Capítulo 4 Mucho cuento y poca función
Era un hombre mayor, bien vestido, olía rico y conversación abundante. Hablaba de sus habilidades románticas con tanta seguridad que parecía que estuviera vendiendo un espectáculo con boletos VIP. Yo escuchaba y pensaba: «Si todo eso es verdad, esta noche me hacen un homenaje».
Una vez estábamos en mi carro. Quiso besarme, me habló de hacer el amor y, en medio de la situación, puso mi mano sobre su entrepierna.Y mi boca, que no pasa por el departamento de control de calidad, reaccionó sin filtro:
—Espérate, ahí no hay na’.Silencio. Un silencio tan largo que hasta el aire acondicionado se puso nervioso. Se ofendió tanto que se bajó del carro inmediatamente. ¡De MI carro! Con toda
su dignidad y sus carros caros, se fue caminando. Desde aquel martes no volvimos a hablar.
Con el tiempo entendí que mi comentario pudo herirlo. El cuerpo de nadie determina su valor ni lo que puede ofrecer en una relación, y yo debí haber medido mejor mis palabras. Eso lo reconozco.
Pero también aprendí algo: la fanfarronería crea expectativas absurdas. Cuando un hombre pasa la noche vendiendo un espectáculo con boletos VIP, la función tiene que estar a la altura del anuncio. La intimidad no es un concurso para impresionar a nadie, y la confianza vale más que la propaganda.
Entre su orgullo y mi boca sin frenos, aquella salida se quedó sin segunda función.¡AY, CARAJO! MUCHO CARRO, MUCHA LABIA… Y YO CON EL TANQUE EN RESERVA DE PACIENCIA.