Capítulo 60
Mi corazón seguía angustiado cuando Sandro me llevó de vuelta al dormitorio. Habían sido días muy difíciles, pero por fin mis bebés estaban con nosotros y eso me quitaba un peso enorme de encima.
Los gemelos habían cambiado mi vida, me habían hecho pasar por momentos desesperantes, pero sin duda eran lo mejor de mi vida. Ya no podía imaginarme sin ser su madre.
Después de dejar a los bebés en la cuna, Sandro me llevó de vuelta a nuestra habitación.
Sabía que estaba ansioso por un momento a solas conmigo, porque no solo nuestros hijos habían recibido el alta ese día.
Yo también había necesitado un tiempo para recuperarme del accidente y, sobre todo, de la cesárea.
En cuanto oí el sonido de la puerta al cerrarse, vi a Sandro girarse hacia mí y entrecerrar los ojos como un depredador; un escalofrío me recorrió la espalda y me hizo estremecer.
—Estaba deseando estar a solas contigo.
—Estaba pensando en eso.
—Ah, sí...
Asentí con la cabeza.
Sandro dio unos pasos hacia mí y pensé que iba a agarrarme, pero, en lugar de eso, se arrodilló, pillándome completamente por sorpresa.
—Tenía pensado hacerlo aquella noche, pero luego pasó todo aquello y pensé que solo necesitabas que te acogieran sin ninguna presión, así que estaba esperando el momento adecuado. Pensé en llevarte a salir otra vez, pero me pareció mejor que fuera en un lugar seguro. Aquí...
—Sandro... —Empecé a balbucear su nombre incluso antes de que metiera la mano en el bolsillo y sacara una cajita de terciopelo.
—Agda, ¿quieres casarte conmigo?
—¿Lo dices en serio? —Me estremecí, tomada por sorpresa, pues ya me había convencido de que él nunca haría algo así.
—¿Acaso soy un hombre de bromas?
Negué con la cabeza.
—Entonces...
—¡Sí! ¡Por supuesto que sí! Tengo muchas ganas de casarme contigo.
Con una amplia sonrisa, se levantó y me dio un beso, mientras me ponía el anillo en el dedo.
—¡Te quiero!
—Yo también te quiero... —Suspiré.
Volvió a besarme, pero esta vez no había nada de calma. Su lengua se entrelazó con la mía y mi cuerpo se estremeció cuando sus pesadas manos me rodearon la cintura y presionaron mi piel, mientras me empujaba contra la pared.
Solté un gemido bajo, intentando controlarme, cuando sus dientes rozaron mi labio inferior y la excitación creció aún más en mí, avivando aún más el latido entre mis piernas.
Estaba ansiosa por más y él no dudó en complacerme mientras sus manos subían por mis muslos, acariciaban mis nalgas hasta llegar a mi blusa y la subían.
No tuve más remedio que levantar los brazos y dejar que me quitara la prenda, tirándola al suelo antes de bajar con la boca hacia mi cuello, dejándome besos y chupetones que solo me excitaron aún más.
Su boca se deslizó de mi cuello hacia la curva de mis pechos, recorriendo el camino con besos y mordiscos, dejando un rastro húmedo que me provocaba escalofríos.
—Sandro... —jadeé, echando la cabeza hacia atrás y golpeándola contra la pared.
—Shhh... —murmuró mientras sus dedos gruesos y hábiles abrían rápidamente la cremallera de mis pantalones y me los bajaban junto con las bragas.
Me estremecí, delirando, en el momento en que se acomodó entre mis muslos y empezó a lamerme. Clavé las uñas en la pared, sujetándome para no retorcerme cuando su lengua se abrió paso entre mis labios mayores y empezó a bailar sobre mi clítoris, desencadenando una gran ola de placer.
Sus dedos apretaron mis muslos y subieron hasta mi cintura. No pude contener el gemido en cuanto me volvió aún más loca con su boca. El placer fue creciendo en espiral, loco, enloquecido, hasta que se desintegró en miles de partículas que dejaron mi sangre hirviendo.
Ni siquiera me había recuperado cuando Sandro se quitó los pantalones y volvió a agarrarme.
Mi mundo aún daba vueltas en el instante en que mi espalda chocó contra la pared y mis piernas envolvieron su cintura.
Entró en mí profundamente y de un solo golpe.
Dejé escapar un gemido al sentir algo de dolor, pues había pasado mucho tiempo sin sexo y aún me estaba recuperando.
Sin embargo, no tardó en volver la sensación de placer.
Sentía ese cuerpo viril, masculino y lleno de músculos presionándome contra la pared, lo que hacía que el sexo fuera aún más delicioso.
En medio de todo ese delicioso vaivén contra la pared, noté cómo se tensaban sus músculos y él llegaba al clímax; sin embargo, en lugar de parar, Sandro me llevó hasta la cama y siguió moviéndose sobre mí hasta que alcancé un segundo orgasmo.
Me estaba recuperando mientras él me depositaba besos en el cuello y los pechos.
A pesar de todo lo que había pasado y de los momentos que más parecían pesadillas, no quería estar en ningún otro lugar que no fuera entre sus brazos y sabía que sería así para siempre.