Capítulo 50
CAPÍTULO CINCUENTA
Meera estaba disfrutando de trabajar con el Equipo de Investigación de Delitos Graves.
Hasta entonces, había estado trasteando con aquel cuchillo de juguete, lo cual había sido divertido y, esperaba, también útil para la inspectora.
Y ahora caminaba por las frondosas calles de Sandbanks, buscando casas con cámaras de seguridad y hablando con los propietarios de los negocios para averiguar si podían ayudar.
Era mucho mejor que estar sentada tomando declaraciones sobre robos de coches y de viviendas que nunca se resolverían.
Había hablado con el dueño de la cafetería junto a la vía de acceso al ferry. Había pasado a ver al gerente del Hotel Haven. Tenían cámaras, pero no apuntaban a la carretera. Y las grabaciones de la cafetería del sábado no se habían guardado.
«Típico».
Esperaba que a Mike le estuviera yendo mejor llamando a las puertas de las calles que atravesaban el centro de la península de Sandbanks. Pocos residentes estarían en casa, pero confiaba en que hubiera al menos alguien con sentido cívico.
Se detuvo frente al hotel, aspirando el aire del puerto y mirando al otro lado del agua.
Las luces del ferry brillaban contra la oscuridad de la isla de Purbeck al fondo, perforando el crepúsculo que caía.
El ferry avanzaba hacia Shell Bay, en la orilla opuesta, desviándose sobre sus cadenas mientras la corriente intentaba arrastrarlo hacia el mar.
Llevaba viajando en ese ferry desde que era niña para ir a la playa de Studland. La favorita de su madre.
Se dejó caer en un banco. Eran casi las cinco de la tarde. Estaba acostumbrada a los horarios irregulares y contaba con seguir trabajando un buen rato más. Al fin y al cabo, tenían un asesinato que resolver. Y la jefa se casaba el sábado.
Bien por ella. A Meera le gustaba la idea de trabajar para otra mujer que entendiera lo que era ser lesbiana y estar en la policía.
El ferry se detuvo en el otro lado, descargando coches y embarcando otros. Los faros se movían a lo lejos. Lo observó mientras emprendía el regreso por el estrecho canal que separaba la isla de Purbeck de Sandbanks.
Cuando el ferry se acercó, Meera entrecerró los ojos.
«Por supuesto».
Se puso en pie y se acercó a la rampa de acceso mientras el ferry se detenía con estrépito contra el asfalto. Miró hacia el mamparo, asintiendo para sí.
El ferry tenía cámaras de seguridad, y apuntaban directamente a la carretera.
Se ciñó el abrigo y fue hacia las puertas peatonales mientras se abrían para dejar salir a la gente.