Los Gemelos Secretos del Mafioso Italiano (Dinastías de la Mafia Libro 1) Capítulo 31
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Capítulo 31

Elena tomó la decisión la mañana del tercer día.

No lo había anunciado la noche anterior — Lorenzo se dio cuenta cuando ella bajó por el café con una postura diferente, no de alguien que todavía estaba procesando, sino de alguien que había procesado durante la noche y había llegado al otro lado.

Servía el café, le respondía a Luca, miraba por la ventana al jardín que los niños habían convertido en su territorio en setenta y dos horas, y había algo resuelto en la forma en que hacía todo eso.

Él esperó.

Después del café, cuando Luca y Marco fueron al jardín, ella se quedó en la mesa.

— Me voy a volver al departamento — dijo.

Lorenzo se quedó con la taza en la mano.

— Cavalli todavía no confirmó que—

— Lo sé. — No apartó la mirada. — Pero necesito volver. Los niños necesitan la escuela, yo necesito la confitería, y quedarnos aquí esperando que Ricci decida su próximo movimiento no es una estrategia, es solo espera.

Él no dijo nada.

— Puedes asegurar el perímetro en el departamento — dijo ella. — Lo hiciste antes.

— Puedo.

— Entonces me vuelvo.

Lorenzo dejó la taza sobre la mesa. Era una decisión que había esperado — había calculado que ella la tomaría en algún momento, incluso había preparado los argumentos para cuando llegara. Pero los argumentos se quedaron donde estaban.

— ¿Cuándo?

— Hoy. — Se levantó para llevar la taza. — Después del almuerzo, para que los niños aprovechen el jardín una vez más.

— — —

El almuerzo fue normal. Luca comió rápido para volver al jardín antes de hacer la maleta. Marco comió despacio, como siempre, y cuando terminó fue a su cuarto y volvió con la mochila gris ya cerrada — los libros organizados, el cierre doble asegurado, todo en su lugar.

— La hiciste antes de almorzar — dijo Luca, con la indignación de quien acaba de darse cuenta de que lo habían superado en preparación.

— La hice anoche — dijo Marco.

— ¿Cómo sabías que nos íbamos hoy?

Marco no respondió. Fue a la terraza a buscar el libro que había dejado en la silla.

Luca se volvió hacia su mamá.

— ¿Cómo supo?

— Marco presta atención — dijo Elena.

Luca se quedó en silencio un segundo, procesando si eso era un elogio para su hermano o una observación sobre él mismo.

— Yo también presto atención — dijo, por las dudas.

— Lo sé — dijo Elena.

Luca fue a hacer su maleta.

— — —

El carro de Cavalli llegó a las tres de la tarde. Lorenzo ayudó a cargar — no había mucho, los niños habían traído poco, Elena había traído menos todavía. En veinte minutos las maletas estaban en el maletero y los niños estaban listos.

Marco fue hasta Lorenzo sin que nadie lo llamara. Lo abrazó — rápido, sin ceremonia, el abrazo de alguien que tiene algo que decir pero no necesita las palabras. Lo soltó y fue al carro.

Luca se quedó parado.

La pelota seguía en el jardín — la había olvidado, o la había dejado a propósito, Lorenzo no habría podido decirlo. Se quedó de pie en la entrada de la casa con esa expresión que usaba cuando estaba enojado pero todavía no había decidido qué hacer con eso.

Lorenzo fue hasta él. Se agachó.

Luca no retrocedió, pero tampoco avanzó.

— Te vas a ir de nuevo — dijo Luca.

— Me voy a mi departamento. Tú te vas al tuyo.

— Es lo mismo.

— No lo es.

Luca se quedó en silencio un segundo. Miró al jardín, a la pelota olvidada en el pasto.

— Prometiste que no ibas a desaparecer.

— Dije que no lo planeaba.

— Es lo mismo.

— No lo es — dijo Lorenzo.

— Para mí sí. — Luca levantó los ojos. — Desaparecías y después aparecías y después desaparecías de nuevo. ¿Qué diferencia hace si lo planeaste?

Lorenzo no dijo nada.

No había respuesta para eso que no fuera el tiempo — no había forma de explicarle a un niño de cinco años que la diferencia entre planeado y no planeado era enorme para un adulto, y que el adulto entendía que para el niño esa distinción todavía no existía, y que el adulto no podía acortar ese camino.

No había nada que pudiera decir ahora que resolviera eso.

— Luca — dijo él.

Luca entró al carro.

No miró hacia atrás. La puerta cerró con el sonido suave de los carros de Cavalli, que eran lo suficientemente buenos para no dar portazos.

Lorenzo se quedó parado donde Luca lo había dejado.

Elena todavía estaba afuera del carro. Lo miró. Abrió la boca.

Lorenzo hizo un movimiento mínimo con la cabeza — ahora no.

Ella entró al carro.

— — —

El carro salió despacio por el camino de piedra que llevaba a la carretera. Lorenzo se quedó parado en la entrada de la casa.

Todavía había sol — el atardecer de las colinas que había visto los últimos tres días, la luz bajando entre los pinos, el jardín con la pelota de Luca en el pasto.

En el asiento de atrás, antes de que el carro doblara en la curva, Marco se dio vuelta.

Miró a su hermano — Luca estaba de frente, rígido, los brazos cruzados, la vista fija en el respaldo del asiento.

Después Marco miró por la ventana hacia Lorenzo.

Lorenzo seguía parado donde Luca lo había dejado.

El carro dobló en la curva y desapareció entre los pinos.

Lorenzo no se movió.

La pelota de Luca estaba en el jardín. Nadie había recordado llevarla.

— — —

Entró cuando el sol bajó lo suficiente para que la sombra de los pinos cubriera la entrada de la casa.

La cocina estaba como la habían dejado — las tazas del almuerzo en el fregadero, el paño de cocina doblado por Elena sobre la mesada, el cuaderno de Marco en la mesa de la sala donde había estado toda la mañana. Lorenzo fue hasta la mesa, se quedó parado mirando el cuaderno sin abrirlo.

Cavalli llamó a las cuatro y media.

— Llegaron bien. Perímetro confirmado en el departamento.

— Bien.

— ¿Algo más?

— No.

Colgó.

La casa en las colinas tenía un silencio diferente al de cuando había llegado — no el silencio de un lugar cerrado, sino el silencio de un lugar vaciado. Había una distinción entre los dos que Lorenzo no había necesitado conocer antes.

Había pasado la noche anterior en esa casa con Elena en la sala y los niños durmiendo en el piso de arriba y la botella de vino a medias y el jardín afuera. Había pasado la mañana con Luca pateando la pelota y Marco en la terraza y Elena en la cocina.

Ahora había una pelota en el jardín que no era suya y un cuaderno en la mesa que no era suyo y un paño de cocina doblado que Elena había doblado por hábito antes de salir.

Lorenzo fue al fregadero. Lavó las tazas que ella había dejado.

No porque fuera necesario. Porque era lo que había para hacer.

Después se quedó de pie en la cocina con las manos húmedas un momento antes de secárselas.

Luca había entrado al carro sin abrazar.

Había dicho para mí sí — y se había ido.

Era la consecuencia más concreta que Lorenzo había recibido desde el día en que había encontrado a los niños por primera vez. No la foto de Ricci, no los movimientos de Cavalli, no nada de lo que operaba en el mundo donde Lorenzo sabía qué hacer.

Un niño de cinco años había entrado a un carro sin abrazar.

Y Lorenzo se había quedado parado donde Luca lo había dejado porque no había nada que pudiera hacer salvo quedarse parado donde Luca lo había dejado.

— — —

A las seis, agarró el abrigo y las llaves.

Antes de salir, fue al jardín. Levantó la pelota de Luca del pasto. Estaba húmeda por el rocío que había empezado a caer con el fin del día. La llevó adentro. La dejó en el rincón de la cocina, donde no estorbaba pero donde cualquiera que entrara la iba a ver.

Después salió y cerró la casa.

Cavalli lo esperaba en el carro. Lorenzo entró. Ninguno de los dos habló en el trayecto de regreso a Milán.

En la curva donde el carro había desaparecido con los niños, Lorenzo miró por la ventana.

El camino de piedra quedó atrás entre los pinos.

— — —

En el camino de regreso a Milán, el teléfono de Cavalli.

— Ricci confirmó el encuentro para mañana. Quiere una dirección neutral — un lugar que no sea de él ni tuyo.

— ¿Él elige o elijo yo?

— Él propone. Tú apruebas o rechazas.

— Dile que apruebo donde quiera. — Lorenzo miró por la ventana hacia la carretera entre los pinos. — Cavalli. ¿Qué nivel de certeza hay sobre lo que quiere negociar?

Una pausa de dos segundos.

— Bajo. Puede ser la salida real o puede ser reconocimiento de terreno.

— Lo sé. — Lorenzo puso el teléfono en el regazo. — Prepara las dos versiones.