Los gemelos rechazados por el mafioso (Cártel Velázquez 1) Capítulo 37
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Capítulo 37

Miguel se alejó conduciendo mientras nuestros hombres en el helicóptero nos cubrían la retirada.

Aún sentía el impacto de la bala en la espalda, por mucho que el chaleco me hubiera salvado la vida.

No era ninguna sorpresa que me hubieran disparado.

Sabía muy bien que querían matarme y que por eso habían secuestrado a Agda; sin embargo, por suerte, había logrado escapar de aquello relativamente ileso.

En el asiento delantero del minúsculo deportivo de mi hermano, la sostenía en mi regazo, pero estaba tan encogida que parecía aún más frágil y pequeña. Su pánico era evidente y ni siquiera me molesté en preguntarle.

Si había sido duro para Paola, que sabía cómo funcionaba ese mundo, para Agda seguramente era aún peor.

—¿Seguro que estás bien? —Miguel estaba preocupado por mí y, en su lugar, yo habría reaccionado igual.

—Ya hemos pasado por cosas peores.

Me miró durante una fracción de segundo y asintió con la cabeza antes de pisar aún más a fondo y acelerar hacia nuestra casa.

El sonido del helicóptero sobre nosotros me aseguraba que nuestros hombres nos seguían para garantizar nuestra seguridad. Al fin y al cabo, nuestros enemigos deberían haber sido más listos y haber supuesto que tendríamos un plan para no acabar muertos.

No estábamos en el poder por ser imprudentes. Había muchas lecciones que mi padre nos había enseñado y esa era una de las más importantes.

En cuanto aparcamos en el garaje de casa, lo que me pareció una eternidad después, por fin pude volver a respirar.

Abrí la puerta del coche e intenté que Agda se pusiera de pie fuera, pero se tambaleó y acabó cayendo sobre mí, como si no tuviera fuerzas ni para sostener el peso de su propio cuerpo. No podía estar seguro de lo que le habría pasado, pero estaba desnutrida y deshidratada.

—Vamos a entrar. —La mantuve envuelta en mis brazos y la llevé al interior de la casa, sentándola en el sofá del salón antes de abrirme la camisa y quitarme el pesado chaleco antibalas que me molestaba.

Ella tenía los ojos muy abiertos, pero permanecía en silencio, emitiendo solo sonidos de sollozos y suspiros. Los ojos rojos e hinchados indicaban que había llorado mucho.

—¿Cómo estás? —En cuanto la pregunta salió de mi boca, me arrepentí de haberla hecho. Era obvio que no estaba bien.

—¡Miguel! ¡Sandro! —Alma entró corriendo en la sala seguida de Paola y se detuvo frente a Agda. Mi hermana menor miró fijamente a la brasileña antes de hablar: —¿Esta es la chica?

Asentí con la cabeza.

—No tiene buen aspecto.

—Porque no lo está.

—Señor... —Guadalupe apareció detrás de mí y la interrumpí antes de que terminara la frase.

—Trae agua y algo para que coma.

—Sí, señor.

Agda se limitó a quedarse mirándome, inmóvil en el sofá. Sus ojos muy abiertos no parecían suficientes para tranquilizarme.