Los deseos oscuros del doctor (La Disciplina de Papi nº 8) Capítulo 10 Dr. Hudson
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Capítulo 10 Dr. Hudson

La ayudo a bajar de la camilla.

Me gusta cómo se aferra a mí, desequilibrada por el peso inesperado que lleva dentro.

Me gusta aún más cómo le sobresale el vientre, como si acabara de empezar a notársele el embarazo.

Quiero preñarla cuanto antes. Pronto, mi preciosa pequeña estará embarazada, descalza y obedeciendo todos mis caprichos.

Se ha adaptado a esta rutina de limpieza y a los leves toques de disciplina doméstica con una facilidad asombrosa, casi sin quejarse.

El agente, Steven, tenía toda la razón cuando me dijo que es deliciosamente inocente e incluso un poco ingenua. Es perfecta para doblegarla a mi voluntad.

Todos los deseos que he tenido que ocultar, todas las necesidades que han hecho que otras mujeres se alejaran de mí, todas las cosas con las que he fantaseado en secreto, cuando mis pacientes dormían... eso se acaba ahora.

Por fin he encontrado una chica que considera perfectamente normal que la llenen con un enema espeso y cremoso y la exhiban para mi placer.

Y esto es solo el comienzo.

Si acepta todo esto con tanta naturalidad, ¿hasta dónde puedo llegar con esta chica? Lo bastante lejos como para ser feliz el resto de mi vida, decido.

Decido hablar con ella sobre el futuro esta noche. Quizás podamos adelantar la boda. Así estará atada a mí para siempre. Y podré preñarla de inmediato.

Hablaré con las autoridades y les expondré mis razones para casarme con ella antes. Al fin y al cabo, no me dirán que no. Sin personal médico, los Pueblos Pioneros simplemente no pueden funcionar.

¿Y cuántos médicos están dispuestos a venir a lugares como este? Sé que soy un caso especial. Pero no puede haber muchos por ahí con mis circunstancias particulares.

Contemplo a Jessica. Luego hago que se levante el camisón para mostrar ese delicioso bulto.

Me obligo a fruncir el ceño y a parecer severo, recordando que dije que la castigaría. Tengo que cumplir. Es una regla esencial del Manual. Todos los castigos deben completarse íntegramente y en el momento oportuno.

Cojo un par de pinzas, le recojo el camisón y lo sujeto de modo que quede colgando a la altura del pecho, cubriendo esos dulces senos pero dejando el abdomen y todo lo demás al descubierto. Está adorable: nerviosa, insegura, pero sin quejarse.

Incluso sigue aferrándose al pequeño peluche que le compré. Está claro que lo atesora, y parece aún más adorablemente inocente con él en la mano.

Le acaricio el vientre hinchado, presionando esa plenitud.

Jadea. —¡Oh, no! Podría salirse. No puedo retenerlo —dice con ansiedad.

—No te preocupes. No puede salir hasta que yo lo diga. No lo liberaré hasta que estemos listos. —Le froto el vientre de nuevo, disfrutando de esa sensación de plenitud.

La llevo a la zona de ducha. Ya tengo correas sujetas a la mampara resistente. Las he probado y ajustado a su altura y peso. La preparación es clave para obtener buenos resultados.

Dejo el peluche a un lado.

Le levanto las manos por encima de la cabeza, agarrándole las dos delgadas muñecas con una sola mano.

Tiro de ellas hacia arriba, obligándola a estirarse. Luego paso la correa de cuero alrededor de sus muñecas y queda medio suspendida, apenas capaz de mantenerse de puntillas.

Se tambalea, pero las correas la mantienen en su sitio. —¿Qué estás haciendo? ¿Por qué estoy atada? —pregunta, visiblemente preocupada.

Podría decirle la verdad. Podría decirle que me excita verla tan indefensa, que me encanta verla forcejear contra sus ataduras con el vientre lleno y dolorido, sabiendo que está avergonzada y sufriendo, y sin embargo completamente obediente.

Pero en lugar de eso, la miro con severidad. —Te has ganado varios castigos menores. Papá no olvida cuando has sido desobediente o has cuestionado lo que no debías. Siempre te corregiré cuando sea necesario. Es la única forma de que aprendas.

Parece preocupada y quiero consolarla, decirle que estoy fingiendo, que no estoy enfadado con ella y que solo voy a «castigarla» porque me excita, no porque haya hecho nada malo.

Pero resisto la tentación de tranquilizarla. Necesito establecer mi autoridad, sobre todo en estos primeros días.

Se echa hacia atrás y se apoya contra la pared de azulejos.

Pronto encenderé la ducha y dejaré que expulse el litro de crema sensibilizante que lleva dentro y lo lave todo, y luego disfrutaré de su trasero suave, limpio y sensibilizado.

Pero todavía no.

No hasta que me haya divertido aún más castigándola.

Me cambio los guantes y preparo más lubricante sensibilizante. Ya obró maravillas en su clítoris y sé que también estará haciendo su magia médica en su trasero.

Saco más instrumental de mis armarios.

Sé exactamente lo que quiero usar. Es una pequeña bomba de succión, lo bastante pequeña para encajar sobre un clítoris travieso y volverlo aún más sensible y atractivamente hinchado.

Humedezco el borde de la pequeña copa de plástico, cubriéndolo con lubricante, pero cuando bajo la mano y le separo los labios del coño, veo que no hacía falta.

A pesar de lo que le he hecho, o quizá precisamente por ello, esta pequeña necesitada ya está empapada.

Tiene el coño resbaladizo de flujos y los labios internos le brillan de forma invitadora. Pero es con su clítoris con lo que quiero jugar y al que quiero castigar ahora.

Froto la zona, cubriéndola generosamente de lubricante, y luego deslizo la copa de la bomba entre sus labios y sobre el clítoris. La presiono con fuerza contra ella y aprieto la pera rápidamente.

Extrae todo el aire y crea un vacío que le succiona el clítoris con fuerza.

Grita de sorpresa y me mira suplicante, pero ha aprendido lo suficiente como para no cuestionarme.

Aprieto la pera de nuevo y el clítoris emerge de su escondite como un pequeño pulgar que sobresale, se hincha y adquiere un tono maravillosamente rosado.

—¿Qué me estás haciendo? —gime, claramente incapaz de contenerse.

—Te estoy preparando para el castigo que te has ganado. Ahora, recuerda llamarme Papá y quizá acabe rápido contigo.

Libero la presión, le quito la bomba y le froto rápidamente el clítoris hinchado con mis dedos resbaladizos, cubiertos de lubricante.

Suelta un grito de sorpresa, pero no me detengo. Es tan placentero tocarlo cuando está así de grande e hinchado.

—¡Oh, papi! —exclama con los ojos muy abiertos.

—¿Te gusta, nena? —pregunto mientras sigo acariciando su clítoris hinchado con los dedos enguantados.

Gime antes de reconocerlo. —Sí, papi, sí, me gusta.

Sonrío, satisfecho conmigo mismo. Con el enema dentro, atada, con el clítoris hinchado, y aún así lo está disfrutando. Es el juguetito perfecto.

Asiente con expresión feliz, pero un segundo después hace una mueca.

—¡Calambres!

Sonrío. Está llena. Le dan calambres. Pero necesita su castigo.

Y también necesita placer, si quiero seguir el manual de adiestramiento y enseñarla a disfrutar de este proceso.

Vuelvo a bombear su clítoris, con más agresividad esta vez, deleitándome con cómo se ve cuando la succión lo extrae, hinchado, dispuesto y ávido de mis caricias.

Los castigos y los placeres alcanzan su máximo esplendor cuando se combinan, y si la adiestro como es debido, mi pequeña nena acabará suplicando que la llenen, la aten, la bombeen, la provoquen y la azoten hasta hacerla correrse... y esto es solo el comienzo.