CAPÍTULO 3. NUEVE NOMBRES
Lin llegó con comida que nadie había pedido y una carpeta propia. Shen sospechó que era su forma de evitar que la expulsaran de la investigación. Ella colocó nueve hojas sobre la mesa.
—Luo Qiming contactó conmigo hace dos semanas.
Shen dejó los palillos.
—No me lo había dicho.
—No sabía que había desaparecido hasta hoy.
—Eso no responde.
—Me preguntó por mi hermano y por la distribución de los dragones. Le dije que no quería hablar.
—¿Por qué?
—Porque durante dieciséis años cada persona que ha venido con una teoría sobre Jiulongshan ha terminado queriendo convertir a Jian en parte de una leyenda. Un fantasma, un ladrón de tumbas, un miembro de una secta. Era mi hermano. No una historia para internet.
Shen entendió el enfado, aunque no justificaba el silencio. Lin abrió la carpeta. Había nombres anotados a mano. Nueve, exactamente.
Xu Ancheng. Ma Rong. Chen Peipei. Lin Jian. Wu Dehai. Peng Zhi. Tang Suyin. Han Bo. Zhou Lili.
—¿De dónde los ha sacado?
—De Luo. Me envió esta lista.
—¿Quiénes son los cuatro últimos?
—Un restaurador que trabajó para el proyecto, una camarera de un restaurante frecuentado por los directivos, un conductor de maquinaria y una estudiante de fotografía. Desaparecieron entre 2011 y 2014.
Shen observó las fechas. No formaban una secuencia limpia. Aquello le gustó. Los asesinos reales rara vez tenían la elegancia de los asesinos ficticios.
—¿Luo dijo qué los relacionaba?
—Una palabra: Jiulong.
Nueve dragones.
La tarde trajo una segunda noticia. El móvil de Luo contenía coordenadas GPS guardadas bajo nombres de los cinco elementos y los cuatro puntos cardinales.
La primera correspondía al Dragón de Metal.
Las ocho restantes se distribuían por el parque.
Shen consiguió autorización para registrar cada estructura, aunque el jefe local le advirtió que necesitarían equipos de seguridad y técnicos debido al deterioro.
Empezaron por Madera. A diferencia del de Metal, estaba invadido por raíces que habían penetrado a través de grietas y descendían por las paredes como venas.
Lin caminaba delante con casco y medidor láser.
Cada cincuenta metros comparaba dimensiones.
En una sala circular encontró la primera anomalía: un tabique desplazado noventa centímetros respecto al plano.
Shen pidió que lo inspeccionaran. Detrás no había cadáveres ni cámaras secretas, solo una cavidad técnica y una caja metálica oxidada.
Dentro encontraron nueve fichas de obra iguales a la hallada con Xu.
Faltaba una.
Las restantes estaban numeradas del dos al nueve.
—No son fichas normales —dijo Lin.
—Eso ya lo sabemos.
—No. Quiero decir que jamás las vi durante la construcción.
Shen tomó una fotografía. En el reverso de cada ficha había un carácter distinto. Metal, madera, agua, fuego, tierra, este, sur, oeste, norte. La número dos, correspondiente a Madera, llevaba además una mancha oscura que la policía científica identificaría después como sangre humana.
Entonces oyeron un ruido al otro lado del dragón.
No fue un crujido estructural. Fueron pasos.
Shen corrió. El corredor descendía por el interior del cuerpo, giraba y desembocaba en una escalera.
Vio una silueta desaparecer abajo. Gritó que se detuviera.
La persona aceleró. Shen bajó dos tramos, salió por una abertura lateral y se encontró en la ladera, entre bambúes mojados.
Una motocicleta arrancó a unos cincuenta metros.
Apenas alcanzó a ver al conductor: casco negro, chaqueta gris.
En el barro quedó una huella de neumático y algo más.
Una fotografía.
Lin la recogió con guantes. Mostraba a nueve personas delante del Dragón de Tierra durante la construcción. Ocho eran desconocidas para Shen.
La novena era Lin Jian.
En el reverso alguien había escrito una frase con tinta roja:
EL DRAGÓN NO GUARDA TESOROS. GUARDA DEUDAS.
Shen ordenó reconstruir la vida de cada uno de los nueve como si no existiera relación entre ellos.
El método produjo resultados menos espectaculares y más útiles.
Peng Zhi tenía problemas fiscales y una cuenta en Macao.
Wu Dehai había sido denunciado por violencia en un empleo anterior.
Han Bo debía dinero a prestamistas informales.
Zhou Lili había discutido con su familia antes de desaparecer.
Tang Suyin envió una postal a una amiga meses después de su supuesta desaparición.
La lista de Luo, por tanto, no era una lista de víctimas.
Era una lista de personas que habían abandonado de algún modo sus vidas anteriores.
Lin ayudó a localizar antiguos trabajadores.
Se reunieron con un electricista jubilado llamado Bao Ke, que recordó turnos nocturnos en los que se les ordenaba cortar alimentación a zonas enteras porque “llegaban materiales delicados”.
Pensaba que eran decorados. Una noche vio descargar cajas de una furgoneta sin logotipos.
Una se rompió y cayó al suelo una figura de bronce cubierta de tierra.
Xu Ancheng lo obligó a marcharse y al día siguiente Bao recibió un sobre con dinero equivalente a dos meses de salario.
No se consideró sobornado, explicó; se consideró afortunado.
Shen le preguntó si entendía ahora que aquel dinero compraba silencio.
Bao miró sus manos. «En ese tiempo todo el mundo compraba algo».
Otra testigo, una cocinera de la cantina, recordaba a Chen Peipei discutiendo con Peng Zhi sobre una traducción.
Chen decía que una pieza no podía ser una réplica porque la inscripción interior mostraba corrosión antigua.
Peng le ordenó limitarse a traducir. Días después Chen dejó de acudir.
La cocinera preguntó por ella y le dijeron que había conseguido una beca.
La historia se repitió tanto que terminó creyéndola.
Shen anotó quién había difundido la versión: un administrativo de la oficina legal.
Trabajaba entonces para Duan Meilin. El nombre apareció por primera vez, pequeño, casi irrelevante.
Aquella noche, en la oficina, Shen trazó una línea temporal y se quedó observándola hasta que Lin le quitó el rotulador.
«Si sigue mirando, no va a confesar». Él respondió que las líneas temporales acababan confesando si se las interrogaba suficiente.
Lin añadió junto a cada nombre una segunda columna: qué sabía, qué necesitaba y qué temía.
«Los edificios caen por cargas», dijo. «Las organizaciones también».
Shen observó la columna de miedo. Xu temía perder dinero.
Chen temía ser cómplice. Jian temía por su familia.
Shuqin, según todo indicaba, temía por sus hijos.
De pronto la investigación dejó de parecer una secuencia de hechos y empezó a parecer un sistema de presiones.
El equipo construyó nueve biografías en paralelo.
Era trabajo lento, casi administrativo, y por eso Shen confiaba en él.
Los patrones más útiles solían emerger de recibos, contratos y llamadas, no de símbolos dibujados con sangre.
Ma Rong había desaparecido oficialmente en agosto de 2008 después de una excursión en montaña, antes incluso de que algunos de los otros llegaran al proyecto.
Sin embargo, su número de identificación aparecía en una reserva de hotel de 2009 y en un pago de peaje de 2010.
Alguien había seguido usando sus datos o Ma nunca se fue.
Peng Zhi, el restaurador, tenía una trayectoria en talleres de reproducciones históricas para cine.
Sabía envejecer superficies, imitar pátinas y producir documentos de procedencia verosímiles.
Su combinación de habilidades lo convertía en pieza clave.
La policía local había tratado su desaparición de 2011 como una huida por deudas fiscales.
Shen descubrió que una semana después de desaparecer se abrió una cuenta a nombre de un ciudadano malasio con una fotografía muy parecida.
Tang Suyin ofrecía el misterio contrario: no tenía delitos, deudas ni razones evidentes para huir.
Trabajaba en un restaurante donde Qiao cenaba con socios.
Desapareció de un día para otro. Su hermana menor, según un antiguo registro familiar, era Chen Peipei.
El parentesco había quedado oscurecido porque ambas usaban apellidos diferentes tras separarse los padres.
Shen rodeó los nombres. Lin vio el gesto.
—Entonces Tang no era una camarera cualquiera.
—No después de que Chen desapareciera.
Zhou Lili estudiaba fotografía y había documentado arquitectura abandonada antes de que el término se volviera popular.
Sus últimas publicaciones mostraban partes de Jiulongshan cerradas al público.
En una imagen se veía una furgoneta de Haijin al fondo.
Luo quizá la había incluido porque sus fotos registraban actividades, no porque fuera víctima.
El noveno, Han Bo, era el menos comprensible.
Conductor de maquinaria, deudas, antecedentes menores, una hija pequeña en 2012.
Desapareció después de cobrar en efectivo.
No había cadáver, amenaza ni señal de conflicto.
Shen marcó “posible fuga voluntaria”. Lin observó que, si algunos estaban vivos, la cifra nueve era una trampa narrativa.
Luo había agrupado ausencias, no muertes.
Esa conclusión cambió el tono. Ya no buscaban un asesino ritual, sino una red en la que desaparecer podía ser castigo, protección, estrategia o negocio. La mitología seguía presente, pero como vocabulario de quienes administraban la red.
Por la noche, Lin llevó a Shen a un restaurante antiguo frecuentado por trabajadores del parque.
El dueño recordaba a Shuqin. Decía que se sentaba siempre en una mesa desde la que podía ver la puerta.
Después de la desaparición de Jian empezó a reunirse con una mujer mayor que él no conocía.
“Una mujer que cocinaba”, dijo. La descripción podía corresponder a Tang.
El dueño también recordaba a Duan Meilin: nunca comía, solo bebía té y llevaba carpetas negras.
Shen preguntó qué clase de personas eran. El dueño se encogió de hombros.
—Las mismas que ahora. Gente que quería dinero, gente que tenía miedo, gente que decía que solo estaba haciendo su trabajo.
Era una descripción demasiado amplia para ser útil y demasiado precisa para olvidarla.
Shen dividió una pared de la oficina en nueve columnas.
Prohibió que nadie dibujara dragones o símbolos.
Solo hechos: última fecha conocida, relaciones, dinero, vehículos, testigos, prueba física.
Quería impedir que el número nueve sedujera al equipo.
Al cabo de un día, las columnas demostraron lo contrario de una serie ritual.
Las desapariciones obedecían a causas distintas.
Eso hacía el caso más complejo y más real.
Tang Suyin era especialmente interesante.
Un antiguo compañero del restaurante recordó que después de desaparecer envió dinero a una cocinera enferma.
La transferencia procedía de Shaoxing. Un registro de vivienda mostró a una mujer con fecha de nacimiento distinta pero fotografía parecida.
Había usado el apellido de su abuela. No era una identidad falsa sofisticada, sino un cambio suficiente para salir de búsquedas superficiales.
Zhou Lili también dejó rastros. Una fotografía publicada anónimamente en un foro de arquitectura en 2014 parecía su estilo.
Mostraba el Dragón del Oeste desde un ángulo imposible para visitantes.
En el borde aparecía un hombre de espaldas.
Lin amplió la imagen. No podía identificarlo, pero la postura le recordó a Jian.
Shen guardó la observación como “reconocimiento familiar no concluyente”.
Lin protestó por la frialdad. «Así se escribe algo que podría ser verdad sin convertirlo en verdad». Ella aceptó a regañadientes.
Peng Zhi tenía vínculos con galerías de Hong Kong y Kuala Lumpur.
Un agente aduanero jubilado recordó haber sospechado de envíos de “réplicas para filmación” porque pesaban demasiado y sus seguros eran sorprendentemente altos.
Intentó inspeccionar uno, pero recibió una llamada superior que lo reasignó.
No conservaba documentos, solo memoria. Aun así, dio nombres de compañías.
Dos pertenecían después a clientes de Yunhe.
Han Bo había solicitado pasaporte meses antes de desaparecer.
Eso fortalecía la hipótesis de fuga. Su hija, ahora adulta, aceptó hablar por videollamada.
Creía que su padre había muerto. Recordaba que antes de irse le compró una bicicleta y le dijo que sería “para cuando aprendiera sin él”.
La frase sugería planificación. Cuando Shen le explicó que podía estar vivo, la mujer se quedó callada y después preguntó si debía desear encontrarlo.
Shen respondió que esa decisión no era policial.
Wu Dehai era el único con antecedentes violentos claros.
Había amenazado a compañeros y cobrado deudas.
Sin embargo, sus cuentas mostraban ingresos irregulares procedentes de Haijin.
Podía haber trabajado como intimidación.
Si terminó muerto, quizá fue porque quiso usar información contra sus empleadores.
Ma Rong era el hueco central. Desaparecido antes que todos, presente después en fotografías y registros.
Shen pidió comparar documentos de su supuesto accidente de montaña.
No hubo cuerpo, solo mochila encontrada junto a un barranco y testimonios vagos.
El expediente lo había gestionado Gao Sheng.
La desaparición original pudo ser una construcción policial.
Al final de la jornada, Lin miró la pared.
—Nueve personas, pero no nueve víctimas.
—Exacto.
—Entonces ¿por qué Luo las agrupó?
—Porque alguien quería que viera el grupo.
—Jian.
—Tal vez.
—O mi madre.
—Murió años antes de que Luo empezara.
—Pero pudo dejarlo preparado.
Shen señaló las columnas.
—No necesitamos decidir quién diseñó la historia todavía. Necesitamos saber qué conecta los nombres.
Lin tomó un rotulador y escribió debajo: “Todos sabían que alguien podía desaparecer”.
No era una conexión jurídica. Era cultural. En Jiulongshan, desaparecer se había convertido en una posibilidad del sistema. Algunos lo sufrían, otros lo elegían, otros lo fabricaban. Esa normalización era quizá el verdadero noveno dragón.