Los gemelos rechazados por el mafioso (Cártel Velázquez 1)
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Capítulo 1
—Señor. —El auxiliar de vuelo colocó una bandeja delante de mí con un chupito de tequila, una rodaja de limón y una pizca de sal.
Asentí con un movimiento de cabeza y esperé a que el auxiliar se alejara antes de dar un sorbo a mi bebida.
Mordí el limón y sentí cómo el amargor se mezclaba con el ardor del tequila al bajarme por la garganta.
—¿Ha empezado pronto la fiesta, Sandro? —murmuró Joaquim a mi lado.
La sombra que me seguía desde que tuve fuerzas suficientes para andar por mi cuenta. Solía ser un guardaespaldas, pero a medida que crecí y pude valerme por mí mismo, acabó convirtiéndose más bien en un grano en el culo.
—Estoy de vacaciones.
—Deberías estar en casa con tus hermanos.
—Entonces, ¿por qué no te quedaste allí? —Me acomodé en el asiento del avión y miré hacia fuera. El cielo estaba muy nublado, lo que hacía imposible ver lo que quedaba abajo.
—Tu padre...
—Mi padre está en la cárcel y lo bastante lejos como para no dar órdenes. Y, además, ya soy mayorcito para no necesitarte.
—Por mucho que hayas crecido, Sandro, tu familia tiene suficientes enemigos como para que nunca bajemos la guardia.
—Lo sé. —Me encogí de hombros, sin prestarle atención a la misma cantinela de siempre.
Me había tomado unas vacaciones de México, de Sinaloa y de todo lo que me vinculaba a mi familia. Durante un tiempo podría estar en paz, o al menos eso quería creer.
Desde que mi padre y sus socios formaron el cártel en la década de los ochenta, cuando yo ni siquiera había nacido y mi hermano tenía poco más de dos años, creó un imperio muy lucrativo, pero condenó a toda la familia a una vida en las sombras.
No es que me quejara, me gustaba involucrarme en los negocios y ser la mano derecha de mi hermano, que se había hecho cargo de todo tras el encarcelamiento de nuestro padre hacía tres años.
Pero, de vez en cuando, no estaba de más dejarlo todo atrás y fingir que la vida podía ser mucho más sencilla. Cada vez que deseaba hacerlo, me escapaba a Brasil y pasaba un tiempo con mi tía y mis primos.
Ella, Madalena Velásquez, que no estaba muy de acuerdo con los métodos poco ortodoxos de su hermano, se había distanciado de él, se había marchado de Sinaloa y se había ido a Cancún, donde acabó conociendo a un rico empresario brasileño, con quien se casó.
Llevaba una vida tranquila en São Paulo y no hacía preguntas sobre mi padre, pero yo estaba seguro de que sabía lo de la cárcel.
Aunque yo no era su persona favorita, mi primo Pedro, su único hijo, se esforzaba por mantener el contacto conmigo y siempre me invitaba a visitarlo, invitaciones que, en la mayoría de los casos, no rechazaba.
Pasar un tiempo en Brasil solía sentarme bien y, siempre que no sacara a relucir temas relacionados con el cártel, mi tía me recibía bien. Ella no quería que arrastrara a su hijo a ese mundo y yo no tenía ninguna intención de hacerlo.
—Señor, hemos llegado. La torre nos ha dado autorización para aterrizar —avisó el auxiliar de vuelo.
Asentí con la cabeza antes de volverme hacia Joaquim.
—Será mejor que te abroches el cinturón.
Me dedicó una sonrisa que más bien parecía una mueca y se acomodó antes de que el avión privado en el que viajábamos iniciara los procedimientos de aterrizaje.
En cuanto el avión aterrizó, esperé a que el auxiliar de vuelo abriera la puerta y fui el primero en bajar.
El sol estaba alto en el cielo y el día completamente despejado, pero la sensación en mi piel era de frescor, porque la temperatura solía ser más baja que en mi ciudad natal, igual que la humedad del ambiente.
Miré a mi alrededor y vi la pista de aterrizaje del hangar donde nos encontrábamos, y esperándonos estaba un viejo conocido de una empresa de alquiler de vehículos de lujo. Con una postura firme y vestido con un traje impecable, esbozó una sonrisa al verme.
Detrás de él, sin embargo, había algo que me llamó aún más la atención: un Camaro amarillo. Era un coche nada discreto que aún formaba parte de una broma recurrente entre los brasileños. La ventaja era que allí podía pasar simplemente por un playboy presumido y pasar desapercibido.
—Señor Sandro.
—Mariano, puntual como siempre.
—Por supuesto, señor. —Sacó pecho con aire de confianza.
—¿Dónde está la llave? —Extendí la mano esperando a que me la entregara.
—Aquí.
Se la cogí de la mano y la lancé al aire, animado, antes de pasar junto a él y dirigirme al vehículo que estaba justo detrás para sentarme al volante.
Tenía varios juguetes de esos en el garaje de la mansión de mi familia; sin embargo, no tenía tanta libertad para conducir como cuando estaba allí.
Arranqué el coche en cuanto Joaquim se acercó a la puerta del copiloto, pero no la desbloqueé.
—¡Sandro!
—Pide un Uber.
—San... —Su grito quedó ahogado por el chirrido de los neumáticos.
Joaquim siempre estaba pegado a mí, pero allí me gustaba sentirme libre, por mucho que el resto de mi familia no estuviera de acuerdo con eso.
Miguel, mi hermano mayor, no paraba de decir que si yo podía salir de los límites de nuestro territorio, nuestros enemigos también, pero no creía que con ese viejo guardaespaldas estuviera más seguro.
Podía cuidar de mí mismo.
Aceleré aún más al incorporarme a una autopista y seguí hasta la casa donde vivían mi tía y su familia. El tráfico en São Paulo era bastante malo y, a pesar de mis zigzagueos, tardé casi una hora en ir desde la terminal de aviación ejecutiva del aeropuerto internacional hasta la urbanización.
Al pasar por la caseta de seguridad de la entrada, bajé la ventanilla y aspiré el aire cargado de la ciudad; en ese momento me pareció el más fresco del mundo. Me encantaba saborear esa libertad.
Avancé por las calles de la urbanización hasta llegar a la puerta de entrada. Mi tía creía que vivir en un lugar tan seguro bastaba para dejar los problemas fuera. Ojalá fuera tan sencillo. Para ella quizá lo fuera, ya que nunca había sido un objetivo.
Crucé el portón automático, detuve el coche a la entrada del garaje y, en cuanto bajé, Pedro ya se estaba acercando. Mi primo era unos siete u ocho años más joven que yo, pero, aparte de mis propios hermanos, era una de las personas más cercanas que tenía en Brasil.
—¡Sandro!
—¡Pedro! —Le estreché la mano a modo de saludo y lo atraje hacia mí con un fuerte abrazo.
No tenía ni de lejos la misma complexión física que yo; era delgado y algo enclenque. Pedro dio unos pasos tambaleantes antes de acercarse lo suficiente.
—Te he echado de menos, chico.
—En portugués, por favor.
—Te he echado de menos, chico. —Me reí—. ¿Sigues saltándote las clases de español? —bromeé con aire despreocupado.
—Su padre prefiere que domine el inglés.
Levanté la cabeza, mirando por encima del hombro de Pedro y viendo a mi tía acercarse detrás de su hijo.
A pesar de presumir de no beneficiarse ni con un céntimo de la vida criminal de su hermano, Madalena no llevaba una vida miserable.
Se había casado muy bien con un empresario que le garantizaba todas las comodidades que una mujer pudiera desear.
Aunque se acercaba a los cincuenta años, seguía siendo muy guapa y se cuidaba muchísimo, con un brillante cabello castaño claro y una piel morena y tersa.
Podía apostar a que los tratamientos estéticos tenían mucho que ver con ello.
—El español también es un idioma muy influyente en el mundo —aseguré en un tono más relajado; no estaba allí para provocarla y quería que mi estancia fuera tranquila.
—Paso a paso, tío. —Pedro se encogió de hombros y el ambiente se volvió aún más distendido.
—¡Deja de ser tan vago! —bromeé—. A tu edad yo ya hablaba unos cuatro idiomas.
—No necesito todo eso.
—¿Y cuando tengas que hacerte cargo de los negocios de tu padre?
—Contrataré a intérpretes —dijo, convencido de haber propuesto la mejor idea del mundo, y yo me limité a reír.
Puede que mi tía no fuera la mayor admiradora de su hermano, pero mi padre siempre se había preocupado por una cosa: asegurarse de que estudiáramos.
A menudo decía que era crucial que fuéramos inteligentes y tuviéramos conocimientos para que no nos tomaran el pelo; eso incluía, sobre todo, poder comunicarnos, por lo que, además del español, que era nuestra lengua materna, yo hablaba inglés, portugués y mandarín, y sabía algo de japonés, alemán y francés.
—Entremos —dijo mi tía, dando por zanjado el tema—. Van a servir la comida y supongo que tendrás hambre después del largo viaje.
—¡Por supuesto! Y echo de menos la comida brasileña.
—Ven. —Pedro se esforzó por pasarme el brazo por los hombros y empujarme dentro—. Pero espera a ver lo que he preparado para mañana —me susurró al entrar en la casa moderna y bien iluminada.
—¿Ah, sí? —Fruncí el ceño.
—Sí. Universitarias...
—Parece que mi visita a Brasil va a merecer la pena —bromeé.
—Puedes estar seguro —se jactó mi primo.
Mis vacaciones serían un buen momento para divertirme y desconectar de la sombra de mi familia.