Los nueve dragones CAPÍTULO 11. OESTE
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CAPÍTULO 11. OESTE

El Dragón del Oeste estaba cerrado desde mucho antes de que el parque se abandonara.

En los documentos de obra figuraba como zona incompleta por problemas de cimentación.

Lin sabía que era una verdad a medias. Había problemas, sí, pero no suficientes para clausurar toda la estructura.

La entrada principal estaba sellada con bloques de hormigón.

Utilizaron una abertura técnica en la cola, después de que un equipo de ingeniería comprobara la estabilidad.

Dentro, el aire era seco. A diferencia de Agua o Madera, casi no había vegetación.

Las salas habían quedado a medio terminar: armazones metálicos, paneles sin pintar, conductos expuestos.

En una de ellas, una pared representaba un sol poniente sobre montañas estilizadas.

Lin recordó a su hermano llevándola allí un domingo, cuando todavía creían que el parque abriría.

Jian había bromeado con que el dragón miraba hacia donde desaparecían las cosas.

Han Bo había indicado un punto bajo la tercera sala.

Encontraron una trampilla cubierta por mortero.

Debajo había una escalera vertical y, al final, un espacio de apenas dos metros de altura con varias cajas plásticas.

Ninguna contenía antigüedades. Había ropa, medicamentos vencidos, latas, documentos falsos y fotografías tipo carné de Ma Rong y Lin Jian bajo identidades distintas.

Lin tomó aire como si le hubieran golpeado.

La fotografía de Jian estaba fechada en 2013.

Tres años después de su desaparición.

Shen pidió a los técnicos que fotografiaran todo. Encontraron sellos de inmigración falsificados, mapas de carreteras y una libreta con números de teléfonos. Uno todavía estaba activo. Pertenecía a una empresa de importación en Xiamen.

La policía de Fujian localizó al titular en menos de una hora: Zhao Wen, sesenta y tres años, consultor logístico. La fotografía de su licencia no era la de Ma Rong.

Era Lin Jian envejecido.

Lin se sentó en el suelo de la sala. Shen se agachó frente a ella.

—Está vivo.

—O lo estaba cuando hicieron esa foto.

—La licencia fue renovada el año pasado.

Ella cerró los ojos. Shen quería tocarla, pero había media docena de agentes alrededor. Se limitó a acercarse.

—Vamos a encontrarlo.

—¿Como hermano o como sospechoso?

Shen no respondió enseguida.

—Como ambas cosas.

La búsqueda de Zhao Wen activó una alerta: había tomado un vuelo de Xiamen a Hangzhou cuatro días antes. Una cámara del aeropuerto lo mostraba saliendo con una mochila pequeña. Después utilizó un coche alquilado. El vehículo apareció abandonado esa misma tarde a treinta kilómetros de Jiulongshan.

Jian había regresado.

Y su regreso coincidía con el secuestro de Luo Qiming, la aparición del cadáver de Xu y el incendio en Tierra.

Shen ordenó ampliar la búsqueda.

En el Dragón del Oeste, un técnico llamó desde el fondo de la cámara. Había encontrado una inscripción en la parte posterior de un panel. No era antigua. Estaba escrita con rotulador negro.

Yulan:

Si estás leyendo esto, mamá falló y yo también.

No busques al dragón que falta. Busca al hombre que nunca desapareció.

J.

Lin tocó las letras sin llegar a rozarlas.

—Él estuvo aquí.

Shen miró la tinta. Los técnicos estimarían después que no tenía más de un mes.

—Sí.

—Entonces sabía que yo vendría.

—O esperaba que Luo la trajera.

Lin leyó otra vez la última frase.

—El hombre que nunca desapareció.

Shen pensó en los nueve nombres y en las versiones contradictorias. Si Ma Rong había fingido su desaparición, él encajaba. Pero la frase parecía demasiado obvia.

—Puede referirse a Qiao.

—Qiao nunca desapareció.

—Exacto.

Un agente entró corriendo. Habían localizado el teléfono de Lin Jian. Una antena acababa de registrarlo.

No estaba en Jiulongshan.

Estaba a menos de quinientos metros de la residencia de Qiao Mingde.

La identidad de Zhao Wen abrió una segunda vida entera.

Registros fiscales mostraban que Jian había trabajado en almacenes, empresas de transporte y pequeños negocios de importación sin permanecer más de dos años en ninguno.

No había formado una familia, al menos no oficialmente.

Cada cierto tiempo enviaba cantidades pequeñas a asociaciones de ayuda legal y a una cuenta que Tang Suyin había usado para asistir a familiares de desaparecidos.

Lin revisó esas transferencias con sentimientos contradictorios.

Jian había intentado compensar algo, pero siempre desde lejos, siempre sin darle a ella la oportunidad de decidir si quería formar parte de su expiación.

En Oeste encontraron además un mapa con puntos marcados en Xiamen, Fuzhou, Shenzhen y Hong Kong.

Varios coincidían con antiguas empresas de Peng Zhi.

Shen empezó a sospechar que Jian había pasado años siguiendo las rutas de la red desde la periferia, demasiado culpable para volver y demasiado implicado para abandonarla.

Esa posición lo convertía en testigo valioso y sospechoso difícil.

Lin pidió quedarse unos minutos sola en la sala donde estaba la inscripción.

Shen accedió, pero esperó a pocos metros.

Ella apoyó la espalda contra el muro y recordó el olor del abrigo de su hermano, las discusiones por el baño, las monedas que él le dejaba para el autobús.

Nada de aquello encajaba con pasaportes falsos y armas.

Sin embargo, comprendió que el problema no era que hubiera dos Jian.

Había uno solo, y ella solo había conocido una parte.

Al salir, Shen le dio una botella de agua. «No me pregunte si estoy bien», dijo Lin. «No iba a hacerlo». «¿Qué iba a preguntar?». «Si quiere que conduzca yo». Ella aceptó. Fue una de las primeras veces que alguien le ofrecía ayuda sin obligarla a nombrar el dolor.

La noticia de que Jian había vivido como Zhao Wen no se comunicó de inmediato a la madre de ninguna de las víctimas.

Shen temía una filtración y, sobre todo, que Jian huyera si sabía que lo habían identificado.

Ordenó reconstruir sus últimos meses. Había alquilado un pequeño apartamento en Xiamen, pagado siempre en efectivo y asistido a clases nocturnas de reparación electrónica.

El propietario lo describió como educado, solitario y obsesionado con revisar quién había estacionado en la calle.

En la cocina encontraron, mediante registro coordinado, una fotografía de Lin recortada de una revista profesional.

Jian había seguido su carrera desde lejos.

Lin recibió esa información con una mezcla de ternura y furia.

«Podía leer entrevistas sobre mí pero no escribir una línea».

Shen no defendió a Jian. Le recordó que las razones de una persona no anulaban el daño de sus decisiones.

Esa frase empezó a convertirse en un principio de toda la investigación.

En Oeste hallaron una segunda inscripción, oculta bajo una barandilla: “Duan tiene los nombres nuevos”.

La tinta era más antigua que el mensaje dirigido a Lin.

Jian llevaba tiempo señalando a la abogada.

Shen pidió revisar su trayectoria desde 2010 y encontró que su consultora había crecido después de varios contratos con empresas vinculadas a antiguos compradores de antigüedades.

La localización del teléfono cerca de Qiao desencadenó una operación urgente.

Durante el trayecto, Lin miró las luces de Dongyang y recordó que Jian le había prometido llevarla a Hangzhou cuando terminara la universidad.

Nunca lo hizo. «Si está vivo, voy a odiarlo durante mucho tiempo», dijo.

«Eso es compatible con querer encontrarlo», respondió Shen.

El apartamento de Jian en Xiamen fue registrado con autorización.

Había pocos objetos personales, pero una pared estaba cubierta de rutas y fechas.

En lugar de fotografías familiares, conservaba impresiones de movimientos empresariales.

Sin embargo, dentro de un cajón había entradas antiguas para un concierto que Lin había querido ver cuando estudiaba.

Jian las había comprado y nunca se las dio.

Lin sostuvo los dos papeles durante mucho tiempo.

La vida compartida que no ocurrió podía doler tanto como la vida perdida.

Los análisis del mensaje en Oeste mostraron polvo reciente en la superficie. Jian lo había escrito menos de seis semanas antes. Una cámara de carretera captó a un hombre compatible comprando pintura y herramientas. Había regresado a Zhejiang antes del hallazgo de Xu. Eso confirmaba planificación.

Shen empezó a considerar que Jian era la fuente de Luo y autor de parte del montaje.

El periodista necesitaba una prueba escandalosa para forzar intervención provincial.

Un cadáver antiguo con un móvil reciente conseguía exactamente eso.

La idea enfureció a Shen por la manipulación y, en secreto, le impresionó por su eficacia.

Lin preguntó qué ocurriría si encontraban a Jian. Shen enumeró delitos posibles. Ella respondió que no había preguntado como abogada. «Yo tampoco puedo contestar como otra cosa», dijo él. Era una frontera que ambos necesitaban.

El despacho de Cai Fen seguía existiendo detrás de dos paneles de yeso hinchados por la humedad.

Lin encontró primero la línea vertical de tornillos; Shen encontró después una mancha de tinta azul en el suelo.

Dentro había una mesa plegable, una calculadora sin pilas y tres cajones vacíos.

En el cuarto cajón, pegada con cinta bajo la madera, apareció una tira de papel térmico casi borrada.

El laboratorio portátil recuperó una secuencia de números.

No eran cantidades: coincidían con matrículas parciales de los camiones mencionados por Han.

Una de las matrículas perteneció a una empresa de mudanzas de Ningbo que había cerrado en 2014.

Otra correspondía a un vehículo usado años después por una sociedad vinculada a Yunhe.

Shen observó el salto temporal. El mismo vehículo, o su identidad administrativa, había sobrevivido a empresas, propietarios y provincias.

Lin dijo que aquello era exactamente lo que Ma hacía con las personas: cambiarles el contexto hasta que nadie recordaba de dónde venían.

Shen guardó el papel sin responder. La comparación era demasiado precisa.

Antes de abandonar Oeste, Lin pidió cinco minutos sola en la sala del sol poniente.

Shen se quedó al otro lado de la puerta.

Ella apoyó la frente contra la pared donde Jian había escrito su mensaje.

Recordó la última cena familiar antes de su desaparición: Jian quejándose del exceso de sal, su madre fingiendo enfado, ella pensando en un concurso de arquitectura que entonces le parecía decisivo.

Lo insoportable no era que el recuerdo fuese extraordinario, sino que fuese normal.

Cuando salió, Shen no dijo que lo sentía.

Le ofreció su termo. Lin bebió y se lo devolvió.

La intimidad nació de esa ausencia de frases correctas.