Capítulo 4Actas con polvo
Actas con polvo
Raúl Mendizábal
La lluvia seguía como si raspase los contornos del pueblo; la mañana olía a tierra y a láminas de metal húmedo.
Raúl bajó por la escalera de servicio con la requisitoria de la Fiscalía doblada en la mano; el papel tenía los pliegues humedecidos en los bordes y el roce del cartón le recordaba que aquella hoja era la llave que abría puertas.
Era la requisitoria que la Fiscalía había dictado tras el hallazgo de la hoja en el bolsillo de Héctor y por las pistas reunidas en entrevistas como la de Tomás.
En la antesala del sótano, presentó la tarjeta del secretario; la puerta cedió y dejó entrar el aire del cuarto: estanterías de madera hasta el techo, cajas con etiquetas amarillentas, polvo que flotaba en el haz de una lámpara y un olor a papel viejo.
El alcalde esperaba apoyado en un pilar, la chaqueta con gotas secas aún en la solapa; a su lado, dos concejales se inclinaron en una conversación medida, como quien calcula un presupuesto para no pasarse. Nadie se acercó a saludar.
—Inspector —dijo el alcalde sin incorporarse del todo—. Hemos visto la requisitoria. Entendemos la petición del fiscal, pero tenga en cuenta que estos legajos pesan también sobre la imagen del pueblo. Abrir cajas no es lo mismo que remover familias.
Raúl dejó la requisitoria sobre la mesa más próxima, la desplegó con la calma de quien sabe que un papel bien colocado ordena el tiempo, y miró a los concejales, a las estanterías, de nuevo al alcalde.
—No estoy aquí para abrir heridas —respondió—.
Estoy para cumplir una orden judicial y asegurar pruebas.
La Fiscalía solicita consulta in situ de los expedientes de expropiación entre 1980 y 1982.
Quiero trabajar aquí, con el responsable del archivo presente, y fotografiar las páginas relevantes con acta de acceso y firmas.
El alcalde se pasó la mano por la nuca; su voz perdió algo de la rigidez administrativa, pero conservó el cálculo de quien registra daños.
—Si entra alguien de fuera y filtra, esto se desboca —dijo—. Podemos facilitar copias certificadas y actas selladas. Evitemos sacar legajos; hay contratos vigentes con empresas, implicaciones personales.
Raúl pensó en la bolsa numerada, en la hoja con los cinco apellidos y en la manera en que un documento puede ser a la vez evidencia y arma. No era momento de admoniciones; era momento de procedimiento.
—La Fiscalía autoriza la consulta aquí mismo —replicó—.
No pretendo extraer nada sin orden. Fotografiaré las páginas en su presencia, cada imagen irá sellada y se entregará copia certificada a la Fiscalía y otra a la caja fuerte del Juzgado.
Si algo debe salir del sótano, se hará solo con orden judicial y acta de intervención.
Los concejales intercambiaron miradas cortas; al fondo, una lámpara arrojó su luz sobre una etiqueta donde se leía "Obras — 1980". La madera de las estanterías crujió al contacto de una mano.
—¿Fotografiar aquí? —repitió el mayor de los concejales, en tono bajo y calculado—. ¿Quién garantiza que esas imágenes no circularán?
—Las garantías están en los sellos y en las firmas —contestó Raúl—.
Usted firma el acta de acceso; un agente de la comisaría, la archivera y un representante municipal estarán presentes durante la consulta.
Todo quedará registrado: hora, páginas, número de caja.
Así reducimos el margen de manipulación.
El concejal miró al techo como si buscara aprobación en la piedra. Entonces, con voz más baja, murmuró algo que no quiso completar: —Hay cajas que no figuran en el inventario… algunas actas llegaron incompletas y—
Raúl se detuvo en la frase que quedó a medias; dejó que el silencio hiciera su trabajo.
—Cualquiera de esas incompletitudes constará en el acta —dijo con precisión—.
Si falta documentación, lo registraré como "inventario incompleto" y lo pondré en conocimiento del fiscal para que ordene las medidas pertinentes.
No vine a juzgar al Ayuntamiento; vine a seguir un rastro que comienza en los papeles.
El alcalde apretó los labios y, después de un instante, preguntó por los plazos.
—La Fiscalía fija plazos —contestó Raúl—. Propongo ventanas de trabajo: hoy, consulta in situ sin traslado; si localizamos documentos que deban incorporarse como prueba, solicitaremos la orden de intervención al Juzgado. Así preservamos la administración y respetamos la cadena de custodia.
El alcalde cerró los ojos un segundo; cuando los abrió, la decisión parecía ya trabajada por más manos que las suyas.
—Que venga la archivera —dijo—. Me acompañarán dos concejales y el secretario. Ningún legajo saldrá del sótano. Las fotografías se harán con nuestro equipo y se entregará copia certificada a la Fiscalía antes de que usted abandone el edificio.
Raúl asintió. Firmó el acta que le pusieron delante. El alcalde, los concejales y el secretario estamparon sus rúbricas en el margen.
La archivera apareció con las palmas manchadas de polvo; se presentó con una expresión contenida.
Se llamaba Elena Sainz; no habló más de lo necesario: pidió el número de expediente, comprobó la requisitoria y empezó a anotar códigos con la punta de un lápiz gastado.
Indicó con la barbilla una hilera de cajas y señaló las que referían a obra y deslinde.
—Estas son "Obras 1980–82" —dijo—. Abriremos aquí, con mi presencia y la del personal municipal. No puede mover nada sin mi consignación.
Raúl había aprendido a tratar a una archivera con respeto. Pidió una mesa despejada, encendió la linterna del móvil y se inclinó hacia la primera caja que Elena señaló. Cuando la solapa cedió, el aire levantó una nube de polvo que trazó en el haz partículas como cifras suspendidas.
En el borde de la caja, junto a la cuerda que sujetaba la tapa, se distinguía un sello con tinta desvanecida: "Inventario incompleto". Al lado, una porción de cinta adhesiva marrón tenía el brillo de algo repuesto; no parecía del mismo tiempo que la etiqueta amarillenta. Raúl no tocó nada.
El alcalde carraspeó. Los concejales lo vieron como quien ofrece una clave incómoda. Elena cerró la tapa con cuidado y apuntó en su cuaderno el código de la caja. Raúl sacó la libreta, anotó la referencia y planteó el procedimiento en voz baja y firme.
—Trabajaré aquí —dijo—. Registraré hora por hora, fotografiaré las páginas que coincidan con las referencias del fiscal y dejaré constancia de cualquier falta. Si aparecen documentos relevantes, se pedirá la orden de intervención. Todo quedará por escrito y con firmas.
La requisitoria volvió al bolsillo interior de la gabardina de Raúl; la linterna del móvil iluminó la etiqueta donde, con letra casi borrada, se leía "Obras — 1980". Por un segundo, la luz hizo visible la trama de hilos que sostenían el archivo: sellos, nombres, omisiones.
—Traigan la caja marcada "Obras 1980" —pidió Raúl, sin alzar la voz—. Aquí mismo empezaré la consulta.
Mientras Elena buscaba la llave del armario, Raúl apoyó la yema del índice en la requisitoria y, antes de que la tapa de la caja se levantara, escribió en la libreta una nota breve y limpia: "Registrar faltas. Fiscalía informada".
Pasaron unos minutos antes de que regresara al sótano.
Elena volvió con la llave en la mano y la mirada breve, medida; traía además un paño enrollado en el antebrazo, como si hubiera previsto la suciedad antes que la curiosidad.
Raúl cerró la libreta al instante en que la vio aparecer; el cierre del cuaderno dejó un eco seco en el sótano.
Ella alivió la tensión con un gesto mínimo: la llave giró en la cerradura, el pestillo cedió y el aire del archivo dejó escapar otra nube de polvo que se disipó en el haz de la lámpara.
—No me esfuerce —dijo Elena, sin buscar cortesía—.
Ya he visto investigadores, activistas y gente con prisa por cambiar la historia.
Usted tiene la requisitoria y el acta; hágalo rápido y haga lo que tenga que hacer.
Pero sabe cómo funciona esto: si los papeles salen de aquí van a pedir cuentas al que me los dejó.
Raúl le mostró el sello de la Fiscalía que llevaba en la requisitoria y, sin frontales ni aspavientos, repitió lo que había dicho en la puerta: la consulta sería in situ, con acta, fotografías y firmas.
Cuando ella mencionó el nombre del funcionario que le dejó los legajos, no necesitó respuesta; la palabra flotó sin nombres completos.
Raúl mantuvo la calma que siempre le servía para que los otros midieran su propia urgencia.
—Lo que no quiera que circule no saldrá de aquí sin orden —dijo—.
Fotografiaré las páginas en su presencia, levantaré acta de acceso y dejaré constancia de cualquier ausencia o anomalía.
Si hay que pedir intervención, lo pediremos.
Lo registra la acta y lo firma usted. ¿Me abre la caja "Obras 1980"?
Elena asintió con lentitud y dirigió la linterna hacia la estantería donde, entre cajas etiquetadas y otras con cinta marrón, se insinuaba un hueco oscuro.
Hundió la mano entre cartones y sacó una caja más pequeña, sin etiqueta, envuelta en una tela vieja.
La había apartado de la hilera marcada "Obras 1980".
La tomó con cuidado como quien sostiene un objeto que puede romper la costumbre de un pueblo.
—Esta no figura en el inventario —dijo—. No sé de quién salió. Lleva años aquí, arrinconada. No la olvide en la lista, por favor. Si algo sale mal, esto me puede costar el puesto y más.
Abrió la caja sobre la mesa. El olor a humedad, tinta vieja y pegamento brotó como una memoria sólida.
Había planos doblados, tubos de papel con sellos deformados, una carpeta con hojas encuadernadas a mano y, entre dos pliegos, sobres con páginas sueltas que parecían correspondencia.
Raúl apoyó la linterna sobre la mesa, colocó el teléfono en modo fotografía y pidió que Elena firmara el acta de acceso.
Ella lo hizo con una caligrafía breve; sus dedos estaban manchados de polvo.