Los Nombres del Río Capítulo 20La Cocina de la Comisaría #2
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Capítulo 20La Cocina de la Comisaría #2

Andrés extendió la mano hacia la carpeta y tembló apenas.

Raúl no interpretó el gesto; lo protocolizó.

Llamó al perito de guardia para que documentara la entrega y pidió guantes a la mesa de evidencia.

La cámara del despacho quedó orientada, la teniente tomó fotografías de las tapas antes de que las manos tocaran el papel y Raúl dictó la entrada al acta: número de sobre, color, matasellos legible o ausencia del mismo, hora de recepción, declaración del administrativo y firma.

—Entrego todo. No sé si son importantes. Había uno en concreto que tenía una fotocopia de una carta y una nota: «NO». Me dio miedo, por eso lo dejé.

La nota fue fotografiada, sellada en bolsa numerada y rubricada por la teniente. La etiqueta marcaba «Bolsa 066». Raúl anotó la referencia en la cabecera de la carpeta sellada que ya iría al fiscal. No pidió explicaciones morales; pidió trazabilidad.

—Bien. Queda consignado. No comentes nada fuera de aquí.

La puerta del despacho se cerró con un golpe seco; el ruido de la lluvia contra el cristal volvió a llenar los silencios.

Raúl se incorporó y fue directo al ordenador principal de la brigada, no para abrir archivos, sino para comprobar la bitácora de accesos a la carpeta del caso.

Tenía la requisitoria del fiscal en la mesa, las copias selladas en la caja fuerte y el derecho de revisar quién había tocado qué en su propia red.

La teniente le alcanzó el informe de auditoría inicial; en la pantalla aparecieron listas de usuarios, IPs internas y marcas horarias.

Raúl leyó sin prisa. Había algo que la impresión no dejaba pasar: un usuario con privilegio administrativo había abierto por la noche los archivos rotulados como «Fotogramas 1625», «HVAL_01.

bit (referencia)» y la carpeta «Cuaderno 031 — copia forense».

Las marcas de tiempo coincidían con la madrugada anterior.

La firma de la sesión trataba de parecer institucional: «admin.local», «operador»; pero el rastro dejaba una huella concreta: estación de trabajo 12, hora 02:14.

—¿Quién tiene acceso a la estación 12?

La teniente buscó en la lista, el rostro tenso, y dijo el nombre de un puesto, no de una persona:

—Administración — mesa de turnos. Dos personas con credenciales. Uno es Andrés, otro es Luis, que está de baja.

Andrés tragó. Su cuerpo se encogió; las manos se le cerraron alrededor del bolígrafo que habían sostenido antes. Raúl no se permitió el gesto de acusación. Ordenó.

—Suspendan la cuenta administradora y cambiemos contraseñas de inmediato. Exporten un volcado de la bitácora y sellénlo. Ningún acceso sin mi autorización o la de la teniente. Y que conste: el volcado se remitirá al fiscal como indicio. Aíslen la estación 12 hasta que un perito externo la examine.

La fricción se manifestó en la sala en forma de vocecitas. Uno de los agentes, joven y visiblemente cansado, exhaló en voz que quiso ser conciliadora y sonó a protesta:

—¿Y ahora quién hace todo esto? Tenemos el triple de trabajo y poco personal. Si cortamos accesos no puedo terminar los partes de guardia.

Raúl posó la mano sobre la mesa.

—Organiza el servicio, toma turnos y prioriza. Yo reparto recursos, no excusas. Si alguien tiene problemas, los apuntamos y se discuten en la jefatura. Pero hoy la prioridad son las pruebas y las personas vulnerables.

El agente negó con la cabeza, pero no replicó más. Otro, de más edad, se acomodó en la silla con la barbilla baja y una frase que venía de lejos:

—No es sólo trabajo. Han llamado esta mañana. Gente que pregunta por el expediente. Han llegado voces desde fuera de provincia.

Nadie pronunció nombres. Nadie necesitó hacerlo. Raúl miró al hombre y midió el gesto como quien recoge la distancia entre rumor y presión real.

—Anoten la hora y el número. Si es necesario, pediremos trazabilidad de llamadas.

Lo registramos en la carpeta. Todo lo que llegue por fuera se copia y se remite al fiscal.

Cualquier instrucción por vía oficial que modifique estos pasos —continuó, y su voz cortó la tensión— debe venir por escrito. Punto.

La teniente ya tecleaba la orden: «Auditoría de llamadas — conservar PBX — remitir a Fiscal». Raúl dictó además otra cosa que la sala necesitaba oírlo decir:

—Protección para Tomás y María. Medidas inmediatas: patrullas móviles no uniformadas, alojamiento temporal si lo solicitan, número de contacto directo, canal anónimo y constancia de entrega de todo material que les ofrezcan. No publicar nombres. Ningún contacto mediático sin autorización fiscal.

La teniente miró la libreta y luego a Raúl, con un pulso que no delataba sorpresa.

—Prepararé el oficio. ¿Quienes más?

—Julián y la viuda vinculada a bolsa 036. Prioridad de protección y comprobación de identidad. Haz la lista y pásamela. Ordena un control aleatorio de presencia en el caserío L. y en el embarcadero. No se quede en palabras: pon nombres y horarios.

Andrés, que seguía sentado, habló con una voz más asentada.

—Si quieren, les doy el registro de entradas al edificio. Pude apuntar quién recogía correspondencia. No lo hice antes por miedo a líos.

Raúl lo miró. La oferta venía con riesgo: implicaba revisar movimientos internos, ver quién pasaba física y digitalmente por la comisaría. No había prohibición de hacerlo, pero había que hacerlo con cuidado, respetando la trazabilidad.

—Registra lo que tengas. Hazlo con fecha y hora, y acompáñalo de declaración firmada. Yo lo fotografío y lo sello. No lo difundas.

La teniente ya imprimía una plantilla de acta.

En la pantalla, Raúl destacó la solicitud que había de hacerse al fiscal: auditoría forense de la estación 12; orden de conservación de tráfico; peritaje IT externo; custodia judicial de los volúmenes de trabajo; y la petición para que las copias selladas vayan directamente a la caja fuerte del juzgado si el fiscal lo autoriza.

No dijo que desconfiaba de nadie en particular; dijo lo que la ley y la prudencia exigían.

—Quiero un duplicado sellado de todo lo que haya en la carpeta del caso.

Uno queda aquí, otro se remite al fiscal.

Yo he dejado el original bajo llave. Nadie fuera del circuito de cinco personas lo toca: yo, la teniente, el perito que nombre el fiscal, la fedataria del juzgado y el auxiliar que firme la recepción. Punto.

La frase acotó la cadena de personas que podían leer el expediente. Uno de los jóvenes miró al agente mayor y dijo con resignación:

—Entonces nos toca desdoblar guardias, Raúl.

—Así será. Y yo asumo que la carga personal sube. Pero si alguien prefiere no hacerlo, que lo diga ahora. No voy a obligar a nadie a exponerse. Solo pido responsabilidad.

La sala quedó en equilibrio. El ruido del teclado y la lluvia marcaban el nuevo ritmo.

Raúl se levantó y pidió el acta de entrega de los sobres que Andrés había presentado; la firmó, numeró las fotografías y ordenó que se colocara una copia en la carpeta fiscal con referencia explícita a la posible filtración.

Antes de terminar, hizo algo que era a la vez operativo y simbólico: abrió el cajetín con el pequeño sello numerado que empleaban para las tiras de custodia, lo estampó sobre la cinta que cerraba la bolsa con las notas de Andrés y dejó un número que el acta consignaría.

No era una promesa retórica; era una traba contra la desaparición de pruebas.

—Y otra cosa —añadió, sin mirar a nadie en concreto—: ningún informe se filtra. Si alguien recibe una oferta para vender una copia, que lo traiga aquí. Se investiga. No hay favores para quien trafique con pruebas.

Un murmullo, breve, como si el edificio exhalara por las ventanas empañadas.

Raúl pidió la ficha de la estación 12 y fotografió el nombre del equipo.

Sintió el peso de una certeza fría: la amenaza no siempre venía de fuera.

A veces miraba desde dentro, husmeaba credenciales, abría carpetas por curiosidad peligrosa o por órdenes no escritas.

Sabía sólo que había que cerrar puertas.

Dejó la libreta abierta y, con una línea firme, escribió: «Acceso suspendido — Estación 12 — exportado volcado — perito a designar por Fiscalía — duplicado sellado para Juzgado — protección Tomás/María/Julián/Viuda — auditar PBX».

Cerró la libreta, la guardó en el bolsillo interior y, antes de colgar la última firma, miró a la pequeña brigada reunida en la sala.

—Haremos lo correcto —dijo, y no era consigna ni promesa, era una orden que pesaba igual que la lluvia en los cristales—. Si alguien no puede, que lo diga. Si alguien intenta obstaculizar, quedará por escrito.

Afuera, un titular en un teléfono vibró en el bolsillo de un agente; nadie lo tocó. Raúl cerró la puerta del despacho con cuidado, pasó la mano por la pestaña de la caja fuerte y dejó que el sello numerado brillara un instante antes de dar la orden:

—Selle la bolsa 066 y remítala con copia al fiscal. Y auditen la estación 12. Ahora.

Selle la bolsa 066 y remítala con copia al fiscal.

Guardó la libreta en el bolsillo interior con la misma quietud con la que había cerrado la carpeta; el sello numerado seguía pegado en la cinta y la luz de la lámpara se reflejaba en el filo del sobre.

La teniente entró sin llamar, con la tableta bajo el brazo y la cara fuera de su ejercicio habitual de calma.

—Acaba de llamar la oficina. Ha enviado un mensaje: se retracta. Quiere que no se use su declaración.

Raúl no preguntó hasta que la teniente abrió el correo y le mostró la transcripción: firma de Tomás Iza, texto breve: «Retiro mi testimonio.

Temas de seguridad. No quiero aparecer en prensa».

Debajo, un número de teléfono con prefijo local y un archivo JPG reducido que correspondía a la imagen que había circulado por la mañana.