Los Nombres del Río Capítulo 21Inspección en la estación de bombeo
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Capítulo 21Inspección en la estación de bombeo

Inspección en la estación de bombeo

Raúl Mendizábal

Raúl extrajo la orden judicial de la funda impermeable con la misma calma con la que leía una escena: no había espectáculo posible ante la tinta y el sello del Juzgado.

Era esa misma mañana, tras salir del juzgado, y había venido directamente hasta la estación de bombeo.

La lluvia raspaba la chapa del coche. El rectángulo de hormigón y tuberías emergía entre vapor y lodo, su pintura desgastada por el agua.

El olor a aceite y metal viejo golpeó en cuanto abrió la puerta del recinto; la niebla empapaba las juncias, el agua corría con brusquedad por el canal y una lona azul servía de toldo a la caseta técnica.

Delante, el responsable de la caseta cruzó los brazos. Tenía manos curtidas, la voz rasposa y la mirada de quien ha visto muchas inspecciones. A su lado, dos operarios no apartaban la vista de las puertas metálicas.

—Orden judicial —dijo Raúl sin alzar la voz. Abrió el sobre y dejó el papel a la vista del responsable. —Acceso total a instalaciones, extracción y copia de registros físicos y electrónicos, custodia judicial. Fecha, firma y sello. Le ruego que colabore.

El hombre miró el sello, luego la lluvia, luego a los operarios.

—Si se abre algo, perdemos producción —respondió, contenida la protesta en frases medrosas. —Aquí hay proveedores, piezas, controles… No sé si conviene tocar.

Raúl cerró los dedos en torno a la orden y apartó la capucha del impermeable. No pidió permiso; dictó procedimiento.

—No se toca nada hasta que perito y fedatario estén presentes —ordenó—. —Ustedes permanecen aquí. —Tome nota, señor Miguel —indicó a la teniente—: fotografías generales y macros; sellado de todo lo que se mueva; firma de testigos. —Nadie sale con llave sin acta. ¿Lo entiende?

La teniente asintió y sacó la tablet. El responsable suspiró, consultó las formas que llevaba en el pecho y, con las manos algo temblorosas, dejó la llave sobre la mesa de la caseta.

Raúl pidió que la fotografiaran con la cámara de la brigada antes de volverla a colocar; la imagen recibió número de fotograma en la tablet, con hora y coordenada.

Abrieron la puerta del almacén. La primera visibilidad mostró lo que la lluvia había hecho menos evidente: una de las tiras de precinto que cerraba la pequeña caja fuerte del taller estaba rota por la mitad; la chapa de la cerradura lucía marcas recientes, arañazos y una muesca nueva. Raúl se colocó los guantes.

—Fotografiar general —murmuró—. —Macro de cierre, macro de muesca, plano de conjunto. —Un testigo en la toma: la teniente y usted. —Luego bolsa numerada para el original si procede.

El operario respiró con fuerza.

—No la abrimos, inspector —dijo—. —No fui yo.

Raúl no buscó condenas en las palabras; buscó trazas.

Sacó la libreta, anotó «Caja fuerte taller — precinto roto — fotogramas asignados» y marcó la hora.

Pidió a la teniente que generara un hash provisional de las imágenes y que las depositara inmediatamente en la carpeta electrónica sellada de la brigada.

Una vez hechas las tomas, colocó una tira numerada nueva sobre la compuerta del armario, la selló con su sello personal y la firmó en el cuaderno de custodia; la teniente estampó su rúbrica.

Ordenó entonces la confección de la bolsa de evidencias: escribió el número —«Bolsa 079»—, la etiqueta, la descripción inicial —«Caja fuerte taller — precinto roto — material posible manipulado»— y solicitó que el responsable municipal de la caseta y el operario firmaran como entregantes y testigos.

El responsable puso la firma con dedos que dejaban huellas visibles en el papel húmedo; la teniente selló el sobre, lo fotografió y lo incorporó a la hoja de cadena de custodia.

Mientras rubricaban, Raúl cruzó la sala con pasos medidos hasta la pasarela metálica que daba al módulo de bombas.

La luz de una linterna rasgó el brillo del metal húmedo y reveló huellas claras en el plano: una hilera de marcas de suela, profundas por el barro adherido, con un dibujo repetido de tres nervios paralelos en el centro del taco.

Las huellas avanzaban hacia el arco de tuberías y se perdían bajo el protector del conducto.

Olían a barro fresco y a metal. Raúl se agachó sin tocar y puso una ficha métrica junto al taco.

Indicó a la teniente que fotografiara desde varios ángulos, con y sin escala, con luz rasante para captar relieve.

Apuntó en la libreta: «Pasarela metálica — huellas reciente — patrón tres nervios — fotogramas 084–089 — molde yeso pendiente». Miró a los operarios.

—¿Quién estuvo de guardia de noche? —preguntó.

El responsable dudó, luego dijo nombres sueltos y horas que no cuadraban; Raúl apuntó los turnos manifestados.

Ordenó tomar improntas: «Moldear yeso de dos huellas representativas, uno frontal y otro lateral; tomar muestra de barro en envase estéril; precintar con bolsa 079‑A».

Indicó que el perito en huellas y el perito sedimentológico debían acudir en prioridad.

Llamó por teléfono al laboratorio y dejó la petición por mensaje cifrado: I.

Gómez, perito informático, y el perito forense de rastros, con copia al fiscal; consignó el pedido en la hoja de servicio.

Antes de elevar la voz, reparó en una bisagra donde se entreveía, pegado a la soldadura, un hilo fino de adhesivo oscuro.

No tocó con la mano desnuda; pidió la caja de instrumental de evidencias.

Con una pinza estéril, conservando los guantes puestos, extrajo con cuidado el hilo adhesivo, lo depositó sobre papel neutro y ordenó las macros correspondientes.

Fotografió la pieza en la mesa con la misma secuencia: general, detalle, con escala; la teniente rubricó cada toma y, tras la foto, introdujeron el fragmento en una bolsita numerada aparte. Todo quedó registrado en acta.

El responsable reclamó en voz baja:

—Si alguien se queda sin producción por esto, ¿quién responde?

Raúl no respondió con promesas. Pidió que se documentara cualquier movimiento de personal mientras esperaban al perito: «Lista de presencias desde las 00:00, firma, hora de entrada y salida, llave entregada en acta.

Cualquier acceso tras mi salida debe notificarse por escrito».

La teniente pasó la orden por la radio interna y la voz por el canal sonó seca.

Raúl selló otra copia de la orden judicial y la depositó en la carpeta que iría al fiscal, guardando la original en la funda.

La tensión se volvió visible en la mandíbula del responsable.

El frío les penetraba a todos. Raúl colocó la palma de la mano sobre el barandal de la pasarela, sin apoyar todo el peso, y miró las huellas; calculó mentalmente el tiempo mínimo para la llegada de Gómez, la posibilidad de que alguien intentara limpiar el metal.

—Nada se mueve —dijo en voz que no necesitó alzar. —Molde, fotos, cierre pericial. —Si alguien abre otra puerta o manipula una llave, lo hacemos constar. —Y lo llevamos al fiscal.

Apuntó una última instrucción en la libreta: «Custodia: Bolsa 079 — caja forzada; Bolsa 079‑A — molde huella; Bolsa 079‑B — residuo adhesivo; fotos 080–089 — hash provisional; perito I. Gómez citado; fedatario designado».

La teniente colocó la cinta numerada sobre el marco del taller y estampó la firma; el responsable dejó su rúbrica entre la lluvia.

Raúl cerró la libreta, guardó la orden judicial en la funda y selló el último sobre con la etiqueta numerada para el fiscal.

Frente a la pasarela, las huellas quedaron expuestas como una pregunta en el barro.

Se giró una vez más, miró a los operarios, mostró la foto de la caja forzada en la pantalla y puso el dedo sobre la línea de su libreta donde escribió: «No tocar.

Perito en sitio. Protección de la prueba.

» Luego dio la instrucción final para el operativo: cobertura exterior hasta llegada del perito y bloqueo de salida de personal.

La lluvia caía con una constancia que no admitía matices.

Raúl salió de la caseta con la carpeta bajo el brazo.

Apenas dejó el coche, la carpeta quedó bajo su brazo mientras empujaba la puerta de la caseta y el olor a aceite viejo le golpeó la nariz.

Poco después llegó I. Gómez, el perito informático, y entró con la linterna, ajustando el trípode en el umbral; la lluvia seguía golpeando la chapa.

En el interior, la luz del perito trazaba placas sobre el metal húmedo.

Además de él, había acudido el perito de materiales para supervisar las extracciones metalográficas; Gómez se encargaría de las imágenes y las réplicas digitales.

Precisó que su equipo numeraba las tomas con una serie propia, de modo que las referencias de fotogramas diferirían de las usadas en las tomas municipales.

La teniente sostuvo la tablet abierta; el responsable del taller, Miguel, había dejado las llaves sobre la mesa, con las manos marcadas de grasa. Nadie habló mucho: la orden judicial estaba sobre la mesa, doblada, y el procedimiento se extendía como un mapa de tareas.

—Fotografiad todo antes de moverlo —dijo Raúl—. Que conste la hora y los testigos. Perito, usted manda en las mediciones; yo firmo la cadena de custodia.

El perito asintió, colocó el trípode y empezó la secuencia: general, detalle, macro con escala.

Raúl miró las tuberías que serpenteaban hacia las bombas y buscó en las bitácoras, abiertas en una mesa lateral: entradas mecanografiadas, firmas en tinta azul, tachaduras y, en el margen, una nota de manos firmes: "Mantenimiento rutinario 03/04/2022".

Al comparar la lista con las tuberías, la mayor parte de las referencias cuadraba, pero algo llamó su atención por el brillo distinto del metal: una válvula sobre una derivación secundaria, junto a la pasarela, presentaba un cordón de soldadura que no tenía pátina y cuyo aspecto discordaba con el resto del equipo.