Los Gemelos Secretos del Mafioso Italiano (Dinastías de la Mafia Libro 1) Capítulo 20
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Capítulo 20

El martes siguiente, Marco estaba en la ventana a las tres y cuarenta.

Elena lo vio desde la cocina —su hijo menor sentado en el alféizar con el libro en el regazo, los ojos pasando de la página a la calle cada pocos minutos.

Luca estaba en el tapete con los bloques de armar y no había preguntado dónde estaba Lorenzo, lo que significaba que también sabía la hora y estaba manejando la espera a su propia manera.

A las tres y cincuenta y dos, el auto de Lorenzo se detuvo en la calle.

Marco no se movió. Se quedó mirando desde el alféizar con el libro ya cerrado, los ojos en el auto hasta que Lorenzo bajó. Cuando bajó, Marco volvió al libro.

Elena le dio la espalda a la ventana y fue a mover algo en la estufa que no necesitaba que lo movieran.

— — —

Lorenzo había empezado a aparecer los martes y jueves sin que nadie hubiera propuesto martes y jueves.

Había sido algo que se fue acumulando —había recogido a los niños de la escuela un martes porque ella tenía una entrega atrasada, y después un jueves porque Marco había olvidado la mochila y Lorenzo estaba más cerca, y en algún momento las excepciones se convirtieron en calendario.

Los martes se quedaba a cenar. Los jueves no siempre.

Los sábados, el parque —eso sí había sido explícito, Luca lo había negociado directamente con Lorenzo una mañana en que Elena estaba al teléfono y no había podido intervenir a tiempo.

El desayuno era variable. A veces Lorenzo aparecía, a veces no.

Cuando aparecía, Luca ya separaba la taza más grande antes de que se la pidieran.

Marco ya sabía que tomaba el café sin azúcar, algo que había descubierto por observación propia una mañana en que Elena le había puesto azúcar por error y Lorenzo se lo había tomado sin decir nada y Marco lo había visto y nunca más volvió a ponerle azúcar a su taza.

Elena había dejado de intentar mapear cuándo había pasado todo eso.

— — —

Lorenzo entró con la llave. Luca levantó la vista de los bloques.

—Llegaste dos minutos tarde —dijo Luca.

—Tráfico en la avenida central —dijo Lorenzo.

—Deberías salir más temprano.

—Lo voy a considerar.

Luca volvió a los bloques con la expresión de quien registró la respuesta pero se reservó el derecho de retomar el tema más adelante. Marco no levantó la vista del libro, pero su postura cambió un poco —la espalda menos rígida.

Lorenzo colgó el abrigo, fue a la cocina.

—¿Necesitas ayuda?

—No. —Elena señaló la barra sin mirarlo—. Hay café si quieres.

Él tomó la taza. Se quedó apoyado en la barra mientras ella terminaba.

No habló. Ella había notado que él había aprendido cuándo hablar y cuándo no hablar en la cocina —en los primeros días había intentado conversar en el momento equivocado y ella había respondido con monosílabos hasta que él entendió que había un momento específico para eso y un momento que no era ese.

Ahora esperaba.

—¿Pasó algo con lo de Bianchi? —preguntó ella, sin quitar los ojos de la olla.

—Cerré ayer. La empresa fue notificada de que la propuesta no sería considerada.

—¿Por tu abogado?

—Por mi abogado.

—¿Y Ricci?

—Silencio por ahora. —Bebió el café—. Puede durar días o semanas. No hay forma de saberlo.

Elena revolvió la salsa una vez.

—¿Los niños pueden seguir en la misma escuela?

—Por ahora sí. —Lorenzo dejó la taza en el fregadero—. Si eso cambia, te aviso con tiempo.

Ella asintió. Eso había sido una pequeña conquista de las últimas semanas —él avisaba con anticipación. No siempre, pero en las cosas que tenían que ver con los niños, sí. Ella había dejado de tener que pedirlo.

Desde el tapete, Luca anunció que había construido la torre más alta que había hecho en su vida.

—¿Más alta que la semana pasada? —preguntó Lorenzo.

—Mucho más alta. Ven a ver.

Lorenzo fue a ver. Elena se quedó en la cocina escuchando a Luca explicar la ingeniería de la torre con una autoridad que no dejaba espacio para preguntas.

Lorenzo hacía preguntas —las preguntas correctas, ella se había dado cuenta de eso, no fingía interés, preguntaba cosas que de verdad quería saber, y Luca había notado la diferencia y respondía distinto por eso.

Marco llegó desde la ventana sin que nadie lo llamara. Se sentó en la mesa con el libro. No entró en la conversación sobre la torre.

A los cinco minutos, Lorenzo dijo: —¿Por qué no le pusiste soporte aquí?

Luca miró hacia donde él señalaba.

—Porque queda más interesante sin eso.

—¿Más interesante o más arriesgado?

—Las dos cosas —dijo Luca, con total convicción.

Lorenzo se quedó callado un segundo. Después: —Está bien.

Elena escuchó eso desde la cocina y se quedó parada con la cuchara en la mano un momento antes de seguir.

— — —

Cenaron los cuatro. Luca dominó la conversación casi todo el tiempo —había un niño en la escuela que decía saber andar en bici sin manos pero Luca estaba seguro de que era mentira y había desarrollado una teoría de investigación en tres pasos que necesitaba explicar en detalle.

Marco comió en silencio, los ojos yendo de Luca a Lorenzo de a ratos, midiendo algo que Elena no terminaba de descifrar.

Después de cenar, Lorenzo ayudó a llevar los platos —había empezado a hacerlo desde la segunda semana, sin que se lo pidieran, y Elena había dejado de comentarlo porque comentarlo le daba importancia al gesto y darle importancia al gesto complicaba algo que estaba funcionando sin complicaciones.

Cuando los niños fueron a cepillarse los dientes, ella se quedó en la cocina terminando de guardar.

Lorenzo se quedó también.

—¿Vas a ir al evento de la escuela el viernes? —preguntó ella.

—¿Qué evento?

—La presentación de fin de trimestre. Marco tiene que decir algo.

Lorenzo se detuvo.

—Marco tiene que decir algo.

—Tres frases. Las eligió él solo y no quiso que yo las escuchara antes. —Cerró el armario—. Puedes no ir, no es obligatorio.

—Voy a ir.

Ella asintió. Volteó a tomar el paño de cocina y cuando volteó de nuevo Lorenzo la estaba mirando con una expresión que duró menos de dos segundos antes de que él volteara hacia la ventana.

—Elena.

Ella esperó.

—¿Sabes que esto cambió, no? —dijo él.

Ella se quedó mirando su espalda.

—¿Qué?

Él se quedó quieto un segundo. No volteó.

—Todo.

Tomó el abrigo de la silla. Fue hacia la puerta, tocó dos veces en el marco del cuarto de los niños para avisar que se iba, escuchó a Luca gritar algo en respuesta, y salió.

Elena se quedó parada en la cocina con el paño en la mano.

Desde la ventana, la calle allá abajo. El auto de Lorenzo todavía estaba estacionado —podía ver el techo desde la perspectiva del tercer piso. Se quedó mirando hasta que se encendieron las luces y el auto se movió.

Marco apareció en la entrada de la cocina en pijama.

—¿Ya se fue?

—Sí.

Marco miró hacia la ventana, después a ella.

—¿El viernes viene? —preguntó. Casual, los ojos ya yendo hacia otra parte.

—Viene —dijo Elena.

Marco asintió. Volvió a su cuarto.

Elena se quedó con el paño en la mano mirando la entrada vacía de la cocina, el corazón haciendo algo que decidió no examinar de cerca.