Los gemelos rechazados por el mafioso (Cártel Velázquez 1) Capítulo 52
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Capítulo 52

Aunque no había mucho que pudiera hacer, en el fondo comprendía sus quejas e imaginaba que debía de ser muy angustioso dejar toda su vida atrás y empezar a vivir en otro país.

Sin embargo, si quería mantenerla a ella y a mis hijos a salvo, no había otra opción que mantenerlos donde pudiera vigilarlos constantemente.

—No tengo a nadie... —murmuró en voz baja.

—Te equivocas.

Ella retrocedió ante mi respuesta, encogiéndose como si no esperara que yo dijera algo así.

Agda empezó a negar con la cabeza, pero le sujeté cada lado de la cara con mis manos y hice que me mirara fijamente a los ojos.

—Me tienes a mí.

Sus ojos se abrieron aún más, dejando patente su total sorpresa.

—¿Me tienes?

—Sí, me tienes. Estoy aquí mismo.

—¿Protegiéndome?

—Más que eso.

Sabía lo que mis palabras podían significar y sonaban confusas incluso para mí, pero me daba cuenta de que mi hermano podría tener razón en lo que respecta a Agda y todo lo que la rodeaba.

Había pensado que podría traerla a casa sin que ello tuviera ninguna consecuencia en mi vida personal, pero ya había quedado más que claro que no podía ser así.

—Sandro... —comenzó a murmurar, pero antes de que dijera nada, me incliné hacia ella y acorté la distancia entre nuestros labios.

Era hora de recordar las lecciones de mi padre y empezar a asumir las consecuencias de mis actos.

En el momento en que me acosté con esa chica y la dejé embarazada, la arrastré a mi mundo y tenía que cuidar de ella.

Sus labios suaves, con sabor a lágrimas, se entreabrieron, dejando que mi lengua se deslizara y se encontrara con la suya. Fui intensificando el beso cuando la agarré por la cintura y la atraje hacia mi regazo, hasta sentarla frente a mí.

Por mucho que su barriga hubiera crecido considerablemente, aún no era lo suficientemente grande como para impedir que nos quedáramos en esa posición.

Subí con las manos por su nuca, enredando mis dedos en su cabello castaño y suave mientras mordisqueaba su fino labio; el beso se volvió más hambriento y aceleró aquella deliciosa búsqueda de su sabor.

Sus delicadas manos recorrieron mis hombros hasta que sus brazos envolvieron mi cuello, mientras los míos bajaban hasta su cintura y le subían la camiseta. Agda se vio obligada a levantar los brazos mientras yo empezaba a desnudarla.

Arrojé su blusa a los pies de la cama antes de agarrar su cintura y girar su cuerpo, tumbándola frente a mí sobre el colchón. Cuando mis dientes encontraron su cuello, ella reaccionó, estremeciéndose y agarrándome del pelo.

Mis manos recorrían la parte inferior de su cuerpo, liberándola de los pantalones cortos y las braguitas mientras mi boca trazaba el contorno de su cuello, dejándole chupetones y mordiscos y disfrutando del sabor dulce y la suavidad de su piel.

Ella dejó escapar un gemido que ahogué con mi boca mientras le bajaba las bragas de un tirón y la dejaba solo en sujetador. Entrelacé mi lengua con la suya mientras mis dedos exploraban su sexo, buscando el punto que la hacía retorcerse debajo de mí.

Mordí, besé y devoré sus labios al introducir un dedo en ella, sintiendo cómo su humedad lo empapaba y las contracciones de su canal lo envolvían.

Noté que Agda se esforzaba por no gemir, pero sus ojos se ponían en blanco y su cabeza se hundía más en la cama mientras el placer le recorría el cuerpo.

Con el dedo aún dentro de ella, empecé a bajar con la boca, usando mis dientes y la mano libre para quitarle el sujetador.

Los pechos también se estaban haciendo más grandes y chupé cada uno de ellos, endureciendo aún más los pezones.

Recorrí el valle entre ellos con la lengua y seguí bajando hasta encajar la cabeza entre sus muslos.

Agda se retorció aún más, clavando las uñas en la colcha cuando le lamí el clítoris, llenándome la boca de su sabor. Saqué el dedo de dentro de ella, sustituyéndolo por mi lengua y agarrando la parte interna de sus muslos, manteniéndolos bien abiertos mientras la chupaba, lamía y penetraba.

—Sandro... —murmuró mi nombre sin poder contenerse. —Ah...

—Shhh...

—¡Oh, Dios mío! —Se retorció, intentando involuntariamente cerrar los muslos, pero hundí aún más el dedo en su piel, manteniéndola abierta para mí.

Seguí metiéndole la lengua hasta que se derrumbó y sus suspiros y jadeos me indicaron que había llegado al clímax. No esperé a que se recuperara antes de darle la vuelta en la cama; mis manos se hundieron en sus nalgas y le levanté la cadera, poniéndola a cuatro patas frente a mí.

Me aparté solo para desabrocharme los pantalones, bajándolos junto con los calzoncillos, y apoyé una rodilla sobre el colchón, agarrándola de nuevo y tirando de ella hacia mí.

Con las manos en ese culo precioso y perfectamente redondo, la penetré hasta sentir el fondo y fue mi turno de contener los gemidos cuando su canal deliciosamente húmedo me envolvió.

Agda giró la cabeza para mirarme y yo empecé a moverme, sintiendo cómo sus contracciones me envolvían con cada embestida. Saqué una de las manos de su nuca y le tiré del pelo, levantándola por la coleta para poder ver cómo sus pechos se balanceaban con cada golpe de mi cuerpo.

En una búsqueda desesperada de mi propio clímax, la penetré cada vez más rápido y con más ímpetu, deteniéndome solo cuando mi chorro la llenó. Di unas cuantas embestidas más, disfrutando de las últimas gotas de placer antes de apartarme.

—Esto es injusto —murmuró ella, rodando por la cama y girándose hacia mí, despertándome las ganas de volver a empezar. Sin duda tendrían que cambiarle las sábanas después de aquella tarde.

—¿Por qué injusto? —Me incliné hacia ella, hundiendo las rodillas en el sofá mientras avanzaba hacia ella.

—No puedo gemir.

Esbocé una amplia sonrisa antes de morderle el labio inferior y tirar de él hasta que chasqueó.

—¡Ay! —dio un gritito.

—A mí me parece un gemido —me burlé.

—Me has entendido. —Se quedó seria, con el rostro impasible.

—Entendido. —Me acomodé entre sus muslos y volví a penetrarla—. Quieres que todos lo sepan.

—No creo que sean tan tontos. —Se le sonrojaron las mejillas.

—Entonces no hace falta que te contengas.

—No hace falta que sea tan evidente.

Me reí y ella se retorció cuando la penetré aún más profundamente.

—Te llevaré a algún lugar donde no tengas que preocuparte.

—¿En serio?

Asentí con la cabeza.

—Pero será otro día. —Volví a moverme y nos perdimos en las sensaciones.