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Incluso el simple hecho de hablar le hacía daño, por lo que optó por cerrar de nuevo los ojos y permitir que la paz de la inconsciencia se adueñara una vez más de toda su persona.
Durmió plácidamente, como un niño en su cuna, puesto que de improviso le había invadido la extraña sensación de que por primera vez alguien que no fuera él mismo se preocupaba por su seguridad.
El Mecánico llevaba muchos años en África, demasiados tal vez, pero durante todo ese tiempo nunca se le había pasado siquiera por la mente la idea de que poner su vida en manos de un «piojoso beduino» tuviese la virtud de ejercer una influencia tan relajante sobre su subconsciente.
Ocurriera lo que ocurriera, y cualquiera que fuera el peligro que le acechara, los hombres del «Pueblo del Velo» permanecían vigilantes para que nada le sucediese.
Le despertaron los gritos del viento.
La cueva estaba oscura, pero una tímida luna menguante, cuya luz luchaba por abrirse paso a través de millones de granos de arena que volaban de un lado a otro, recortaba la silueta de Gacel Sayah que parecía una estatua sentado junto a la entrada.
Se aproximó, arrastrándose, hasta él, observó el inquietante panorama e inquirió casi con un hilo de voz:
—¿El harmattan…?
—No —fue la tranquila respuesta—. Viento del este, fuerte, pero aún no parece peligroso. El peligro llegará si comienza a girar hacia el norte.
—¿Crees que lo hará?
—Eso sólo Dios lo sabe… —sentenció el tuareg con absoluta naturalidad—.
Cuando la luna tiende a desaparecer los vientos se vuelven imprevisibles y caprichosos.
Ha llegado el momento de afianzar las jaimas y rezar.
Sin embargo, cuando la luna comienza a crecer, los vientos se calman, y llegan los días de levantar el campamento y viajar.
Por eso, y porque Mahoma era en realidad un beduino, nuestras banderas se adornan con una media luna.
—No tenía ni idea de que ése fuera el motivo.
—La luna en creciente es sinónimo de nuevos horizontes, nuevos pastos y nuevas esperanzas.
—¿Qué harás cuando todo esto acabe? ¿Buscarás nuevos pastos y nuevos horizontes?
—¿Qué remedio me queda?
—Volver a tu pozo.
—Allí ya nunca estaremos seguros —sentenció Gacel Sayah convencido de lo que decía—. Y hace tiempo que me rondaba por la cabeza la idea de marcharme. Mi hermana necesita un marido.
—Y tú una esposa… —le hizo notar Bruno Serafian.
El otro se volvió a mirarle y de no haber tenido el rostro oculto por el velo, el armenio podría haber advertido que sonreía con una cierta tristeza:
—Eso resulta mucho más difícil —fue la respuesta—. Siempre he sido pobre, pero lo poco que tenía lo he perdido. Ni mi hermano ni yo tenemos nada que ofrecer a una mujer y en nuestro mundo resulta imposible conseguir esposa en esas condiciones.
—¿Puedes vender las armas que te hemos entregado?
—Yo no trafico en armas… —replicó el tuareg con acritud—.
Quien lo hace está invitando a otros a matarse.
El gran problema de África es que se gasta demasiado en armamento y demasiado poco en resolver los problemas de su gente.
Un hombre honrado jamás debe prestarse a colaborar en que las cosas continúen así.
—¿Y tú te consideras ante todo un hombre honrado?
—¿Qué otra cosa me queda más que esa honradez? Si la perdiera me convertiría en el más miserable de los parias. Bastantes errores he cometido últimamente como para aumentarlos convirtiéndome en un despreciable traficante de armas.
—¿Todos los tuaregs piensan como tú?
—Supongo que no. Entre los tuaregs existen también hombres despreciables puesto que Alá no hace distinción de razas a la hora de repartir virtudes o defectos. Pero así es como me criaron, y ésas son las normas que quiero seguir. Lo que hagan otros, poco importa.
—El viento aumenta —musitó de improviso el armenio.
—Aún se mantiene estable en el este —replicó el beduino—. Reza para que siga así o perderás a tus compañeros. El peor momento llegará al amanecer.
—¿Por qué?
—Es entonces cuando el viento duda entre irse a dormir o azotar con furia. Serán los buitres los que nos avisen.
—¿Por qué los buitres?
—Aquí hiede a carroña. Si llegan volando desde lejos significará que el viento tiende a calmarse. Si buscan refugio y esconden la cabeza entre las alas, significa que habrá tormenta. Ellos son los únicos que saben lo que va a ocurrir en el desierto porque lo ven desde las alturas.
—¡Jamás imaginé que me alegrara el hecho de ver buitres! —no pudo por menos que exclamar el Mecánico—. Siempre me parecieron los seres más repugnantes del planeta.
—Y de hecho lo son, pero cumplen dos misiones muy concretas: limpian el desierto e informan a sus habitantes… —Gacel se puso en pie—. Y ahora he de irme —dijo—. Mi hermano lleva ya mucho tiempo de guardia.
—¿Y tú no descansas nunca?
—Ya tendré tiempo de descansar. Los nómadas aprendemos desde niños a pasar largas temporadas de inactividad que se alternan con otras durante las cuales nos vemos obligados a caminar día y noche.
—¿Y nunca os sentís desentrenados?
—¿«Desentrenados…»? —repitió el otro como si no entendiera a qué se refería—. ¡Oh, vamos! —exclamó al poco—. ¡No digas tonterías! El día que un nómada esté «desentrenado» se lo tragará el desierto.