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—Te equivocas, pequeña… —le hizo notar su hermano extendiendo la mano para acariciarle el largo cabello muy negro—.
Nuestra forma de vivir puede que sea pobre, puesto que somos los seres más pobres del mundo, pero nunca miserable.
Hay muchos ricos que viven miserablemente rodeados de toda clase de lujos, y muchos pobres que viven dignamente con lo justo.
—Desearía que tus palabras me sirvieran de consuelo, pero son ya demasiados años de penuria… —sentenció la muchacha—. Yo soy joven y fuerte y lo resisto, pero a veces tengo la impresión de que nuestra madre no podrá aguantar mucho tiempo.
—También a mí me preocupa —admitió el mayor de los Sayah—. Y durante estos días he llegado a la conclusión de que tal vez lo más lógico sería que regresarais al norte, donde aún nos deben quedar parientes que recuerden que fue la mujer de un héroe.
—¿Y condenarnos a vivir para siempre de la caridad? —inquirió su hermana volviéndose a mirarle—. ¿Te das cuenta de lo que estás diciendo?
No obtuvo respuesta puesto que resultaba evidente que no existía.
El nómada tenía clara conciencia de que si se separaba de las mujeres, éstas no tendrían la más mínima posibilidad de abrirse camino por sí solas, y que su futuro sería acabar convirtiéndose en sirvientes,
y en el caso de la muchacha tal vez concubina de algún mercader al que le tendría sin cuidado quién había sido su padre.
Si negro se presentaba el destino de los valientes guerreros tuaregs, más negro aún se presentaba el de sus mujeres, puesto que vivían unos difíciles tiempos en los que los de su estirpe habían dejado de ser considerados los temibles dueños de las arenas del desierto,
para pasar a convertirse en un ejército de desarraigados sin patria ni esperanzas.
Desparramados a lo largo y ancho de una docena de países diferentes, sin cabezas visibles y enfrentados a veces entre sí por culpa de muy viejas rencillas, los imohag estaban condenados a desaparecer sin aspavientos,
y probablemente la heroica aventura de su padre había sido el postrer coletazo de un pez al que le faltaba el agua.
—No lo entiendo… —musitó al fin como si hablara consigo mismo—. En verdad que no logro entenderlo.
—¿A qué te refieres?
—A la apatía de nuestra gente. Somos un pueblo fuerte, temido e inteligente, que si se uniera podría acabar con esa pandilla de cretinos y ladrones que nos gobiernan, creando nuestro propio país según nuestras propias leyes.
Sin embargo, la carencia de un auténtico líder ha propiciado que acabemos convertidos en un sinfín de grupúsculos que malviven aquí y allá aceptando las absurdas normas que quieren imponernos y sin que nadie nos tenga en cuenta.
—¿Crees que nuestro padre podría haber sido ese líder?
—Naturalmente.
—¿Y tú?
—No. Yo no.
—¿Por qué?
—Me falta experiencia.
—La experiencia es de las pocas cosas que se obtienen con el paso de los años… —le recordó Aisha.
—Pero necesita bases sólidas en las que asentarse, y yo carezco de ellas porque nuestro padre murió cuando yo aún era un niño y no tuvo tiempo de enseñarme.
Luego, y aparte haber leído unos cuantos libros, todos estos años han sido tiempo perdido…
—Hizo una corta pausa para añadir seguro de lo que decía—: El líder que necesitamos tiene que ser alguien que no sólo sepa desenvolverse en el desierto, sino que conozca la forma de ser de los franceses.
Alguien como el Guepardo, pero mucho más joven…
—Le vi una vez, pero era muy pequeña y apenas le recuerdo.
—A mí me impresionó lo mucho que sabía sobre todo. Probablemente hubiera sido el hombre justo para reunificar a nuestro pueblo, pero cuando regresó de Francia estaba ya cansado de tanta guerra.
—Siempre había creído que un inmouchar nunca se cansa de la guerra.
—Es que aquélla fue «una guerra de franceses», en la que los hombres no luchaban espada en mano y cara a cara, sino con aviones y cañones que mataban a enormes distancias…
—Se puso en pie, dio unos pasos y respiró muy hondo, como si pretendiera llenarse los pulmones con el aire de la noche—.
Incluso eso ha cambiado… —musitó—. Cuando en la televisión veía cómo los misiles destrozaban en plena oscuridad un objetivo que se encontraba a cientos de kilómetros del lugar desde el que había sido lanzado, comprendí que hasta en lo que se refiere a lo que siempre fue nuestro punto fuerte,
la guerra, nos hemos quedado definitivamente atrás…
—¿Qué habrá sido de él?
—¿De quién?
—De el Guepardo.
—Probablemente ha muerto. Era ya muy viejo.
—¿Qué crees que hubiera hecho en esta situación?
—Supongo que lo mismo que nosotros. Era un auténtico amenokal del Kel-Talgimus, y no creo que exista un solo miembro del «Pueblo del Velo» que hubiera reaccionado de modo diferente ante…
Le interrumpió la aparición de su madre que había surgido del interior de la caverna portando una pequeña tetera y tres vasos, y que al tiempo que llenaba los recipientes, comentó:
—Uno de los prisioneros insiste en hablar contigo.
—¿Te ha dicho qué es lo que quiere?
—No, pero afirma que es el único que puede arreglar todo este embrollo.
—¿Y tú qué opinas?
—Parece seguro de sí mismo, e imagino que no pierdes nada escuchándole.