Capítulo 30 #2
Tenía el pelo mojado de sangre. Podía olerla: aquel olor cobrizo, como si tuviera monedas en la garganta.
Maggie apartó la mirada del hombre que tenía al lado.
El cerebro le gritaba — ¡No le des la espalda a un asesino!
¿Estás loca? —, pero respiraba con dificultad.
Tenía el pecho atrapado en un torno. Era incapaz de respirar cuando los ojos de él permanecían fijos en los suyos.
Nunca lo había reconocido antes, pero conocía aquellos ojos .
—No puedes cambiar —dijo Alex—. Nunca cambiarás. Eres un puto psicópata.
Alex miró hacia la mesa de centro, tan fugazmente que Maggie estuvo a punto de no darse cuenta.
Pero se había dado cuenta. También había reparado en la inestabilidad con que Alex se mantenía en pie.
No era solo por la herida en la cabeza. Tenía una mano apoyada contra el muslo derecho, con la palma extendida.
Conocía a Alex desde el instituto y jamás le había visto las manos tan quietas.
Incluso en sus momentos de mayor calma, Alex no paraba de moverse.
¿Confiaba en Alex? Sí. La confianza nunca había sido el problema; cualquier grieta entre ellas tenía que ver con el miedo. Miedo al hombre que tenía a su lado.
Nunca debería haber sido Aiden.
Debería haber sido él .
La columna de Maggie se tensó, una única barra forjada en hierro. Los dedos se le clavaron como garras en los muslos.
Owen soltó un resoplido.
—No estás engañando a nadie —le dijo a Alex con voz baja y serena, desprovista de emoción—. Maggie sabe de sobra que soy un buen hombre. Ella y yo llevamos más de diez años siendo amigos.
Debería estar asustado, preocupado, confundido, pero en su vibrante mirada azul ella solo veía una mezcla centelleante de rabia y odio, destellos de la bestia que acechaba en su interior: hambrienta, de dientes afilados y garras crueles.
Alex avanzó un paso. La mesa de centro estaba justo allí.
—Créeme —dijo Alex—. Por favor, Maggie, créeme .
Estaba suplicando. Le estaba suplicando.
—Alex y yo somos amigas desde hace más tiempo.
Las palabras le salieron planas, desprovistas de emoción, pero no se le ocurrió nada más que decir.
Owen por fin se volvió hacia ella. Con todo el cuerpo, no solo con la cabeza.
—Y, sin embargo, no estás llamando a gritos a la policía. Porque fue ella quien mató a tu hermano, no yo. Yo soy quien cuida de ti cuando ella te deja tirada. Siempre seré quien cuide de ti. Yo te veo tal como eres, como eres de verdad. Y tú también me ves a mí.
Verme. ¿Por eso les quitaba los párpados?
Una sonrisa lenta se extendió por su rostro. Alzó la mano hasta el ojo izquierdo y se retiró la lentilla de color. Debajo... verde.
Maggie sentía como si tuviera la boca llena de algodón.
Sí, recordaba aquellos ojos. Owen jamás había mostrado ni el menor indicio del hombre al que conoció en aquel edificio abandonado, pero, oh, ahora sí podía verlo.
Veía al monstruo que había permanecido escondido dentro de él todo aquel tiempo. Oculto a plena vista.
—Sabía que no me entregarías —dijo con una sonrisa—. Sabía que me escogerías a mí antes que a ella.
—No importa lo que yo quiera —dijo Maggie despacio, mucho más serena de lo que se sentía—. La policía tiene tu ADN de la marca del mordisco que le diste a Joel.
Él se encogió de hombros, como si aquello no tuviera importancia.
—Tengo todo lo que quieres, cualquier cosa que puedas necesitar. Sé dónde está tu madre; podemos irnos allí. No hay extradición. Podemos vivir el resto de nuestras vidas en paz.
¿En paz? Vivir con un asesino parecía más bien una de esas situaciones en las que duermes con un ojo abierto.
—¿Y mi padre?
—Podemos hacer los arreglos necesarios para él. Encontraré la manera.
—¿Y las niñas?
Niñas. Tiene niñas .
—He visto cómo eres con los hijos de Sammy. Seguro que irá bien.
¿ Bien ? Ella no quería hijos. Nunca había querido tenerlos.
Pero de repente estuvo convencida de que, si lo decía en voz alta, él entraría allí y les cortaría el cuello a sus hijas sin pensárselo dos veces.
Las niñas habían sido un medio para alcanzar un fin; no habían nacido del amor, sino de la necesidad.
Solo eran una forma de retener a Katie mientras siguiera siendo útil para él.
Una forma de demostrarle a Maggie que era un buen hombre, un hombre de familia; un hombre al que ella podía... ¿amar?
Es imposible. Esto es imposible. Pero cuando todas las soluciones probables resultaban falsas, lo imposible, por improbable que fuera, tenía que ser cierto.
—¿Mataste a Harry? —preguntó.
—Harry se suicidó.
Pero sus ojos chispeaban, feroces. Cuadró los hombros. Estaba... orgulloso de sí mismo.
A Maggie se le heló la sangre. Owen lo había convencido.
De algún modo, Owen... Dylan ... era responsable de lo de Harry; se había comprado un día más con la sangre de Harry.
La manipulación era su verdadera arma predilecta.
Si entendías la mente humana —si entendías de verdad qué impulsaba a las personas, como lo entendía Owen—, la lengua podía ser tan letal como una cuchilla.
Y nunca pararía. Si la policía irrumpía allí con las armas desenfundadas, se lo llevarían detenido. Pero Owen era más listo que ellos, más listo que todos; encontraría la manera de salir de cualquier prisión. Y jamás dejaría de ir a por ella. Mientras Dylan siguiera vivo, aquello no terminaría.
Maggie parpadeó mirando a su socio, tratando de convencerse de que se equivocaba, de que aquello era imposible, de que todo era una pesadilla. Pero la habitación palpitaba, borrosa por los bordes, y su mirada se había estrechado hasta formar un túnel centrado en el hombre que tenía delante.
Pero él ya no era aquel hombre. Ya no.
Volvían a ser adolescentes, y aquella hambre reluciente en sus ojos no era afecto ni obsesión. No quería protegerla.
Quería matarla.
Quería devorarla viva.
Iba a devorarla viva si ella no lo detenía. Pero no tenía un pedazo de cristal dentado con el que defenderse. Solo tenía... a Alex.
¿Qué estás haciendo, Maggie?
No lo sabía. No tenía por qué saberlo. No todavía. Una vez más, notó el sabor del cobre en la garganta. Olió el polvo que le llenaba la nariz. La cicatriz de la cabeza le latía, latía, latía: punzante y furiosa.
Los pulmones se le expandieron. El campo de visión se despejó.
—Esto no va a funcionar, Dylan.
Su antiguo nombre. No el nuevo.
Parpadeó al mirarlo, sin perder de vista a Alex por el rabillo del ojo, y levantó la mano izquierda hasta su sien.
El gesto era romántico, delicado, pero también le ocultaba a Alex de su mirada bicolor.
Ni rastro de la cicatriz de la mejilla. Solo la gasa alrededor del cuello. El vendaje en la cabeza.
Se le dilataron las aletas de la nariz.
—No lo dices en serio. He hecho todo esto por ti. Podemos ser felices, Maggie. No quería que te enteraras exactamente así, pero estamos hechos el uno para el otro.
—Mataste a Kevin —siseó—. ¿Cómo esperas que te perdone eso?
Una comisura de sus labios se alzó, pero había una locura sincera en su mirada. De verdad creía que había hecho lo correcto.
—Era un drogadicto y te estaba arrastrando con él. Pero yo te haré más feliz de lo que Kevin jamás podría.
No, no lo haría. En su mente vio a Joel, aquella franja de piel arrancada del bíceps.
La cara de Cara, el boquete en la mejilla por donde él la había rajado.
Katie, la madre de sus hijos, con la garganta convertida en una segunda boca abierta.
Y sus hijas… no tardaría en destruirlas.
Por mucho que supiera fingir en público, la vida privada de un psicópata nunca era tan idílica como parecía.
Con razón había mantenido a Maggie alejada de ellas.
Y Aiden… pobre Aiden. Pobre Kevin. Nunca tuvieron una oportunidad.
Pero ella sí.
La rabia le ardió en el vientre como brasas. Alex se movió. Maggie afianzó los pies en el suelo y susurró:
—No puedes hacerme feliz, Dylan. Nunca serás tan bueno como Kevin.
¿Qué estás diciendo? Llama a la policía, no confíes en que Alex pueda ayudarte, ya está herida, esto es una estupidez, esto es tan jodidamente…