Capítulo 31
E l bosque resplandecía bajo la luz tamizada del alba; la claridad brumosa apenas lograba abrirse paso entre la espesura de las copas.
Habían formado un semicírculo alrededor del borde de piedra del pozo: Imani en un extremo, después Sammy, luego Alex y, por último, la propia Maggie.
Miraban al otro lado del abismo, hacia el bosque.
Dejaban que todo lo que no se había dicho descendiera hasta el vacío.
Alex sostenía la urna con las dos manos, tan apartada del cuerpo como le permitían los brazos.
Parecía llevar a un bebé envuelto en mantas, que necesitaba un cambio de pañal urgentemente.
Había pensado comprar la más barata que encontrase, pero al final habían dado con un tarro con tapa en casa de Owen.
Maggie recordaba cuándo lo había comprado en una feria de artesanía local, el tipo de sitio al que nadie esperaría que fuera un psicópata.
Y esa era, por supuesto, precisamente la razón por la que lo había hecho.
Una cosa era un psicópata inteligente, pero un hombre tan obsesionado como para ir a la universidad con Maggie, tan listo que no solo podía hacerse pasar por un ser humano, sino por un amigo…
resultaba inquietante. Le hacía sentir que cualquiera podía ser un monstruo.
Y, por supuesto, podían serlo. Cualquiera.
—Gracias por venir, chicos —dijo Alex.
Habían decidido que aquel sería el lugar de descanso final de Owen, de Dylan, una noche, después de una larga partida de Treses Locos y una sesión aún más larga de atiborrarse de tacos y helado. Allí era donde había empezado todo, con Aiden. Era apropiado que allí terminase.
—¿Por qué hacemos esto otra vez? —preguntó Sammy.
Llevaba vaqueros y una camiseta que decía «Aliméntame con un gato callejero», y estaba convencido de que aquella frase había formado parte del monólogo interior de Owen.
Imani le dio un codazo. Vestía enteramente de negro, igual que Maggie.
—Para poder escupir sobre su tumba —dijo Alex, con los ojos enrojecidos y la mirada afilada.
—Ah. —Sammy asintió—. Claro. Y yo quiero mearme encima de él.
Alex sorbió por la nariz y torció el gesto ante la idea, pero sonrió.
Últimamente sonreía más. Ahora que Dylan estaba muerto.
Ahora que todos empezaban a curarse, que volvían a dirigirse la palabra.
Su relación no era perfecta; necesitaría tiempo.
Pero matar juntos a un psicópata tenía algo que hacía que te sintieras unido a otra persona.
Tendrían que acordarse de eso la próxima vez que discutieran.
Homicidio: sexo de reconciliación, pero en versión platónica.
O podían hablar las cosas como personas normales. Tanto monta, monta tanto.
Maggie asintió.
—Creo que todos queremos mearnos encima de ese gilipollas.
Aún no podía creer que hubiera sido amiga suya desde la universidad. El hombre al que había considerado el alma más amable y dulce que había conocido nunca era un asesino. Todo había sido una representación.
¿Era una farsante? ¿Horrorosamente mala en su trabajo?
Quizá.
Pero ¿quién habría podido verlo venir? Scooby-Doo habría soltado un «Ruh-roh» de puro pasmo si Shaggy hubiera resultado ser el villano enmascarado todo el tiempo. Se habría quedado mirándolo, atontado, y luego se habría escurrido entre las sombras: otro gran danés, otro buen chico sin más.
Eso era todo lo que quería ahora: ser lo bastante buena.
Sobrevivir.
Y tanto si volvía a ejercer de psicóloga como si se tomaba un año libre para cuidar de su padre, tanto si cambiaba de carrera por completo y se hacía artista, música o hasta abogada, como Sammy… sobreviviría . Estaba segura.
También estaba segura de que ninguno de ellos seguía siendo el mismo.
Alex era madre ahora, la única familiar viva de Gillian y Rachel, salvo el padre encarcelado de Alex.
Maggie se había quedado de piedra al enterarse, pero, por extraño que pareciera, tenía mucho sentido.
Alex estaba absolutamente volcada en aquellas niñas, en ayudarlas a sanar.
Quería ahogar el odio de Dylan bajo afecto y cuidados. Quería dejar atrás el pasado.
Y Maggie iba a permitirle que lo dejara todo atrás, incluso la muerte de Aiden. El mundo no necesitaba más dolor. Necesitaba más risas, más brillo, más rayos de sol atravesando la penumbra.
Sí, cualquiera podía ser un monstruo. Pero aun así tenían que confiar los unos en los otros; tenían que amar. Eso era lo que los hacía humanos.
Era la única forma de salir de aquello auténticamente, de verdad, vivos .
Alex sorbió por la nariz.
—Adiós, Dylan.
Las lágrimas le caían de la barbilla, pero no eran lágrimas de tristeza, no con la mandíbula apretada de aquel modo. Maggie le puso una mano en la espalda, y su amiga le sostuvo la mirada durante un latido, luego dos. Tres.
Alex soltó el tarro. Todos dieron un paso al frente para mirar.
La urna cayó y cayó y cayó, rebotando una vez contra la pared de piedra del pozo con un sonoro clonc .
Al llegar al fondo, se desmoronó sobre sí misma y una nube de ceniza y odio se elevó como si Dylan estuviera tratando de alcanzarlos desde ultratumba.
Pero ya no podía llegar hasta ellos. Ni siquiera el polvo pudo hacer más que revolotear sin ceremonia por el fondo del pozo antes de asentarse en una pasta turbia al encontrarse con la humedad de la tierra.
No se sentía como un funeral. Pero sí resultaba familiar.
Y cuando los pájaros de los árboles alzaron el vuelo, Maggie comprendió por qué: era como si hubieran soltado palomas en una ceremonia de boda. Aquello no era un final solemne. Era un nuevo comienzo. Una vida nueva para todos ellos.
Maggie alargó la mano hacia los dedos de Alex. Alex ya tenía cogida la mano de Sammy. Imani aferraba la de su marido. Todos contemplaron el agujero hasta que el polvo se posó.
—Adiós, cabrón vestido de tweed —masculló Sammy—. Por cierto, eras malísimo en los Treses Locos.
Era todo lo que había que decir.
Salvo que no lo era.
—Yo iba a un club de sexo —soltó Maggie—. Creo que me tiré a Dylan. Pero no sabía que era él.
Alex volvió la cabeza hacia Maggie de golpe, con una mueca.
— Qué asco —dijo.
—No fue la peor elección del mundo. —Sammy se encogió de hombros—. Estaba bastante cachas. Al menos no intentaste tirarte a un DJ .
Alex se quedó boquiabierta.
—Eso es verdad —dijo Imani, asintiendo—. Y ahora… ¿dónde está ese club?
La brumosa bóveda de ramas sobre ellos se iluminó. Maggie miró fijamente el pozo. Lo que ocurriera al día siguiente dependería de ellos. Pero al menos lo afrontarían juntos.
Algún día, pronto, el cielo se despejaría.
Estrías de sol blanco y amarillo relucirían sobre la hierba a sus pies, disipando la bruma, iluminando los rincones hondos de su interior donde antes había vivido el dolor.
Se sentiría mejor cuando notara el calor sobre la piel, pero sabía que el perdón no tenía nada de mágico.
A veces había que esforzarse para encontrar la luz.