Capítulo 39
Subí las escaleras hasta el despacho de mi hermano y lo encontré de espaldas, mirando a la nada, y se giró sobre sus talones para mirarme al oírme entrar.
—¿Cómo está ella?
—No muy bien... —dije mientras metía las manos en los bolsillos y sacaba pecho.
—¿Pero se va a poner bien?
—¿Sinceramente?
Miguel asintió con la cabeza.
—No tengo ni idea.
—Lo siento.
—No es que eso vaya a arreglar las cosas.
—Tienes razón. —Se encogió de hombros—. ¿Qué crees que deberíamos hacer ahora?
—Encontrar a esos malditos bastardos y acabar con ellos.
—Entonces pensamos igual. No van a dejar de perseguir y amenazar a nuestra familia hasta que los destruyamos. Esta vez, sin dejar a nadie con vida para que no puedan volver.
—Estoy de acuerdo.
—Pon a nuestros hombres a ello.
Asentí con la cabeza.
—Ahora tengo que encontrar un médico para que la examine.
—¿Crees que le habrá pasado algo al bebé?
—No lo sé. —Tenía que ser honesto conmigo mismo y aceptar que esa era la realidad, por mucho que me hiciera sentir culpable.
—Espero que no.
—Yo también. —Hice una breve pausa, sacando las manos de los bolsillos y cruzando los brazos mientras seguía mirando a mi hermano—. Si la hubiera protegido antes...
—No sirve de nada lamentar lo que no hiciste.
—Pero...
—Ocúpate de lo que puedas resolver, Sandro. Ya tenemos suficientes problemas como para estar dándole vueltas a los errores del pasado.
No me quedó más remedio que asentir.
—Lo importante es que está viva. Un poco traumatizada, supongo, pero viva.
—Sí.
—Ve a buscar al médico, del resto nos ocuparemos después.
—Gracias. —Asentí brevemente con la cabeza a mi hermano antes de salir de su despacho.
Miguel tenía razón, había demasiados problemas en el presente como para que me quedara dándole vueltas al pasado.
Había rechazado la idea de ser padre, había abandonado a Agda a su suerte y eso había culminado en su secuestro y su casi muerte, pero lo único que podía hacer era protegerla en ese momento en que estaba bajo mi cuidado.