Los ojos del tuareg (Tuareg 2) 8
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Habían tomado asiento en el pescante del aparato y bebían a cortos sorbos observando el ir y venir de conductores y mecánicos mientras las primeras sombras de la noche descendían sobre el nutrido campamento.

Durante unos instantes permanecieron en silencio, hasta que por último Yves Clos inquirió:

—¿Qué piensas de ese tipo…? Del tuareg.

—Que los tiene bien puestos.

—¿Te preocupa encontrarte de nuevo con él?

—¡En absoluto! —fue la sincera respuesta del piloto—. Ni siquiera pude verle la cara, pero estoy convencido de que si voy en son de paz no me hará ningún daño.

—Por si acaso, lo primero que tienes que hacer es solicitar su hospitalidad y pedir su protección. De ese modo, y según sus leyes, está obligado a ofrecer su vida a cambio de la tuya.

—Hermosa costumbre, ¿no te parece? Si todo el mundo actuara de igual modo no habría guerras.

—Una vez me contaron que cuando un beduino se ha enemistado con un tuareg, la mejor solución que encuentra es plantarse ante su jaima solicitando su hospitalidad.

Como el otro no puede negársela, se queda a vivir allí, comiendo y bebiendo «de gorra» hasta que el tuareg, cansado de tanto abuso, accede a perdonarle la ofensa con tal de que se largue de una puñetera vez.

—¡Muy astuto! Podríamos proponérselo a ese hijo de puta… ¡Por cierto! ¿Cómo se llama?

—Milosevic… Marc Milosevic.

—¿Tiene algo que ver con el presidente de Yugoslavia?

—Parece ser que presume de ser pariente lejano, con lo cual quedaría plenamente demostrado que la «hijoputez» es una cuestión genética, pero no he conseguido confirmarlo. Lo que sí he averiguado es que durante la guerra de Bosnia amasó una fortuna y que disfruta con los deportes de riesgo.

—Y ¿por qué aceptamos a gente como ésa en una prueba de estas características?

—Porque no somos quiénes para juzgar a una persona por lo que puede que no sean más que rumores. Y ten en cuenta que son muchos días de carrera, mucho calor y mucha tensión, por lo que incluso el tipo más decente puede acabar por perder los nervios y cometer un error.

—¿Tú lo cometerías?

—Yo no corro a más de cien por hora a través del desierto tragando polvo y con el sol fundiéndome las ideas. Yo, al igual que tú, suelo viajar en helicóptero y por lo tanto veo las cosas desde otra perspectiva.

—¿Y cuál es tu perspectiva? —Nené Dupré hizo mucho hincapié al añadir—: ¡La verdad!

El rubio Yves Clos, que por su edad, su trabajo, o su forma de ser, daba siempre la impresión de encontrarse a diez metros de distancia del resto del mundo y sus infinitos problemas, aspiró con fruición de su corta cachimba, arrugó cómicamente la nariz y repitió con una leve sonrisa:

—¿La verdad… «verdadera»?

—La verdad verdadera.

—Pues si quieres que te sea sincero, mi opinión es que lo más probable es que muy pronto el número de muertos supere con creces el medio centenar, porque cuatro de esos seis desgraciados lo van a tener muy crudo.

O mucho me equivoco, o en cuanto la carrera acabe todo el mundo se va a lavar las manos con respecto a su futuro.

—¡Pero Fawcett tiene una responsabilidad!

—¿Ante quién? ¿Ante la opinión publica? Lo que ocurra son «gajes del oficio» que incluso le añaden más morbo, más sal y más pimienta a la aventura del próximo año.

—¿Y ante los familiares de las víctimas?

—¿Qué pueden hacer? ¿Llevarle ante los tribunales?

—Por ejemplo.

—¿Ante qué tribunales y de qué país? ¿Y acusándole de qué?

—De negligencia y de no prestar ayuda a alguien en peligro, entre otras muchas cosas.

—¿Y tienes una idea del tiempo y el dinero que exigiría una demanda semejante en caso de que algún tribunal la aceptara?

¡Olvídalo! Este «circo» mueve cada año miles de millones y no va a detenerse por cuatro cadáveres más o menos.

Al fin y al cabo la gente opina que el que la diña en el transcurso de este rally se lo estaba buscando.

—¡Eso es muy duro!

—¿Duro? ¿Recuerdas las imágenes, tomadas desde un helicóptero, en las que un cámara captaba con absoluta nitidez cómo un coche de la carrera daba tres vueltas de campana y se destrozaba mientras los ocupantes saltaban por los aires…?

—¡Naturalmente! Eran espectaculares.

—¿Y recuerdas cómo se escuchaban los gritos de entusiasmo y las risas del cameraman porque se daba cuenta de que estaba consiguiendo unas imágenes que le comprarían todas las cadenas de televisión?

—También lo recuerdo.

—Pues eso te da una idea de qué es lo que en verdad importa.

Esas imágenes dieron la vuelta al mundo, pero nadie preguntó qué les había ocurrido a los que iban dentro del coche.

Casi todos los canales de la mayor parte de los países «civilizados» cuentan con programas especializados en ese tipo de imágenes «impactantes», en los que se ve cómo la gente se cae, se mata o se destroza delante de un objetivo.

Suelen emitirse en horario de máxima audiencia y cada día el telespectador exige más riesgo y más emoción…

—Chasqueó la lengua en un claro gesto de desagrado—.

Nosotros somos los encargados de abastecerlos de una gran parte de ese riesgo y esa emoción.

Nené Dupré permaneció un largo rato muy quieto, como si se hubiera distraído observando cómo cerraba la noche y las luces del campamento se iban encendiendo una tras otra, pero, tras rumiar a conciencia sus palabras, se volvió a su interlocutor para señalar:

—Resulta chocante. Te conozco hace ocho años, pero acabo de darme cuenta de que en realidad no te conozco.

Siempre te había visto rebosando entusiasmo y convenciendo a los medios de comunicación de que este rally es lo más fabuloso que ha parido madre…

Y de repente me estás mostrando la otra cara de tu moneda. ¡Me asombras!

—Eso quiere decir que hago bien mi trabajo.

Recuerda que también soy «asesor de imagen» de algunas de las más cotizadas «top-model», a las que consigo que el público vea como semidiosas etéreas, perfectas e inalcanzables, cuando en realidad la mayoría son unas pedorras, engreídas,

borrachas y drogadictas que sin un dedo de maquillaje no valen un pimiento.

—¡Me lo estaba imaginando!

—El término «asesor de imagen» significa más bien «falseador de imagen» puesto que nuestra auténtica misión se centra en distorsionar la realidad como si se tratara del revés de la trama de una caricatura.

—¿Y eso qué significa?

—Que mientras un caricaturista lo que hace es exagerar los rasgos más defectuosos minimizando los buenos, el «asesor de imagen» exagera los buenos y minimiza los malos, pero teniendo mucho cuidado de no traspasar la delgada línea que pueda convertir a su cliente en otra caricatura.

—¿Algo así como «hacer encaje de bolillos»…?

—Exactamente. Y es lo que creo que voy a tener que hacer ahora: «encaje de bolillos» con el fin de intentar salvar cuatro vidas mientras hago creer al resto del mundo que no está ocurriendo absolutamente nada fuera de lo normal.

—Estoy seguro de que lo harás muy bien.

Ives Clos vació su cachimba golpeándola contra el borde del pescante en que se encontraba sentado, se la guardó en el bolsillo y replicó con ironía:

—También yo lo estoy de que lo haré muy bien… —Le guiñó un ojo con picardía—. De lo que no estoy tan seguro es de que quiera hacerlo ni bien ni mal.

—¿Y eso?

—Soy bretón.

—¿Y qué tiene que ver?

—Que pasé mi infancia en un pequeño pueblo cuyas playas han sido arrasadas por la marea negra de un petrolero que se partió en dos frente a sus costas.

La empresa que fletó ese petrolero, aun a sabiendas de que estaba carcomido por la herrumbre y cualquier día podía provocar una catástrofe, es la misma que invierte cada año millones de francos en este maldito rally.

—Son cosas distintas.

—No tanto. Si hubieran empleado mejor ese dinero, cientos de pescadores no estarían ahora al borde de la ruina, y miles de aves marinas continuarían con vida…

Empiezo a estar más que harto de formar parte de algo que me repugna, y sospecho que este incidente me puede obligar a reflexionar sobre cuáles han de ser mis auténticas prioridades…

—Lanzó un profundo resoplido—. Aunque lo más probable es que cuando todo esto acabe, mi conciencia se amodorre y el año que viene acepte de nuevo el puesto…

Era aún noche cerrada cuando Nené Dupré puso el rotor en marcha, se cercioró de que la carga se encontraba perfectamente estibada, apuró hasta el fondo una taza de café muy caliente y muy cargado, y ajustándose el cinturón de seguridad se dispuso a despegar.

No necesitaba luz a la hora de seguir el rumbo en unas extensas llanuras saharianas en las que sabía que no iba a encontrar inesperados accidentes de terreno,

y uno de sus más preciados placeres era el de descubrir desde el aire cómo hacía su aparición el sol sobre la línea del horizonte para ir a iluminar unos paisajes que, pese a los muchos años que llevaba contemplándo, siempre tenían la virtud de fascinarle.

Amaneceres y atardeceres africanos admirados desde el privilegiado balcón de la cabina de un helicóptero que ascendía, descendía o giraba a su antojo, constituían un impagable sobresueldo a su contrato,

y quizá la principal razón por la que cada año aguardaba con impaciencia el momento de que se iniciara el rally era por volver a disfrutar de aquellos mágicos vuelos sobre las dunas, las sabanas y las selvas.

Nené Dupré, hijo y nieto de colonos que se vieron obligados a regresar a la metrópoli cuando se perdió por completo el vasto imperio francés, continuaba llevando en la sangre el amor por el continente negro que le había inculcado su familia,

y por lo tanto el mes que solía dedicar a la carrera no constituía solamente un trabajo, sino también una forma de volver a estar en contacto con un mundo al que amaba.

Pilotar un helicóptero solía ser una actividad muy gratificante, pero pilotarlo en las soledades africanas era casi tanto como sentirse un águila todopoderosa y libre.

Ganó altura, estableció la ruta exacta, comprobó que al ascender comenzaba a vislumbrarse ya una leve claridad por levante, y trazó un amplio giro para enfilar directamente hacia el lejano pozo Ajamuk.

Gacel Sayah le aguardaba sentado a la puerta de su vivienda, y no hizo el menor gesto hasta que se detuvo ante él para saludar.