CAPÍTULO 29. EL HOMBRE QUE VOLVIÓ DEL OESTE
Jian fue trasladado a un centro de detención cuando recibió el alta. Antes pidió visitar Jiulongshan una última vez para señalar una ubicación relacionada con Peng Zhi. La fiscalía autorizó una diligencia estrictamente vigilada.
Los llevó al Dragón del Oeste.
Allí, detrás de la inscripción que había dejado para Lin, retiraron un panel y encontraron un compartimento con pasaportes, recibos y una memoria.
Los documentos demostraban que Peng seguía vivo y había continuado colaborando con compradores extranjeros durante años. Se emitió una orden internacional.
—¿Por qué no entregaste esto antes? —preguntó Shen.
Jian miró a Lin.
—Porque necesitaba asegurarme de que Ma no controlaba la investigación.
—Y decidiste controlarla tú.
—Sí.
Shen negó con la cabeza.
—Tiene un talento extraordinario para confundir desconfianza con inteligencia.
—Quizá por eso me llevo bien con mi hermana.
Lin le lanzó una mirada.
—No te acostumbres a estar vivo.
Jian sonrió.
Caminaron hasta la salida. En la ladera, los nueve dragones podían verse parcialmente entre árboles. Jian se detuvo.
—Ma decía que el nueve era perfecto porque obligaba a pensar que había un centro. Ocho alrededor y uno que manda. Pero nunca supo cuál debía ser el centro.
—Él mismo —dijo Shen.
—Siempre.
—¿Y Duan?
—Duan entendió que no hacía falta ocupar el centro. Bastaba con convencer a todos de que dependían de él.
Lin observó las esculturas.
—¿Y mamá?
Jian tardó.
—Mamá creía que podía moverse entre ellos sin convertirse en uno de ellos.
—¿Lo consiguió?
—A veces.
Era la respuesta más justa.
Antes de que se lo llevaran, Jian abrazó a Lin. Shen se apartó unos metros.
—Cuando salga —dijo Jian—, si salgo…
—No hagas planes a veinte años.
—Pensaba decir que te invitaría a cenar.
—Eso sí puedes.
—¿Él vendrá?
Lin miró a Shen.
—Si se porta bien.
—Entonces quizá no.
Los agentes condujeron a Jian al vehículo.
Shen se acercó.
—¿Está bien?
—No. Pero empiezo a pensar que estar bien está sobrevalorado.
—Eso puedo incluirlo en mi informe.
—No se atreva.
Descendieron juntos por el sendero.
A mitad de camino, Lin le tomó la mano.
No había nadie a quien convencer de que aquello no significaba nada.
El compartimento de Oeste contenía también una grabación de Jian destinada a Lin.
La había hecho un mes antes de regresar.
En ella no pedía perdón. Explicaba que había elegido volver porque comprendió que morir anónimamente no protegería a nadie y que dejar a otros decidir la historia era otra forma de cobardía.
Lin escuchó la grabación después de verlo marcharse esposado.
Le molestó que sonara sensato. Habría preferido seguir enfadada sin matices.
Shen le dijo que el afecto no era una sentencia absolutoria.
Lin respondió que él parecía repetir esa idea porque también la necesitaba para sí mismo.
Shen aceptó. Había fallado como marido, como padre en ciertos años y como policía en casos antiguos.
Eso no lo convertía en una sola cosa. La comprensión que Lin estaba aplicando a su familia empezaba a aplicarla a él.
Cuando tomaron de la mano en el sendero, ninguno hizo comentario. Los dragones quedaban detrás como un paisaje que ya no necesitaban interpretar.
La diligencia final con Jian mostró cuánto había envejecido el parque y cuánto había envejecido él.
Al pasar por una sala, recordó haber llevado allí a Lin cuando ella era universitaria.
Ella también lo recordó. Durante unos segundos fueron otra vez hermanos antes de convertirse de nuevo en testigo y acusado.
Jian entregó voluntariamente una lista de cuentas que había mantenido como seguro personal.
Esa decisión le quitaba la última capacidad de chantaje.
Shen le preguntó si estaba seguro. «Si me la quedo, sigo siendo Ma aunque diga que es para protegerme».
Fue quizás el acto más cercano a una ruptura real con el pasado.
Lin no le prometió esperarlo. Prometió visitarlo mientras ambos quisieran. Las promesas concretas empezaban a sustituir las absolutas en toda su vida.
La orden internacional contra Peng se apoyó en documentos que Jian había conservado. Eso dio al hermano una satisfacción que Lin trató de moderar. «Ayudar ahora no borra lo de antes». Jian dijo que lo sabía. «Déjame disfrutar cinco minutos». Ella se los concedió.
En el sendero de Oeste, Jian señaló una zona donde había dormido una noche de 2011 mientras huía.
Estuvo a menos de diez kilómetros de casa y pensó en volver.
No lo hizo porque vio un coche de Ma cerca del barrio.
Lin no sabía si creer que esa fue la única razón.
Decidió que no necesitaba resolver cada versión de inmediato.
El abrazo antes de su traslado fue incómodo por las esposas. Jian bromeó con que arruinaban la escena. Lin respondió que eran parte de la escena. Lin no suavizó las esposas con una broma ni Jian pidió que lo hiciera. Se separaron sabiendo que el afecto podía sobrevivir sin absolución.
Jian condujo al equipo hasta una cavidad donde había escondido copias de documentos dentro de un tubo de PVC.
El escondite estaba vacío. Alguien había llegado antes.
Por primera vez desde su detención, Jian perdió la compostura.
Golpeó la pared con la mano esposada y acusó a la policía de haber filtrado la diligencia.
Shen dejó que terminara y luego le mostró una fotografía: el tubo había sido recuperado semanas atrás por un equipo distinto siguiendo notas de Shuqin.
Querían comprobar si Jian decía la verdad sobre la ubicación.
Jian se echó a reír, primero con rabia y luego con algo parecido a alivio. 'Mamá otra vez'. Lin respondió que su madre llevaba muerta años y aun así seguía ganándoles discusiones. Fue una broma pequeña, pero fue la primera que compartieron sobre Shuqin sin dolor inmediato.
Antes de subir al vehículo, Jian pidió a Shen cinco minutos con su hermana sin grabación.
Shen se negó a apagar cámaras, pero se alejó lo suficiente para darles intimidad.
Jian dijo que no esperaba perdón. Lin contestó que llevaba años creyendo que el perdón era una puerta: abierta o cerrada.
Ahora le parecía más parecido a un pasillo largo con muchas habitaciones.
'No sé si llegaré al final'. Jian asintió. 'Con que no lo tapies me basta'.