Los ojos del tuareg (Tuareg 2) 1
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Los ojos del tuareg (Tuareg 2)

Los ojos del tuareg (Tuareg 2)

Por Alberto Vazquez-Figueroa

© inepub.com

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El día en que el inmouchar Gacel Sayah murió acribillado por la guardia personal del presidente Abdul-el-Kebir, pasó a la historia por el triste hecho de haber sido el culpable de que la democracia no consiguiera asentarse definitivamente en su país,

pero pasó también a la leyenda de la nación del Kel-Talgimus —«El Pueblo de Velo»— ya que había demostrado de forma indiscutible, que un imohag —como solían llamarse a sí mismos los tuaregs— solo y sin más armas que su astucia, su valor, y su casi sobrehumana capacidad de resistencia,

era capaz de derrotar al mejor armado de los ejércitos gracias a su extraordinario conocimiento del desierto en que había nacido y en el que había transcurrido la mayor parte de su vida.

En las frías noches en las que los beduinos se reunían en torno al fuego con el fin de tomar el té y contar historias sobre los hermosos tiempos ya pasados,

con frecuencia se evocaba la extraña y casi mítica aventura de aquel bravo guerrero que había sabido defender los más firmes valores de las antiguas tradiciones de los habitantes del corazón del Sahara,

y se especulaba sobre la razón que hizo posible que un terrible e inexplicable error le hubiera llevado a matar, de forma totalmente involuntaria, al hombre por el que había arriesgado tantas veces su vida, y que había acabado por convertirse en su mejor amigo.

—Insh’ Aláh —solían decir.

Pero para la inmensa mayoría de quienes se referían a ello, no se había tratado de la voluntad de Alá, sino de un absurdo capricho del destino, o de una cruel jugarreta de los traviesos demonios de las arenas,

que probablemente se sintieron celosos al descubrir que un simple mortal era capaz de arrebatarles el protagonismo de las mil historias que siempre se habían contado a la luz de las hogueras.

Las hazañas de Gacel Sayah habían trascendido las fronteras, habían hecho correr ríos de tinta, e incluso habían inspirado un libro, pero seguía siendo en las largas tertulias de las transparentes noches saharianas, donde su memoria permanecía viva y eternamente vigente.

Pero el día en que al fin el valeroso inmouchar resultó abatido por fuerzas cien veces superiores, la opinión pública se había dividido en dos facciones: la de quienes le odiaban por haber disparado contra el único hombre que podría haber traído la paz y la libertad al país que les vio nacer,

y la de quienes le admiraban como a un auténtico héroe al que tan sólo consiguieron derrotar, por equivocación, cuando se encontraba en una ciudad extraña en la que aún no había aprendido a desenvolverse.

La dictadura más corrupta y tiránica, aquella contra la que Gacel Sayah tan eficazmente luchara, volvió a instalarse casi de inmediato en el palacio presidencial,

y los ofendidos generales que tantísimas humillaciones habían sufrido por parte de «aquel sucio y escurridizo salvaje» decretaron que todo cuanto estuviese ligado a su nombre y su persona fuera borrado de la faz de la tierra.

A consecuencia de ello, su esposa, sus hijos y sus siervos se vieron obligados a emprender un interminable y amargo éxodo a través de las dunas y las llanuras pedregosas, unas veces acogidos como amados hermanos de sangre de los imohag, y las más,

rechazados como si de auténticos apestados se tratase.

Fueron años difíciles que endurecieron el carácter de la antaño dulce Laila, pero que al propio tiempo forjaron a fuego la personalidad de sus tres hijos, Gacel, Ajamuk y Suleiman, e incluso la de la pequeña Aisha,

que vio transcurrir la mayor parte de su infancia desde lo alto de la joroba de un dromedario.

Los tuaregs habían sido siempre, y por gloriosa tradición, un pueblo eminentemente nómada, pero en cuanto se refería a la familia del difunto Gacel Sayah, su amado nomadismo pasó a convertirse en una maldición,

puesto que no parecía existir forma humana de que permaneciesen más de tres meses en un lugar sin que cualquiera de sus innumerables enemigos se percatase de su presencia.

Consiguieron vivir en paz durante casi dos años por el simple procedimiento de abandonar su hábitat natural estableciéndose en los arrabales de una populosa ciudad en la que la masificación les permitió pasar desapercibidos, pero al cabo de ese tiempo comprendieron que,

ni el lugar era todo lo seguro que cabía esperar, ni aquel tipo de vida merecía la pena ser vivido.

—Más vale que nos maten en el desierto, respirando aire puro… —sentenció al fin Laila—. No soporto continuar en este basurero que hiede a cloaca.

Sus hijos compartieron de inmediato su opinión, por lo que muy pronto reanudaron el triste peregrinar sin rumbo fijo, hasta que al fin llegaron a la conclusión de que su único refugio se encontraba en el más lejano y perdido confín del Teneré —«La Nada» en su dialecto— allí donde ni tan siquiera

los propios tuaregs habían osado internarse.

—Buscaremos un lugar solitario y seguro en el que ocultarnos unos cuantos años a la espera de que cambie el gobierno o que el recuerdo de cuanto ha ocurrido se diluya.

Los viejos patriarcas del Kel-Talgimus aplaudieron su idea conscientes de que ningún miembro del «Pueblo del Velo» viviría en paz mientras la sombra de los Sayah rondara por los alrededores, por lo que les proporcionaron una veintena de sus más resistentes camellos y dos docenas de ovejas y cabras,

así como varios pequeños sacos de sus mejores semillas.

De ese modo, los cinco miembros de la familia y un puñado de fieles siervos emprendieron a comienzos del invierno una sigilosa marcha hacia el sur, en busca de una tierra prometida que podía encontrarse en cualquier lugar del más gigantesco y desolado de los desiertos.

Durante cinco meses vagabundearon de un lado a otro, recorriendo cientos de kilómetros, lejos siempre de toda ruta conocida, evitando en lo posible los pueblos y los oasis,

y deteniéndose únicamente en aquellos lugares en los que crecían algunos rastros de vegetación con los que alimentar a su cada vez más exhausto ganado.

Por fin, una bochornosa mañana de comienzos de verano se adentraron en un perdido macizo montañoso de oscuras rocas, desde el que se distinguía un gigantesco anfiteatro abierto hacia las llanuras del sur.

Lo estudiaron largamente con los ojos de la experiencia que tan sólo podía proporcionar toda una vida transcurrida en el desierto, y al fin coincidieron en la opinión de que resultaba factible que en el cauce de una vieja sekia que descendía de las montañas,

y que al parecer se había secado miles de años atrás pero en la que aún sobrevivían tres polvorientas palmeras, existiera la remota esperanza de una perdida veta de agua.

—Tendrá que ser un pozo muy profundo… —hizo notar Laila.

—Llegaremos hasta donde sea necesario —respondió calmosamente Suleiman que se estaba convirtiendo en un mozarrón de anchas espaldas—. Resultará muy duro, pero si encontramos agua éste parece un lugar perfecto.

Cuenta una vieja tradición que «las palmeras suelen tener la cabeza en el fuego y los pies en el agua», por lo que consideraron que la forma más lógica de llegar hasta ese agua era seguir la ruta que les indicasen las raíces de la mayor de las palmeras.

Fue así como al amanecer del día siguiente comenzaron la tarea de abrirse paso hacia el corazón mismo de la tierra, conscientes de que si no encontraban pronto la ansiada veta su destino sería algo más que incierto, puesto que el pozo más cercano se encontraba a cuatro días de marcha.

Sin embargo, mediada la mañana y en cuanto el inclemente sol se alzó en el horizonte y el calor se volvió asfixiante, se vieron obligados a hacer un alto a la espera de la llegada de las sombras, por lo que muy pronto comprendieron que con tan reducido horario no progresarían lo suficiente,

y se hacía necesario trabajar por turnos durante las frías noches.

La boca del pozo tenía poco más de tres metros de diámetro, pero al cabo de dos semanas de cavar sin descanso tan sólo un hombre podía moverse con cierta comodidad en el fondo,

sudando a chorros mientras llenaba de arena y piedras grandes cestos que más tarde se extraían a pulso para evitar que rozaran las paredes y provocaran un brusco derrumbe.

El terreno estaba demasiado seco a causa de los cientos de años en los que no había caído sobre él ni la más diminuta gota de lluvia, y debido a ello la arena se deslizaba de tanto en tanto en incontenibles cascadas,

lo que los obligaba a transportar desde las cercanas montañas gran cantidad de negras lajas de lisa roca que iban superponiendo con infinita paciencia a todo lo largo de las paredes.

Sin herramientas apropiadas, cemento, o argamasa, el trabajo se convertía en un esfuerzo de auténticos titanes en el que apenas conseguían profundizar medio metro al día,

hasta el extremo de que al fin el mayor de los hermanos se vio obligado a admitir que no existía la más remota posibilidad de alcanzar su objetivo —si es que existía— antes de que la sed los fuese aniquilando uno por uno.

—Aún no hemos encontrado ni trazos de humedad, y lo mejor que podemos hacer es ir a buscar agua —dijo—.

Dos de nosotros deberán viajar hasta el pozo de Sidi-Kaufa para regresar con toda la que puedan contener las girbas, puesto que de otro modo corremos el riesgo de no conseguir salir de aquí con vida.

—¿Y el ganado? —quiso saber su madre.

—Lo llevaremos a las montañas para que laman el rocío que se deposita sobre las rocas al amanecer —replicó un no demasiado convencido Gacel—. Con un poco de suerte, los camellos y las cabras resistirán.

—¿Y las ovejas?

—Supongo que perderemos a la mayoría, pero eso es algo que tan sólo depende de la voluntad de Alá y de lo que se tarde en regresar del pozo.

—¿Quién quieres que vaya?

—Los dos mejores jinetes con los seis mejores camellos puesto que no podrán descansar ni un solo instante.

Para nadie de la familia era un secreto que el mejor jinete siempre había sido —casi desde que aprendió a mantenerse sobre una silla— el segundo de los hermanos, Ajamuk, y para nadie era un secreto tampoco,