Los ojos del tuareg (Tuareg 2) 20
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Bruno Serafian pareció escandalizarse al inquirir:

—¿Realmente me estáis pidiendo que negociemos?

—Y ¿por qué no? ¿Qué otra cosa podemos hacer?

—¡Pero es que si negociamos vamos a quedar como una mierda! —protestó el armenio—. ¡Como una auténtica mierda!

—Y eso es lo que somos —replicó el hombre del torniquete en la pierna—.

Mierdas que matan por dinero, y que únicamente en las malas películas se regeneran a base de realizar un acto heroico…

—Se golpeó levemente la ensangrentada venda al añadir—: Este operativo estuvo pésimamente planteado desde el primer momento, y éste es el resultado.

Más vale admitir un fracaso que lamentar un desastre.

—¿Alguien más está de acuerdo…?

—Aquí empieza a hacer calor y tengo sed —señaló una voz anónima.

—Y a mí me jodería cantidad servirle de merienda a los buitres.

El Mecánico observó con atención a la desmoralizada tropa, pareció llegar a la conclusión de que ninguno de aquellos rudos hombres de armas se mostraba en absoluto dispuesto a realizar un acto heroico más propio de las malas películas que de la auténtica catadura moral lógica en una pandilla de

aventureros a sueldo, y concluyó por encogerse de hombros evidenciando su desinterés por el asunto.

—¡De acuerdo! —dijo—. Intentaré parlamentar.

El herido en la pierna señaló con un gesto hacia Sam Muller al comentar seguro de lo que decía:

—Será mejor que sea él quien lo intente.

—¿Y eso por qué?

—Lo que ahora necesitamos es un buen negociador que sepa regatear. Él es más dialogante que tú, y a los árabes les encanta regatear.

—Éstos no son árabes. Son tuaregs.

—Aún no he aprendido a diferenciarlos, aunque tampoco creo que existan grandes diferencias. —El tono de voz cambió intentando volverse persuasivo—. ¡Hazme caso! —pidió—. ¡Deja que vaya Sam!

El armenio recorrió con la vista los rostros de los presentes y lo que vio en sus ojos le llevó al convencimiento de que la mayor parte estaba de acuerdo con la propuesta, por lo que optó por encogerse de hombros por segunda vez en muy corto espacio de tiempo:

—¡No se hable más! —dijo—. Lo dejo en sus manos.

—Pero es que yo no he solicitado tal honor —protestó el sudafricano—. Y de hecho no tengo el menor interés en convertirme en negociador.

—Eres el más capacitado.

—¿Quién lo ha dicho?

—¡Oh, vamos…! —estalló fuera de sí Julio Mendoza—.

¡No es momento de discutir bobadas! Te pedimos, y si lo prefieres, «te suplicamos», que intentes convencer a esos «miserables piojosos» a los que pensábamos aniquilar sin despeinarnos, de que estamos dispuestos a bajarnos los pantalones a cambio de un poco de agua.

—¿Por qué será que todo el que va a la guerra lo hace convencido de que la va a ganar sin despeinarse, pero acaba siempre bajándose los pantalones? —masculló Sam Muller como si hablara para sus adentros—. Haré lo que pueda —añadió—. ¿Alguien ha tenido la precaución de traer una bandera blanca?

—El sarcasmo no sirve de ayuda… —le hizo notar Bruno Serafian—. Y te recuerdo que al fin y al cabo la idea es tuya.

—Y como mía la defenderé… —El sudafricano extrajo del bolsillo posterior de su pantalón un sucio y arrugado pañuelo para anudarlo cuidadosamente al cañón de su arma y encaminarse con paso decidido a la salida al tiempo que comentaba con un cierto tono humorístico—:

Al menos confío en que tengan una idea de lo que significa una bandera blanca y no me vuelen la cabeza antes de haber abierto el pico…

Salió al violento sol de la mañana agitando al aire su improvisada bandera, y de inmediato uno de los heridos inquirió dirigiéndose al armenio:

—¿Crees que le escucharán?

—No lo sé —replicó el aludido—. Lo único que sé es que ahora deberíamos quedarnos quietos y callados con el fin de no malgastar energías, porque al fin y al cabo, aquí la energía es siempre agua.

Se sumieron por tanto en una especie de pesado abotargamiento al que contribuía en gran medida un bochorno que se hacía más y más intenso a medida que avanzaba la mañana,

hasta el punto de que llegó un momento en que hubiera sido difícil imaginar que en el interior de aquella silenciosa caverna intentaban sobrevivir una docena de desesperados seres humanos que sudaban a mares.

Sam Muller sabía muy bien que ese sudor se convertiría a partir de aquel momento en su peor enemigo, y por ello a la hora de adentrarse en el laberinto de piedra y roca lo hizo muy lentamente y buscando siempre las sombras, con la blanca bandera alzada y la mirada atenta a las alturas,

temiendo por igual que el enemigo decidiera no dar la cara, o que lo hiciera de pronto disparándole a quemarropa.

Recorrió más de un kilómetro sin distinguir ni a un solo ser viviente, rechazó la idea de encender un cigarrillo convencido de que contribuiría a secarle aún más la garganta, y empezaba a perder toda esperanza de obtener algún resultado positivo en su penoso deambular,

cuando una autoritaria voz resonó a sus espaldas.

—¡Deja el arma en el suelo!

Obedeció para volverse muy despacio y observar al hombre alto, vestido con un largo jaique de color azul y que se cubría el rostro con un velo, que le apuntaba con un moderno rifle de mira telescópica.

De dónde había salido y cómo era posible que se encontrara allí sin que un profesional tan experimentado como él lo hubiera advertido era algo que jamás lograría comprender,

pero en aquellos momentos de lo único que se preocupó fue de alzar los brazos mostrando a las claras que se encontraba indefenso.

—¡Vengo en son de paz! —se apresuró a indicar.

—¡Ya me he dado cuenta! ¿Qué quieres?

—Parlamentar.

Gacel Sayah meditó apenas un instante para hacer un gesto indicando que se encaminara al punto en que un saliente de rocas ofrecía una pequeña sombra bajo la que tomar asiento.

—¿Tú dirás? —indicó.

—Queremos poner fin a este insensato enfrentamiento… —comenzó con su calma de siempre el sudafricano—. Con un poco de buena voluntad se puede conseguir que nadie más continúe sufriendo.

—¿Cuál es tu propuesta?

—Paz a cambio de agua.

—No tenemos mucha agua.

—Nos conformamos con la suficiente para sobrevivir hasta que llegue el avión que debe recogernos.

—¿Y quién me garantiza que a partir de ese momento no se reanudarán las hostilidades? —quiso saber el tuareg.

—Es lo que he venido a discutir. Si alcanzamos un acuerdo sobre las garantías, todos saldremos ganando.

—¿Cuándo tiene que llegar ese avión?

—Pasado mañana.

—¿Y cómo sé que no os trae refuerzos?

—No puedes saberlo, porque ni siquiera yo lo sé —admitió con total honestidad Sam Muller—.

Pero me consta que no resulta fácil reclutar con rapidez gente dispuesta a venir a un lugar como éste.

—Alzó las manos con las palmas hacia arriba en lo que cabría interpretar como un ademán de fatiga o impotencia—.

Lo único que queremos es largarnos de aquí cuanto antes —dijo—.

Ésta no es una misión por la que merezca la pena continuar derramando sangre.

Gacel Sayah meditó unos instantes, clavó los ojos en los de su interlocutor, y por último inquirió secamente:

—¿Por qué matasteis al muchacho?

—Yo no lo maté y puedes creerme que de haber sabido lo que iba a ocurrir, lo hubiera impedido, pero me cogió por sorpresa.

—Ya me di cuenta. ¿Fue tu jefe el que lo hizo? —Ante el mudo gesto de asentimiento el imohag insistió—: ¿Es ese al que llaman el Mecánico?

—¿Cómo lo sabes?

—Sé muchas más cosas de las que imaginas… —sonrió bajo el velo por lo cual el otro no pudo advertirlo—. Gracias a eso, estás intentando concertar «una paz honrosa» un día antes de verte obligado a aceptar una rendición incondicional.

—Nunca nos rendiríamos sin luchar.

Gacel Sayah tardó de nuevo en responder, se apoyó en el muro de piedra, observó largamente a su interlocutor, y por último puntualizó remarcando mucho las palabras:

—Os rendiríais y tú lo sabes. Sin agua, mañana, a estas horas ni siquiera podríais ordenar a vuestras propias manos que empuñaran un arma.

—Es muy posible.

—Es seguro. Los tuaregs sabemos mucho sobre los efectos de la sed, y por eso no nos gusta que ni aún el peor de nuestros enemigos sufra lo que es sin duda la más terrible de las muertes.

—Apuntó a su oponente con el dedo—. Ten por seguro que en cualquier otra circunstancia jamás accedería a parlamentar.

Os pasaríamos a cuchillo sin contemplaciones, pero las leyes de mi pueblo son muy estrictas a ese respecto.

Se debe usar la sed como arma, pero no se debe llevar al extremo de matar con ella.

—Se me antoja muy justo —admitió el sudafricano—. Nadie merece sufrir de esa manera.

—Cientos de tuaregs han muerto de sed desde el ya muy lejano día en que decidimos establecernos en el desierto.

Mucho hemos padecido por su causa y debido a ello la mayor parte de nuestras más antiguas normas de conducta se rigen sobre la base de que nadie debe pasar por eso si está en nuestras manos evitarlo.

—Es una noble forma de ver la vida.

—¡No intentes darme coba! No es necesario. La tradición me exige que me muestre benévolo e intente llegar a un acuerdo. Si me ofreces suficientes garantías os ayudaré a sobrevivir.

—¿Qué clase de garantías?

—En primer lugar, necesito un documento por el que se reconozca que fuisteis vosotros los que matasteis a ese muchacho cuando lo habíamos dejado en libertad.

—¿Podemos decir que se trató de un error?

—Podéis decir lo que os apetezca, siempre que admitáis que la responsabilidad es únicamente vuestra.

—De acuerdo.

—¿Lo aceptará el Mecánico?

—Si no lo acepta lo firmaremos otro compañero y yo como testigos. ¿Qué más?

—Entregad las armas.

—¿Todas las armas? —se escandalizó Sam Muller—. ¿Te das cuenta de lo que me estás pidiendo?

—Naturalmente.

El otro negó convencido.

—Eso nunca lo haremos. Quedaríamos a vuestra merced. Lo que podemos hacer es entregar parte de las armas, pero conservando las suficientes como para defendernos en caso de ataque.

—¿De verdad imaginas que estaríamos tan locos como para intentar atacaros?

—Después de lo que he visto, me lo creo todo. Si no estuvierais locos nunca se os hubiera ocurrido empezar todo este asunto.

—Nosotros no lo empezamos.