosto, tiñendo el cielo de naranja y malva sobre un horizonte completamente llano.

El calor apenas había amainado. Por la ventanilla entreabierta entraba un viento seco que levantaba espirales de polvo que nacían y morían sin dejar rastro.

Jorge pensó que había algo obscenamente hermoso en todo aquello.

Nacer. Girar. Desaparecer.

Sin consecuencias.

Detrás de él, el silencio de la familia tenía tres formas diferentes y él las conocía todas.

Lucas contaba olivos en voz muy baja. Los contaba en serio, con esa concentración total que los niños de siete años ponen en las cosas sin importancia mientras el mundo adulto a su alrededor se fragmenta en silencio.

Cuatrocientos veintidós cuando Jorge comprobó.

Cuatrocientos veintidós olivos y un dinosaurio de plástico articulado que llevaba en el puño desde Madrid, un esqueleto con ojos saltones que le había regalado hacía dos veranos.

Marina tenía los auriculares puestos, pero Jorge sabía, por el modo en que fruncía el ceño —ese gesto idéntico al de Ana cuando procesaba algo que le costaba—, que no estaba escuchando música. Los auriculares eran solo una pared. Un muro invisible que los adultos no podían pedirle que derribara.

Y Claudia.

Dieciséis años y una lengua capaz de cortar más limpio que cualquier bisturí. Jorge la veía en el retrovisor sin que ella lo supiera y reconocía en su gesto pétreo algo que lo aterrorizaba más que cualquier otra cosa: la niña se le estaba pareciendo. A él. A lo peor de él.

—¿Falta mucho? —preguntó Lucas, interrumpiendo su conteo.

—Ya casi estamos, campeón.

—¿En serio tenemos que mudarnos a este agujero? —dijo Claudia. No miraba por la ventana. Miraba la nuca de su padre—. Todo por lo que hizo papá.