Capítulo 19Titulares en la Niebla #5
—Cinco y ni uno más. Tú, yo, Elena Sainz como testigo técnico del archivo, el perito informático que propuse (I. Gómez) y el auxiliar judicial fedatario que el fiscal designe. Cualquier ampliación, por escrito y sellada.
La teniente clavó el bolígrafo y miró la libreta. Fue rápida en ordenar los pasos en su cabeza; Raúl le fue entregando las piezas: copias de mapas, relación de bolsas numeradas —031, 034, 060—, el listado de testigos a proteger y el borrador de petición para Fiscalía ya fechado y rubricado por él.
—Primera instrucción —dijo Raúl—: revisa la estación 12.
Exporta la bitácora de accesos en modo lectura para generar hashes y fotogramas de referencia.
Que nadie toque los originales sin perito en sitio.
Segunda: prepara duplicados sellados de las bolsas-clave para traslado inmediato al Juzgado si el fiscal lo autoriza.
Tercera: medidas de protección ya activas para Tomás, María y Julián —rotación de patrullas y números rotativos.
—La PBX y la estación 12 están en prioridad —murmuró ella—. La auditoría mostró sesiones nocturnas. Cambio de contraseñas y suspensión de cuentas no justificadas lo hago ahora y lo dejo registrado.
—Perfecto. Yo llamo a Gómez esta tarde. Tú redactas el oficio con número de expedientes y el alcance de la réplica. Él trabajará sobre réplicas; tú delimitarás el perímetro. Exiges copia firmada y hash.
La conversación se fue haciendo menos de gestos y más de listas: hashes, sobres antiestáticos, volcado en modo lectura, perito en el lugar, custodia policial discreta.
Raúl indicó medidas concretas de protección: dos patrullas de paisano en relevos cada seis horas, un tercero de cobertura en la loma, alojamiento temporal si fuera necesario, canal anónimo activado y tarjeta con número directo que solo conocerían ellos dos.
—Si alguien intenta sacar una bolsa —preguntó ella en voz baja—, ¿qué hacemos? No puedo detener a un compañero por intuición.
—Registro inmediato. Informe sellado y petición de orden judicial.
Si hay sesión anómala en la estación 12 o acceso desde la administración, lo dejas por escrito y lo envías al fiscal.
Si una bolsa numerada aparece abierta o desaparece, activas el protocolo «CUADRO-CERO»: bloqueo de servidor, cierre de accesos físicos, comunicación al fiscal y traslado inmediato de duplicados sellados al Juzgado. No exposición pública.
Ella subrayó «CUADRO-CERO» y respiró con control. Proyectó en la tablet una bitácora en blanco y empezó a anotar turnos y responsables.
—Montaré una bitácora paralela. Papel y réplica electrónica con hash. Cada firma, hora y motivo. Si alguien borra algo, quedará rastro.
Raúl dejó sobre la mesa su libreta abierta y señaló la casilla donde ella había escrito su nombre bajo la palabra «RESPONSABLE».
—Lo quería así. No por mí, sino para que la investigación no dependa de una sola voluntad. Delegar no es renunciar; es asegurar continuidad.
Ella clavó la mirada en la fotografía de la hoja con los apellidos; la dejó un instante sobre la mesa, sin tocarla. En sus dedos se adivinó la aprensión que no verbalizaba. Raúl no dio respuestas teóricas; le puso herramientas.
—Si hay sabotaje informático —preguntó ella—, ¿tenemos perito externo si el fiscal tarda?
—Lo consigné en la petición. Si la Fiscalía autoriza, Gómez monta réplicas y certifica hashes. Si no, bloqueamos, hacemos duplicado sellado y remitimos a perito del Juzgado. No improvises imágenes sin perito.
La teniente asintió y, con profesionalidad, dictó el primer oficio a Elena y programó la hora para encontrarse en el archivo.
Marcó al perito y anotó la hora estimada para la llegada del primer relevo de paisano.
Dejó instrucciones menores: comprobación de cámaras internas, lista de personal autorizado para la estación administrativa y solicitud de inventario de las bolsas en custodia.
Antes de que cerrara la tablet, Raúl dejó sobre la mesa una hoja apenas doblada con una palabra escrita en mayúsculas: «CÓDIGO: ALTILLO». No lo explicó. Ella deslizó la hoja al bolsillo interior.
—Lo hago. Con trazabilidad y constancia. Si algo ocurre, activo «CUADRO-CERO» y te aviso.
Raúl recogió la libreta, la pasó por la tapa como quien comprueba un cierre. Puso la palma de la mano sobre la carpeta sellada, un gesto breve que fue más pacto que saludo, y deslizó la tarjeta con el número directo de la teniente hacia ella.
Ella guardó la tarjeta, dobló la tablet y se puso de pie. Antes de salir miró la puerta del despacho, la cocina y la luz húmeda que entraba por el cristal empañado.
—No lo haremos público. Lo haremos bien.
Raúl asintió, cerró la puerta del despacho tras ella y colocó la libreta en el bolsillo interior de la gabardina.
Fue hasta la cocina, sintió el café frío, tomó la carpeta sellada y, sin encender la radio, salió a la lluvia.
La carpeta, bajo el brazo, pesaba de forma distinta: ya no llevaba solo nombres, llevaba un plan que otros ejecutarían.
Se detuvo en la puerta, volvió sobre sus pasos y entró de nuevo con la carpeta bajo el brazo; la cinta numerada había dejado en la yema de su pulgar un surco húmedo que le molestó al cerrarla.
No dejó la carpeta sobre la mesa común: la apoyó en el archivador, la deslizó apenas un centímetro para comprobar la alineación de los sobres numerados y, sin apartar la vista, levantó la tapa del armario provisional donde, esa mañana, habían dejado copias y materiales de trabajo.
Había un hueco donde debía estar el paquete que él mismo había colocado: una caja precintada con la referencia que iba al fiscal. No estaba.
Observó el hueco como si repasara un mapa y encontrara la primera discrepancia.
No habló. Sacó la libreta del bolsillo interior de la gabardina.
Metió los guantes en el bolsillo, abrió la libreta en la página de inventarios y, en voz baja, dictó para sí mientras trazaba la anotación: "Inventario — archivo temporal — falta: paquete precintado para Juzgado — referencia: COPIA‑ALT 01 — última ubicación comprobada 11:04 — responsable depósito: administración — iniciar acta de incidencia. "
Llamó a la teniente con la frase que siempre activaba el protocolo: corta, sin adjetivos.
—Vente al archivo. Ahora.
Llegó en menos de dos minutos, la tablet cerrada contra el pecho y la expresión afinada a la comprensión inmediata del problema.
Raúl ordenó, sin circular hipótesis, lo que la ausencia exigía: nadie tocaba nada y se documentaba todo.
Empezaron por lo mínimo que evita la discusión inútil: fotografías.
Dispuso tomas generales del armario, planos detalle del hueco, la etiqueta de la balda contigua y la cinta numerada del estante.
La teniente fotografió; ambos firmaron en el libro de custodia la hora y el estado del armario.
Cada imagen recibió su referencia y su hash provisional, anotado a mano en la hoja de actas.
—Acta de incidencia — dijo Raúl. —Numerad y sellad todo. No saquen copias físicas fuera del circuito.
Andrés apareció en la puerta con la postura de quien siempre teme las llamadas administrativas. Trajo un papel: relación de movimientos del día con tres firmas y una nota manuscrita: "entregado a R. Mendizábal — 11:04". No acusó; informó.
—Lo vi esta mañana —dijo—. Tuve que mover cosas por la lluvia… pero no la saqué. Firmé la entrega.
Raúl asintió y dejó la anotación como traza, no como veredicto.
Pidió a la teniente que exportara en modo lectura la bitácora de accesos del servidor interno y que preparara la petición formal al fiscal para conservación de las grabaciones de las cámaras.
Mientras ella imprimía, dictó otra orden: copia sellada de las treinta horas anteriores a la desaparición, con hash, para incorporarla al expediente.
Todo iba por escrito y con fe de firma; así se convertía la sospecha en expediente.
La primera novedad apareció en la pantalla de la tablet.
Una cámara lateral del pasillo que da al archivo mostró, en la madrugada, una figura encapuchada inclinada ante la cerradura del armario.
La imagen era gris, la luz escasa; la figura llevaba guantes.
No había rostro; el gesto, sí: una mano que tantea la tira de cierre en la esquina inferior, el movimiento seco de quien sabe manipular paquetes.
—¿Quién tiene llaves del archivo?
La teniente enumeró: ella, Raúl, el perito informático cuando acude, Elena para los accesos del sótano y los dos administrativos, Andrés y Luis, en turnos rotatorios. Raúl repasó en la mente la cláusula de custodios: cinco y no uno más. Lo dejó anotado.
Revisaron la bitácora. Hubo una sesión nocturna desde la estación 12 a la hora del fotograma; la sesión figuraba con la etiqueta "administracion.turno".
No aparecía nombre, sino estación. La estación 12 ya había mostrado anomalías en registros previos; la anotación fue seca: "02:14 — Estación 12 — acceso anómalo.
" Raúl marcó la línea con lápiz, como quien retira una hebra que puede tejer una trama.
—Suspended las credenciales de la estación 12. Exportad volcado de bitácora y sellad el archivo. Lo remito al fiscal como indicio.