9 #2
—Yo creo más bien que es brujería. La magia de los franceses, contra la que jamás podremos luchar por mucho valor que derrochemos… —El imohag alzó el rostro hacia su hermano, y en sus ojos podía leerse la inmensidad de su abatimiento en el momento de inquirir—: ¿Tú que opinas?
—¿De qué sirve mi opinión? —quiso saber Suleiman—.
Hace cuatro días mi mayor preocupación se cifraba en que una camella pariera con retraso, o que el pozo descendiera de nivel.
Pero de entonces acá tan sólo oigo hablar de cosas que escapan a mi comprensión.
Es como si de pronto nos hubieran transportado a otro planeta.
—No es que nos hayan transportado a otro planeta… —sentenció Laila con sorprendente seriedad—. Es que ese otro planeta nos ha invadido de repente.
—Tal vez la culpa no sea de ellos… —le replicó sin la más mínima acritud su hijo menor—. Tal vez tengamos parte de culpa por no haber sabido evolucionar. Estos últimos años, en lugar de avanzar no hemos hecho más que retroceder…
Turki Al-Aidieri aguardó a que su nieta abandonara la estancia, observó con atención al hombre que se sentaba frente a él, y tras permanecer unos instantes en silencio, como si con ello pretendiera imprimir mayor fuerza a lo que tenía que decir, comenzó:
—El «Consejo de Ancianos» tomó anoche una decisión que quiero que transmitas a tus jefes…
Amed Habaja hizo un notable esfuerzo para que su rostro permaneciese imperturbable pese a que advertía que su corazón latía con inusitada fuerza y las manos le temblaban de un modo casi perceptible.
—Los imohag nos hemos cansado de que continuéis considerando nuestros territorios un basurero, bueno, tan sólo para convertirlo en pista de carreras una vez al año…
—continuó en idéntico tono el anciano—. Hemos sido pacientes durante demasiado tiempo, tal vez confiando en que algún día comprendierais que quienes nos vemos obligados a vivir en este perdido rincón del mundo merecemos un mínimo respeto…
—Agitó la cabeza pesaroso—. Pero no ha sido así…
—añadió—. Una y otra vez habéis pactado con quienes nos desprecian, nos odian y nos explotan, sin tener en cuenta que es nuestra tierra la que cruzáis, nuestros hijos a los que matáis, y nuestro ganado el que aplastáis…
—Siempre hemos procurado compensaros por el daño que hayamos podido causar.
—¿Cómo? —quiso saber con cierta agresividad el anciano—.
¿Sobornando funcionarios? Ya te dije que a nosotros eso no nos sirve, puesto que tales «compensaciones» jamás van a parar a manos de los auténticos damnificados.
Y a la madre que ha perdido a un hijo de poco le vale que le ofrezcan dinero ni aún en el improbable caso de que ese dinero llegase a su poder…
¡No! —Negó convencido—. Vuestras supuestas «compensaciones» no nos compensan por el daño que estáis causando…
—Daremos instrucciones para que de ahora en adelante sean los afectados los que lo reciban personalmente…
El amenokal, máximo patriarca de las tribus tuaregs de la región, alzó la mano impidiéndole continuar con unos argumentos que, evidentemente, no tenía el menor interés en escuchar.
—¡No te esfuerces! —rogó—. ¡No habrá «de ahora en adelante»!
—¿Qué quieres decir con eso? —se alarmó el otro.
—Que el «Consejo de Ancianos» ha tomado una decisión, y que cuando los imohag deciden algo, nunca se vuelven atrás… —De nuevo recurrió a hacer una larga pausa con el fin de remarcar lo que iba a decir—: Se acabaron las carreras a través de nuestros territorios —concluyó.
—¿Qué territorios?
—Todos aquellos en los que existan comunidades tuaregs.
—Pero ¿te das cuenta de lo que estás diciendo?
—Perfectamente.
—Existen comunidades tuaregs en por lo menos una docena de países africanos.
—Lo sé.
El egipcio tardó en reaccionar puesto que se había quedado con la boca literalmente abierta, incapaz de asimilar la magnitud de lo que acababa de escuchar.
Por último, balbuceó:
—¿Acaso pretendes insinuar que habéis decidido boicotear el rally a lo largo y lo ancho de una docena de países?
—Tú lo has dicho.
—¡Pero no podéis hacer eso! —protestó el otro—. Son naciones libres con gobiernos independientes que toman sus propias decisiones.
—La mayoría son gobiernos corruptos que para nada tienen en cuenta los intereses de sus ciudadanos. Si ellos no han sido capaces de abolir esa lacra, lo haremos nosotros. Por las buenas, o por las malas.
—¡Pero es que no se trata de ninguna «lacra»…! —protestó Amed Habaja—. Se trata de una simple prueba deportiva.
—¡No me vengas con ésas…! —casi se enfureció el Guepardo—.
Ten en cuenta que no soy un ignorante beduino a los que acostumbras a tratar como si fueran camellos.
Conozco muy bien el dicho: «Mens sana in corpore sano», pero me consta que ése no es un concepto que pueda aplicarse al tipo de «pruebas deportivas» que tu organización patrocina.
Ni correr por el desierto trepado en una máquina es un deporte que beneficie al cuerpo, ni mucho menos a la mente.
Esa mente puede estar muy enferma, por muy sano que se encuentre el cuerpo.
Y de hecho se acaba de demostrar que lo está, ya que ese individuo tal vez sea un auténtico atleta, pero resulta evidente que es, sobre todo, un paranoico.
Y no existe tabla de gimnasia ni ejercicio físico alguno, por duro que sea, capaz de transformar un cerebro enfermo en uno sano.
—Se trata de un caso aislado y me parece injusto que por culpa de un cretino cientos de inocentes tengan que pagar las consecuencias.
—Somos nosotros los que pagamos las consecuencias por algo que ni nos va ni nos viene.
¡Si quieren correr, que corran en su casa!
¡Si quieren matar gente, que maten a los suyos!
Que se construyan en Europa un circuito todo lo complicado que quieran y que se dediquen a estrellarse contra las rocas, pero que no aparezcan más por aquí, a restregarnos por las narices tan descarado derroche de riquezas.
—¿Y cómo piensas impedirlo?
—Ordenando a todos los imohag, cualquiera que sea su tribu o el país en que habiten, que impidan a cualquier precio el paso de vuestros coches, vuestras motos y vuestros camiones.
—Eso suena a terrorismo.
—¡No! ¡En absoluto! No intentes confundir los términos. El terrorista es un ser deleznable que ataca a traición escudándose en el anonimato. Lo nuestro es una declaración de guerra, y en la que el enemigo no se oculta. El enemigo es la nación tuareg en peso.
—¿Estáis dispuestos a matar?
—En toda guerra hay muertos.
—¿Y estáis dispuestos a morir?
—Los tuaregs siempre estamos dispuestos a morir.
—¿Y qué haréis si os veis obligados a enfrentaros a los ejércitos de los países de los que formáis parte?
—Si esos ejércitos se enfrentan a nosotros por defender los sucios intereses de un puñado de extranjeros que nos están pisoteando, merecerán que nos enfrentemos a ellos.
—¿Propiciando una masacre?
—Si, como parece ser, estamos condenados a desaparecer como pueblo, más vale que sea luchando con valor, que consumiéndonos como hasta ahora, sin pena ni gloria. A los ojos de un tuareg, morir con honor es el mejor de los destinos posibles.
—¿Y qué será de las mujeres, los ancianos y los niños?
—¡Dios dirá!
Cuando horas más tarde el egipcio transmitió palabra por palabra el mensaje que Turki Al-Aidieri le había dado, tanto el imperturbable Alex Fawcett como el atribulado Yves Clos reaccionaron como si acabaran de recibir una coz en plena frente.
—¡Bromeas! —exclamó al fin roncamente el primero.
—¿Crees que me jugaría el puesto bromeando sobre algo tan serio? —quiso saber Amed Habaja en un tono que no dejaba margen a ningún tipo de dudas—. Es lo que ha dicho, y es lo que piensa hacer.
—¡Pero eso significa…!
—Que nos tenemos que largar con la música a otra parte, o nos arriesgamos a que empiecen a cazar corredores como si fueran conejos.
—¡No pueden hacerlo!
—¿Ah no? —se sorprendió el egipcio—. Ten en cuenta que un tuareg es capaz de pegarle un tiro a un motorista a quinientos metros de distancia para desaparecer como si se lo hubiera tragado la tierra.
¿Y cómo lo impediremos? ¿Poniendo soldados junto a cada coche, cada camión y cada moto?
Aún tenemos por delante más de seis mil kilómetros de desierto, y en cada uno de ellos puede ocultarse un francotirador.
Alex Fawcett se volvió a Yves Clos para inquirir:
—¿Cuántos tuaregs crees que existen desde aquí hasta El Cairo?
—¡No tengo ni la menor idea! —admitió el interrogado—.
Cientos o tal vez miles, pero no creo que el número tenga importancia.
Bastarían con dos docenas de fanáticos dispuestos a obedecer las órdenes de su «Consejo de Ancianos» para que la mitad de nuestros pilotos regresase a su casa en una caja de pino.
—¡Asquerosamente gráfico!
—Si prefieres lo adorno con un lazo, ya que ése es mi oficio, pero me da la impresión de que en este caso la demagogia no sirve de mucho. Si los «Hijos del Viento», que han sido los dueños del desierto durante siglos, se proponen cazarlos, los cazarán nos pongamos como nos pongamos.
—¡Malditos hijos de puta! ¿Te das cuenta de lo que nos estamos jugando?
—Miles de millones.
—Y todo porque a un gilipollas se le antojó echarle aceite a un pozo.
El rubio Yves Clos rebuscó en el bolsillo superior de su camisa, sacó la diminuta pipa y se dispuso a cargarla al tiempo que negaba con un decidido ademán de cabeza.
—No —le contradijo—. Ése ha sido el detonante, pero no la razón. La auténtica razón estriba en que no nos dimos cuenta de que estábamos tensando demasiado la cuerda. Pronto o tarde tenía que romperse.
—¿Insinúas que es culpa nuestra?
—Ellos están aquí, y no se les ocurre ir a tocarnos los cojones a París. Somos nosotros los que venimos a tocarles los cojones año tras año, y está claro que no hemos sabido hacerlo con la suficiente delicadeza.
—¿Acaso estás de su parte?
—Una cosa es comprenderlos, otra muy distinta estar de su parte, puesto que no me agrada la idea de perder mi empleo —sentenció el francés—. Y si tenemos interés en conservarlo lo mejor que podemos hacer es dejar de buscar culpables y empezar a buscar soluciones.
—¿Alguna idea?
—No, de momento.