Los muertos no mienten (Juegos de la mente 3) Capítulo 16
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Capítulo 16

K evin era amigo de Dylan. La idea parecía imposible, ridícula. Pero ¿era verdad?

Probablemente. Alex no tenía motivos para mentir, pero sí de sobra para ocultárselo: por protegerse.

Y por proteger su amistad. Quizá hasta había pensado que Maggie se pondría de parte de Kevin; al fin y al cabo, para explicar lo de Kevin tendría que admitir, para empezar, que tenía un hermano.

Tendría que reconocer que había mentido sobre el cáncer.

Si no hubieran coaccionado a Alex, Maggie jamás se habría enterado, y aquello le pesaba en las tripas como una piedra.

¿Lo había sabido Birman todo ese tiempo? ¿Había dado por hecho que Maggie también lo sabía? Aunque no supiera nada del ataque en el edificio, quizá había atado suficientes cabos como para que Kevin pareciera culpable, como para hacerlo pasar por cómplice de Dylan.

Cruzó los pasillos de la comisaría y salió al aparcamiento con el vello de la espalda erizado.

Cada agente desconocido con el que se cruzaba le recordaba que su mejor amiga era, en el fondo, una extraña.

Incluso la espalda de Reid, mientras lo seguía por el aparcamiento oscuro, le pareció ajena e indescifrable.

Era un enigma, un extraterrestre metido en un traje de Reid, que llevaba el pelo castaño de Reid y usaba la voz de Reid para decir:

—¿Te importa si paso por casa? —Miró por encima del hombro—. La canguro me ha mandado un mensaje. Dice que ha visto a alguien merodeando por la manzana, que ha pasado dos veces por delante de casa. Seguramente no sea nada; quizá la puse en alerta sin necesidad, pero...

—Sí, claro.

Sus palabras resonaron sobre el asfalto y rebotaron contra los parachoques metálicos de los coches patrulla.

—Tristan está en casa de tu madre, para que lo sepas.

Está hablando con los vecinos, porque la cámara del timbre de Jerry no le ha dicho nada.

—Reid se encogió de hombros—. Aún no sé cómo se las arregló tu madre para burlar el dispositivo de localización ni por qué Birman nos miente diciendo que estaba allí, pero...

si hay algo que encontrar, Tristan lo encontrará.

—Eso espero.

Quería saber quién había entrado en su casa.

Maggie subió al Bronco de Reid con la sensación de una prensa que le aplastaba el esternón.

La intrusión, aunque importante, no parecía tener relación con todo lo demás.

Su madre se había quitado el localizador y se había fugado con su novio; estaba bien, y o bien estaba equivocada o se cubría las espaldas con aquella nota.

Además, había desaparecido de la vida de Maggie para siempre.

Si había huido a algún país sin tratado de extradición, no podría regresar en avión para ver a su hija.

Y si seguía en Estados Unidos, hasta llamar a Maggie suponía un riesgo.

Y luego estaba Alex.

El silencio se espesó cuando Reid se internó en la noche. El susurro de los neumáticos era su banda sonora, y cada bocacalle en sombras siseaba que debería haberlo visto venir, que debería haber sabido que su mejor amiga le mentía.

Podía perdonar a Alex por haberle ocultado el ataque, por no haberle hablado de su hermano ni de aquella vida familiar hecha añicos.

Ella también había sido una víctima, y era difícil reconciliar sentimientos así, incluso dentro de la propia cabeza.

Quizá Maggie también habría podido perdonarle la mentira del cáncer...

con el tiempo. Pero Kevin. Durante todo aquel tiempo, Alex había dejado que Maggie creyera que Kevin era buena persona.

Durante todo aquel tiempo, había sabido que Kevin y su hermano psicópata eran los mejores amigos.

Eso no significaba que Kevin también fuera un psicópata.

Podía haberse dejado embaucar por los encantos de Dylan, haber hecho cosas que de otro modo jamás habría hecho.

Una víctima a su manera. Y eso explicaría, desde luego, las reacciones tan intensas que había tenido ante lo que sucedió aquel día.

¿Había confundido una culpa intensa con un trauma? Se manifestaban de forma parecida, sobre todo porque el trauma solía venir acompañado de una buena dosis de vergüenza. Pero si le había hecho daño a su hermano... ¿Cómo no me di cuenta? ¿Cómo podía haber sido tan estúpida?

El mejor amigo de Kevin era el tipo que le había arrancado de un mordisco un trozo de la cabeza.

La traición le abrasó el pecho. Tenía el engaño en la boca, amargo sobre la lengua. Alex se había negado a aclarar qué significaba exactamente «tan enfermo como Dylan». Maggie podía preguntárselo directamente, pero no ahora.

Ahora tenía que pensar.

El suspiro de Reid retumbó dentro del coche.

—Esto es una puta mierda.

Maggie apartó la vista de la ventanilla. Llevaba quince minutos mirando el cristal y no había visto nada.

—¿Qué?

—Ya has pasado por tanto, ¿y ahora encima tienes que cargar también con tu mejor amiga y con tu exprometido? ¿Pero qué coño?

Reid rara vez decía palabrotas. Ella arqueó una ceja.

—Pareces enfadado. ¿Quieres procesar tus emociones?

—Sacando el rollo de psicóloga, ¿eh? —Sonrió, pero la sonrisa le salió tensa—.

Perdona. Es que... es ridículo. Todo. —Aflojó la presión sobre el volante y se pasó una mano por el pelo; se le quedó levantado por un lado—.

Iré contigo a contarle a Birman lo que pasó en aquel edificio.

Creo que ya es hora. Cualquier cosa que puedan reconstruir de aquella noche podría ayudar.

A Maggie se le secó la boca; se le encogió el estómago. Pero asintió.

—¿Sigues pensando que fue Kevin?

Reid la miró de reojo.

—¿Y tú?

—Ya no sé nada. Si él y Dylan eran amigos, Kevin sin duda habría vuelto al edificio para comprobar cómo estaba, como dijiste.

Pero ¿había matado Kevin a su hermano?

Se volvió hacia Reid y esperó a que la mirase.

—Quiero saber qué más estás pensando.

Él frunció el ceño, con una expresión dolida.

—Sobre…

—Lo que sea. Todo. Es demasiado para que pueda asimilarlo. Siento que se me está escapando algo, y tú mismo dijiste que estoy demasiado implicada para ser imparcial. Necesito respuestas, Reid. Necesito ayuda.

Y, de pronto, él le pareció la persona más indicada con quien hablar.

Le confiaba su vida a Sammy, pero estaba demasiado implicado en todo aquello, igual que ella: ambos habían conocido a Kevin.

Reid, en cambio… no. No siempre tomaba las decisiones acertadas, pero no estaba emocionalmente involucrado como ellos. Estaría menos cegado.

Reid tragó saliva y volvió la mirada a la carretera.

—¿Estás segura de que quieres ventilar esto aquí? ¿Precisamente hoy?

¿Precisamente hoy? ¿Porque acababa de identificar el cadáver de su hermano la noche anterior «¿de verdad solo había pasado una noche?

», ¿o porque su madre había desaparecido y le había dejado una críptica nota a medio camino entre una advertencia y una despedida?

¿Porque acababa de descubrir que uno de sus mejores amigos le había mentido durante años, y que el hombre que casi había sido su prometido, un hombre al que había amado de verdad, era coleguita de un psicópata y quizá había asesinado a su hermano?

—Sí. Hoy me viene de maravilla, Reid.

—Vale, allá voy. —Tomó aire, como si se estuviera preparando—.

Me parece raro que el hermano de Alex regresara a Fernborn el mismo día en que desapareció tu hermano.

Que apareciera tan oportunamente en el mismo edificio donde tú y Kevin estabais tirando piedras contra las paredes, o lo que estuvierais haciendo.

Ladrillos, piedras, ¿qué más daba?

—Pero el problema más grave es que conocía a Kevin. Que eran amigos.

Y Kevin no había dicho ni una palabra al ver a Dylan en el suelo. No había reaccionado en absoluto, salvo para agarrarla y sacarla de allí.

Reid frunció el ceño, con la mandíbula apretada. Se estaba guardando algo. Algo importante. Algo que le… haría daño.

—¿Qué es? Suéltalo de una vez.

—¿De quién fue la idea de ir a ese edificio, Maggie?

—Yo… De Kevin. Fue idea de Kevin.

—Es mucha coincidencia que Kevin se marchara justo a tiempo para que Dylan entrase.

—Solo subió a la farmacia, calle arriba… —Por fin entendió lo que estaba insinuando—. ¿Crees que lo planearon? ¿Que Kevin me llevó allí para que pudieran hacerme daño?

Apenas conocía a Kevin por entonces, pero aquella acusación le parecía terriblemente equivocada.

Él la había ayudado a salir de allí; la había protegido, le había curado la herida de la cabeza.

Y después… todos los años que vinieron luego.

Todos los años que había pasado bajo su hechizo, amándolo.

Quizá, después de lo que ella le había hecho a Dylan, de lo que le había ocurrido a Aiden, se había dado cuenta de su error.

Quizá se había acercado a ella y había permanecido a su lado como una especie de… penitencia.

Negó con la cabeza, como si así pudiera expulsar aquel pensamiento, sacudirse las dudas.

—¿Por qué yo?

Pero Dylan no necesitaría un motivo; para un psicópata sádico, una pregunta mejor era ¿por qué no?

—A Kevin acababa de conocerlo, pero aunque me conocieran a mí, ¿por qué Aiden? Tenemos que dar por hecho que ambas cosas están relacionadas.

Ahora resultaba ilógico pensar que fuera una coincidencia. De algún modo, aquellos sucesos estaban unidos de una forma que se le escapaba.

Las luces de la autopista cruzaban el rostro de Reid; destellos de un blanco intenso pintaban sus mejillas, ya de por sí pálidas, con los tonos cadavéricos de los muertos.

—Mi mejor hipótesis es que Aiden fue daño colateral. Me dijiste que Aiden no habría pasado junto a ese edificio de camino a casa desde el colegio. Pero puede que fuera a buscarte.

Ella frunció el ceño.

—Le dije que volviera solo a casa. Que yo no iba a estar allí.

—Así que sabía que no ibas a acompañarlo a casa.

Asintió.

—Sí. No quería que se quedara esperándome ni que llamara a mis padres. No quería que se asustara. Salió de maravilla.

—¿Y el edificio? ¿Podía saber que ibas a ir allí?