Capítulo 19
Intenté acercarme despacio; sin embargo, antes de que llegara lo suficientemente cerca, Paola se giró de golpe, dejando claro lo alerta que estaba. No podía esperar menos de ella después de lo que había pasado.
—Hace un día precioso ahí fuera, ¿sabes? —comenté con una sonrisa mientras ella me observaba con atención.
De hecho, era un día precioso, pero mi hermana estaba sentada en el escalón de la cocina, observando la habitación sin decir nada, mientras Guadalupe preparaba nuestro almuerzo.
—Estoy bien aquí. —Se movió, tirando del dobladillo del vestido para acercarlo a las pantorrillas, incómoda con el saludo.
—Supongo que sí. —Intenté mantener un aire relajado porque no quería que se sintiera incómoda.
—¿Qué estás escondiendo? —Estiró el cuello, tratando de ver lo que llevaba a la espalda.
—¿Que yo estoy ocultando algo? —Fingí no entender.
—¡Sandro!
Me eché a reír y ella me devolvió la sonrisa.
—¡Enséñamelo!
—¿Seguro que quieres saberlo? —La miré con firmeza y mi hermana se encogió, demostrando que se había asustado.
No era mi intención asustarla, así que cogí la caja y se la puse en el regazo.
Levantó la solapa de papel y miró bien dentro, esbozando una amplia sonrisa al instante.
—¡Churros!
—Sí. De esa cafetería que tanto te gusta.
—No me lo puedo creer. —Se quedó boquiabierta.
—Puedes creerlo.
Paola volvió a sonreír, lo que iluminó la habitación y me alivió el pecho.
—Papá siempre decía que no podemos comer el postre antes de la comida.
—Él no está aquí. —Me encogí de hombros—. Si tú no se lo cuentas, te juro que yo tampoco.
—¿Lo juras?
—Me llevé los dedos a la boca, como si hiciéramos un pacto, y ella sonrió aún más, casi recordándome la época en que éramos niños y los problemas parecían mucho menores.
Paola cogió uno de los minichurros y se lo metió en la boca, masticando con la expresión de quien come lo más sabroso del mundo.
—¿Está bueno?
—¡Divino!
—Me alegro.
—¿No quieres uno? —Levantó la caja y me la ofreció.
—Ahora no.
—¿Quieres que te lo guarde?
—¿Por qué no vamos a por más luego?
—¿A la cafetería? —De repente, la sonrisa que se dibujaba en su rostro desapareció como si la hubieran borrado.
—Sí.
—Mejor no.
—Paola...
—No quiero salir de casa.
—Todo va a salir bien, Paola. —Me incliné hacia ella para tocarle el hombro, pero se apartó de un tirón, alejándose de mí.
—¡No! —El grito fue agudo y estridente.
—¡Paola!
—Déjame en paz, Sandro. —Se levantó, dejando la caja de churros en el suelo, y salió corriendo hacia las habitaciones.
Me giré con la intención de seguirla, pero Miguel apareció de repente en mi campo de visión.
—¿Está bien? —Frunció el ceño mientras intentaba comprender qué acababa de pasar.
—Desde luego que no.
—¿Hay algo que podamos hacer?
—¿Aparte de matar a esos desgraciados? No lo sé...
—Ya lo veremos, pero tendrá que esperar, te necesito ahora.
—¿Qué pasa?
—Unos héroes de la DEA que necesitan aprender una lección.
—¿Qué quieres que haga?
—Puedes divertirte.
Esbocé una sonrisa sombría y Miguel se limitó a asentir con la cabeza.
La DEA era un departamento estadounidense encargado de combatir el tráfico de narcóticos hacia Estados Unidos. Aunque no estaban oficialmente vinculados a la policía ni a las autoridades mexicanas, eran una constante piedra en el zapato, ya que su país albergaba a nuestros principales consumidores.
La droga que producíamos allí llegaba a toda América, pero principalmente a Estados Unidos. Teníamos muchos aliados poderosos por todo el país que no querían que se interrumpiera el suministro. Sinceramente, sabíamos que eso nunca ocurriría.
Donde hay demanda, el mercado siempre llega.