31.- ELECCIONES QUE HACER
ANGELO
Franco habla a mi costado, repitiéndome cosas que ya sé.
—Deja de hablar —pido casi en un quejido—. O harás que termine de perder la cabeza.
—Solo quiero asegurarme de que sabes todo lo que debes hacer —dice.
—No eres el único abogado aquí.
Me toma del brazo, deteniendo mi andar.
—Hoy, ahora, en esta sala —dice y señala las puertas de madera—. Yo soy el abogado y tú un cliente, un hombre que quiere a sus sobrinas. Olvida las formalidades legales y muéstrate como lo que eres, un tío que adora a sus niñas.
Sonrío de medio lado.
Al ingresar, intento mantenerme fuerte, intento pensar que todo va bien, que tengo todo de mi lado. Camino hacia el sitio que se nos ha designado, y cuando hemos tomado asiento, volteo sobre mi hombro.
Solamente permiten la entrada a unas pocas personas, y me siento aliviado de ver a Daphne ingresar. Me sonríe de una forma dulce que me permite tener un poco de calma. Estudié leyes, estoy acostumbrado a estar en juzgados, se supone que esto no debería afectarme.
Pero hay una gran diferencia entre ser la defensa, y ser el acusado.
Cuando el juez entra y se hacen todos los protocolos necesarios, me obligo a mí mismo a aparentar tranquilidad. A conservar el autocontrol para no dejar en evidencia que estoy temblando hasta los huesos.
—Señor Lombardi —dice con una sonrisa fría—. Según sabemos, usted estaba dispuesto a ceder la custodia de sus sobrinas, ¿es eso cierto?
—Lo es.
—Y parece ser que la persona a la que quería cedérsela era a la señora Dorian. ¿Por qué?
—Es la abuela de las niñas. En ese momento creí que era lo ideal.
—Así que usted considera que mi clienta es quien debe tenerlas.
—No. No lo creo—. El abogado levanta una ceja.
—Pero acaba de decir lo contrario.
—Usted preguntó por qué quería ceder la custodia. Le respondí que en ese momento lo consideraba ideal. Ahora ya no.
—¿Qué lo hizo cambiar de opinión?
—Mis sobrinas —digo—. Ellas son todo lo que tengo. No quise renunciar a su custodia… porque las quiero tanto que ahora son parte de mí. Son mi familia.
El abogado camina frente a mí.
—¿Parte de usted? ¿Incluso cuando su trabajo exige jornadas de más doce horas? ¿Cuándo dirige todo un imperio de casinos? ¿Cuándo viaja?
—Eso no es impedimento para que pueda cuidar de ellas como se debe.
—¿Quién cuida a las niñas cuando usted no puede?
—Cuento con ayuda, tengo a una persona calificada para cuidar de ellas.
—¿Puede garantizar que nunca les faltará nada?
—Nadie puede garantizar el futuro. Pero sí puedo garantizar que nunca les faltará amor.
Se inclina, casi divertido.
—¿Y puede negar que intentó renunciar a ellas?
—No lo niego —respondo—. Me equivoqué. Y lo corregí antes de que fuera tarde.
El abogado suspira.
—No más preguntas—. Cuando vuelvo a mi lugar, Franco sonríe con ligereza.
—Excelente, no obtuvo nada —asegura en un susurro.
Intento no cantar victoria antes de tiempo, el juez dirige un par de preguntas más y luego es el turno de Hilary.
—Señora Dorian, ¿Cuándo fue la última vez que visitó a sus nietas? —inquiere Franco.
—Hace dos semanas —expresa.
—¿Conoce usted sus rutinas actuales?
—No con exactitud.
—Las niñas tienen una rutina, una vida en Italia, ¿planea quedarse en el país? ¿O pretende que se muden con usted a Londres?
El abogado de Hilary se levanta de inmediato.
—Objeción, su señoría. Es especulativo. —El juez hace un gesto.
—Puede responder si tiene una intención definida. —Hilary respira hondo.
—Mi hogar está en Londres. Mi trabajo, mi vida… están allá. Lo lógico sería que se mudaran conmigo.
Franco se detiene.
—¿Ha hablado de eso con las niñas? —Hilary titubea.
—No directamente.
—¿Ha considerado lo que implicaría arrancarlas de su escuela, de sus amigos, de la única casa que les queda… después de perder a sus padres?
—Considero que conmigo tendrían estabilidad, podrán tener una vida normal, lejos de la atención mediática que la familia Lombardi trae consigo.
—¿Una vida normal, dice usted? —pregunta con calma—. ¿Puede explicarle al tribunal qué entiende por normalidad para tres niñas que perdieron a sus padres y que, desde entonces, han encontrado consuelo en la misma casa, en la misma escuela…en el hombre que es como un padre para ellas justo ahora?
Hilary aprieta los labios.
—Una vida sin fotógrafos afuera. Sin titulares. Sin el apellido Lombardi arrastrándolas por todos los errores de su familia.
—¿Ha pasado una noche completa cuidándolas desde que sus padres fallecieron?
—No.
—¿Sabe cuál es su materia favorita? ¿Cuál odian? ¿Qué comida piden cuando están tristes? ¿Qué canción cantan antes de dormir?
Franco respira hondo.
—La normalidad que usted describe es distancia. La normalidad que ellas necesitan es continuidad.
Se vuelve hacia el juez.
—Y la continuidad ya existe.
Franco termina su intervención, siguen ciertas preguntas, y el juez parece tener una respuesta, lo sé por la expresión en su rostro mientras mira las hojas.
Franco dijo que tal vez pediría un receso, antes de dar una respuesta, pero no parece que sea ese el caso.
—No parece haber ningún signo de alarma con la crianza actual de las menores —dice el juez mirándonos—. La educación, salud y estilo de vida de las niñas parece ser el mismo al que estaban acostumbradas con sus padres, lo que me hace deducir que el señor Lombardi está haciendo un buen trabajo.
Sonrío levemente.
—Eso…
—Señoría, si me lo permite —el abogado de Hilary se incorpora, interrumpiendo al juez.
—Abogado, espere su turno para intervenir.
—Señoría, no puede catalogar a un hombre que ha sido acusado de abuso y maltrato en un pasado, como un buen tutelar para las menores Lombardi.
Mi cuerpo entero se tensa, retengo la respiración por un corto tiempo antes de atreverme a mirar al juez.
—¿Tiene manera de sustentar esas acusaciones?
El hombre toma un par de carpetas y camina hasta dejarlas frente al juez.
—Declaraciones de la ex esposa del señor Lombardi, actualizaciones del juicio y antecedentes —dice y las náuseas me invaden.
—Su señoría, esas acusaciones nunca fueron probadas —interviene Franco—. Quedaron en suposiciones.
—Además, el señor Lombardi tuvo visitas supervisadas con su propio hijo durante años, su señoría, ¿Cómo un hombre que cuenta con un historial como ese puede ser considerado un tutor para tres niñas?
—Las visitas supervisadas fueron una medida preventiva solicitada durante el proceso de separación —interviene Franco—. No implican culpabilidad. Implican conflicto.
—Conflicto suficiente, para que un juez considerara que el menor debía estar protegido.
El juez levanta la vista hacia mí.
—Señor Lombardi ¿Fue acusado de abuso y maltrato hace cinco años?
La garganta se me cierra, la boca se me seca y por una fracción de tiempo, me siento aterrado.
—Sí, su señoría —respondo—. Pero…
—¿Y según dice aquí, mantuvo contacto con su hijo con visitas supervisadas?
—Sí.
—Se le acusó de agresión a una mujer embarazada, violencia doméstica y…—el juez se detiene y cierro los ojos porque sé exactamente lo que sigue— abuso sexual hacia su exesposa.
—Pruebas circunstanciales, no hubo ni una sola evidencia del maltrato —Franco adopta un tono firme—. Ningún examen médico confirmó las acusaciones de la señora Davies, no hubo testigos de la violencia, ni reportes a la policía.
—¿Cómo un hombre con todas esas acusaciones puede ser apto para el cuidado de tres niñas? —inquiere el abogado de Hilary—. Es un riesgo.
—No soy ningún riesgo para ellas —espeto con firmeza—. Nunca se comprobaron las acusaciones, su señoría. No…
—Señor Lombardi…
—No hubo ni una evidencia más que la palabra de Renata Davies, no hay forma de…
—Señor Lombardi guarde silencio —exige el juez y Franco me hace un gesto para que aguarde—. Dadas las últimas acusaciones, y siendo inconclusas, me imposibilita dar una sentencia definitiva, así que abriremos un proceso de revisión de la custodia tutelar.
No, no, no.
—Señor Lombardi, estará bajo investigación durante las próximas cuatro semanas.
—¿Investigación?
—Para descartar las acusaciones presentadas y tener la absoluta seguridad de que las menores no están bajo ninguna situación de riesgo.
—Su señoría…
—Deberá presentar un examen y evaluación psicológica que nos asegure que su salud mental es la adecuada, evaluaremos a las niñas y determinaré si es apto para su cuidado.
El aire me falta, me sumo en un agujero de angustia que no me deja respirar.
—Mientras tanto, las tres niñas estarán bajo el cuidado de la señora Dorian, deberá entregarlas esta noche para…
—¡No! —exclamo—. Su señoría, no hay ninguna prueba de lo que se me acusa. Ellas están bien conmigo, lo juro, ellas…
—Señor Lombardi, si no tiene nada que ocultar, aguarde por las pruebas, consiga sus testigos y nos vemos en un mes. Podrá verlas dos veces por semana en un horario fijo.
—No, es que no pueden quitármelas —susurro aterrado—. ¡No pueden quitármelas!
Franco me sostiene, pero estoy tan desesperado que forcejeo con él.
—Su señoría, por favor…
—Se levanta la sesión —un jadeo me arrebata el aire y me siento perdido.
—No…—me aparto sintiéndome sofocado—. Franco…
—Un mes, solo un mes —dice—. Es solo por precaución, no quiere decir que lo estén dando por hecho. Conseguiremos todo lo que piden y demostraremos que eres inocente.
Volteo hacia Daphne, la sala comienza a despejarse así que no lo dudo. Camino hacia ella, abriéndome paso entre las personas hasta conseguir llegar.
—Daph…—un susurro tembloroso brota de mis labios y me aferro a su cuerpo.
—Todo va a estar bien —susurra y la dulzura me envuelve—. Cariño, todo va a estar bien, es solo un mes.
Se aparta, colocando las manos al costado de mi rostro y me hace mirarla.
—Las verdades siempre salen a la luz, ¿recuerdas?
Asiento, aunque no lo creo en lo absoluto, la única pregunta que podía hacerme, una y otra vez es:
¿Cómo voy a decírselos?
No creí volver a pasar un momento tan amargo como este. No creí que pudiera sentir de nuevo el dolor de la cuchilla atravesarme.
—¡No quiero! —Bella llora mientras niega con frenesí.
Hilary aguarda por ella, junto con una mujer de lo que creo es servicios infantiles para asegurarse de que dejo que se marchen.
—Serán como unas vacaciones —murmuro colocándome en cuclillas.
—No quiero ir —dice y se abraza a mi cuerpo—. Quiero quedarme aquí contigo.
—Bella…
—Me portaré bien, no haré berrinches, lo juro —su voz me parte el corazón—. Haré mis deberes, seré una niña buena.
—Tú ya eres una niña buena —aseguro intentando no desmoronarme frente a ella—. Eres completamente maravillosa. Solo serán algunas semanas, y volverás a tu casa en el bosque, esa que te gustaba mucho.
—¿Nos visitaras?
—Seguro que si —prometo—. Pórtate bien, desastre. ¿quieres?
Se abraza a mi cuerpo y esto se siente peor de lo que es, solo será un mes, cuatro semanas para poder asegurarme de tenerlas conmigo siempre. Cuando me aparto, miro a Antonella.
—Te hice una promesa, ¿la recuerdas? —ella asiente—. Somos una familia, y las familias luchan.
Sus ojos se cristalizan y vuelve a asentir, elimina con rapidez los pasos que nos separan y me abraza.
—Cuídalas —pido—. Y sabes que puedes llamarme tanto como quieras.
—Prométeme que no será para siempre —pide en un hilo de voz.
—Lo prometo—se abraza a mí con más fuerza y la daga se retuerce con más furia contra mi pecho.
Cuando Daphne se acerca con Lía en brazos, no dudo en tomarla.
—Y tú, no llores demasiado, ¿eh? —dejo un beso en una de sus mejillas y ella me sonríe—. Te echaré de menos, muchísimo.
La apego a mí, repitiéndome que esto no es para siempre.
—Mi pequeño desastre, no dejaré que las aparten de mí.
Antonella la toma en brazos, y las tres me miran una última vez antes de ir hacia la mujer que las espera afuera. Las miro caminar hacia el auto, el corazón me da un giro doloroso cuando las miro subir y alejarse, el silencio en el que la casa se sume entonces me desgarra.
—Ángelo…—la voz de Daphne se cuela por mis oídos, y me obligo a recomponerme, me obligo a volver a armarme porque no tolero que me vea de este modo.
—Si quieres volver a casa…
—No —susurra acercándose—. Me quedaré aquí, contigo.
Mi visión se nubla y muerdo el interior de mi mejilla con fuerza. No soy capaz de mirarla, no puedo hacerlo.
—¿Qué tal si las perdí para siempre? —mi voz se quiebra—. Daph….
No habla, no dice nada simplemente me abraza y eso es suficiente para arrebatarme toda la fortaleza de la cual era poseedor.
—Está bien —dice mientras me aferro a ella—. Está bien, amor.
«Somos una familia, y las familias luchan.»
Lo que le dije a Antonella vuelve a mi mente, no debía perder ni un segundo, debía recuperarlas. Me aparto, limpiándome las lágrimas y Daphne parece desconcertada.
—Ángelo…
—Solo hay una forma de recuperarlas —respondo recuperándome.
—¿Cuál?
—Tengo que volar a San Francisco —espeto dándole la espalda—. Tengo que hacer aquello que debí de haber hecho hace años.
—¿Qué…? —no termina de hablar, me sigue por las escaleras y también a la habitación mientras saco las maletas—. Ángelo no se trata de uno o de otro.
—¿Y de qué se trata? —inquiero—. Dime, Daphne, ¿de qué se trata? Por su maldita culpa ahora estoy a nada de perderlas, por su culpa Hilary se llevó a mis niñas, todo estaba bien, ¡tenía todo a mi favor! —exploto incapaz de contenerme.
—¡No significa que tengas que hacer a un lado a Jacob!
—¡Esto no tiene nada que ver con Jacob! —grito de vuelta—.
Se trata de que mientras no lo arregle, mientras no ponga un alto, ellos siempre tendrán un arma para usar contra mí, para usarme a su antojo, para manejarme como un maldito títere.
Ella siempre exigirá y exigirá más dinero, ¡nunca va a conformarse!
Y mientras no diga la verdad, mientras no lo haga, va a seguir teniendo poder sobre mí.
—Piénsalo bien, Ángelo…
—Hay sacrificios que se tienen que hacer por la familia —musito—. Tengo que hacer una elección, Daph. Y las elijo a ellas.
Suspira, no me mira con reproche, solo hay tanta preocupación en su mirada.
—Jacob tiene que saber la verdad y se lo diré de la mejor forma posible. Y espero que lo entienda y no termine odiándome por eso, pero si no lo hago, voy a perderlas.
—Ángelo…
—Lo amo muchísimo, Daph. Pero el tiene a su madre. Él va a estar bien, pero ellas… —la voz se me rompe —ellas son todo lo que tengo.
Asiente, con la comprensión llenándole las pupilas.
—Entonces iré contigo —responde con firmeza—. No vas a enfrentar esto solo.
Detengo mis movimientos para mirarla.
—Iré a hacer las maletas, y no se te ocurra dejarme, Ángelo Lombardi. —Sonrío, acercándome y envolviéndola entre mis brazos.
—Gracias —susurro. Se aparta, dedicándome una sonrisa y luego sale de la habitación.
Hay sacrificios que hacer, elecciones que tomar. Y yo he hecho la mía.
Un mes, mis niñas, solo esperen por mí un mes.