Epílogo
Dos meses después
Hanna
Con un suspiro satisfecho, me limpio las manos en mis vaqueros cortos y me ajusto el sombrero de ala ancha.
Una brisa agradablemente suave seca las gotitas de sudor de mi nuca.
Al inspirar hondo, siento la pura esencia de la vida recorriéndome por dentro.
A pesar del cansancio después de una dura jornada en el olivar, estoy llena de dicha.
Todo lo que me rodea: la finca, los olivos, la forma de vivir en la Toscana, es tan hermoso que, incluso después de dos meses, sigo preguntándome cada día si no estaré soñando.
Mi mirada se posa en Vico, que está a unos metros, inspeccionando con cuidado el crecimiento de las plantas.
Con expresión absorta y entregada, pasa las manos por las hojas, comprueba la piel del fruto y examina el estado de la corteza.
Desde que empezamos a desbrozar el olivar y a podar los árboles hace unas semanas, se ha ido volviendo cada vez más sereno.
Como si hubiera ido recuperando un pedazo de sí mismo con cada día que pasaba.
Se me llenan los ojos de lágrimas de alegría.
Y mientras contemplo cómo se dibuja una sonrisa suave en sus labios, de pronto todo a mi alrededor parece bañado por una luz dorada.
Me acaricia la piel con calidez y me provoca un cosquilleo delicioso.
Los pájaros trinan alegres, acompañados en mi mente por el sonido de un violín solitario.
Su melodía es melancólica y, al mismo tiempo, rebosante de felicidad.
La brisa arrecia, tira de mi camiseta y me lleva hasta la nariz el perfume del verano.
Como si Vico notara que lo estoy mirando, se vuelve hacia mí. Nuestras miradas se cruzan y, de repente, en mi cabeza suena una orquesta entera. La música me arrastra mientras él se acerca para rodearme con sus brazos.
—¿Estás soñando? —me susurra con ternura al oído.
Aspiro su olor. Siento los latidos de su corazón.
—No hace falta soñar —respondo con una sonrisa. Ningún sueño podría ser tan hermoso como la realidad que me toca vivir con Vico.
Se separa de mí, se coloca a mi lado y me pasa el brazo por los hombros. Me quito el sombrero de ala ancha, apoyo la cabeza en su pecho y, juntos, contemplamos el sol poniente tras los olivos.
—A veces no puedo creer que sea verdad —el pecho de Vico vibra al hablar—. Pero lo hemos conseguido.
Dentro de poco, el olivar estará completamente revitalizado. El granero espera con paciencia a que nos ocupemos de él para devolverlo a la vida. Pero hasta que lo necesitemos después de la cosecha, aún nos quedan unos meses.
¿Y la finca?
Me giro con suavidad, de modo que los dos podamos contemplar el edificio señorial. Hemos renovado las contraventanas y reparado los desperfectos de la fachada de piedra. Yo he recortado la hiedra por todas partes, y el nuevo canalón brilla con un tono rojo cálido.
—Los naranjos de la entrada trasera fueron una idea estupenda —dice Vico.
—El febrero que viene estarán en flor —casi puedo oler su fragancia. Tengo su aroma en el paladar y me inunda la impaciencia por el día en que los recojamos y los transformemos en agua de azahar.
—Será tal y como lo soñaste —dice, con la voz llena de amor y de respeto.
—Lo será.
Aunque solo hemos hecho realidad una parte de todo lo que ya veo con tanta claridad en mi imaginación, la finca ya se siente distinta.
Más cálida. Más acogedora. Más viva.
Ha vuelto a ser un hogar. No solo para Vico y para mí, sino también para Camilla, que en ese momento sale por la puerta con una pila de platos.
Detrás de ella asoma la cabeza rizada de Alessia.
Con el rostro radiante, las dos ponen la mesa para la cena.
No se dan cuenta de que las observamos mientras colocan los platos con cariño, doblan las servilletas de cuadros rojos y blancos y disponen los cubiertos.
Al cabo de un rato, desaparecen en la casa, entre risas y llenas de alegría.
—Son felices.
Con estas palabras me acurruco aún más contra el pecho de Vico. Sé cuánto significa para él la felicidad de sus hermanas. Y también sé cuánto le duele que Aurora no haya venido ni una sola vez.
—Aurora vendrá. Estoy segura.
Un suspiro melancólico se escapa de sus labios.
—No estoy tan seguro —dice, ausente.
Noto cómo se le tensan los músculos. Los dos guardamos silencio un momento. Luego Vico carraspea.
—Hay algo que no va bien. Se le notaba cuando estuvo aquí para el nacimiento de los gemelos.
Lo mezo despacio, de un lado a otro, para que se le pase la tensión.
Vico deposita un beso suave en la coronilla de mi cabeza.
—Ese nerviosismo, esa excitación constante… ella no es así. Esa no era mi hermana pequeña, sino… una desconocida.
—Camilla comentó que también ha adelgazado muchísimo.
Por mucho que quiera ayudar, hasta ahora solo he visto a Aurora en fotos. Para mí es la mujer más hermosa que he visto nunca. Con una sonrisa radiante y una presencia que me deslumbra cada vez que la contemplo.
Negando con la cabeza, me acaricia el brazo.
—Tuvo que pasarle algo. Algo terrible. Algo que le cambió la vida entera.
Clavo la mirada en el rostro anguloso de Vico.
—Deberíamos ir a verla a Francia.
Asiente con una sonrisa agradecida. En ese mismo instante, percibo por el rabillo del ojo que la puerta de entrada de la finca vuelve a abrirse. Pero no es ni Alessia ni Camilla quien sale.
Es el padre de Vico.
Vico también lo ha visto.
Noto que contiene el aliento.
—¿Qué…? —susurra, sin tono.
Sé cuál es la pregunta que le ocupa la mente, pero no sé la respuesta.
Nunca he visto que el padre de Vico se levantara de su ajado sillón de cuero por iniciativa propia.
Y en este mismo momento lo veo cruzar el umbral hacia el jardín.
Avanza con pasos vacilantes, sí, pero claramente por su propio pie, y recorre la escena con la mirada.
La nostalgia y la tristeza dominan su expresión. Poco a poco se acerca a nosotros y, por fin, se queda en silencio a nuestro lado. Enlazo mi brazo con el suyo y le aprieto la mano.
Contemplamos juntos el olivar. Juntos aspiramos el aroma de la nueva era que estamos iniciando.
De pronto, gira la cabeza y nos mira directamente a los dos. No sé qué hacer, y creo que Vico está igual. Así que todo se queda como está. Nos miramos. Intentamos descifrar las palabras que ninguno de los tres pronuncia, pero que se dibujan en nuestros rostros.
Todavía no, quizá.
Los labios le tiemblan, igual que el cabello cada vez más ralo. Luego alza apenas las comisuras de la boca.
Asiente hacia nosotros. Solo una vez, y con tanta suavidad que casi no alcanzo a percibirlo. Y, sin embargo, estoy segura de que lo hizo. Y creo que sé lo que significa.
Conmovida, busco la mano de Vico, y entrelazamos los dedos.
Siento nuestro cariño.
Nuestra esperanza.
Y esa única verdad que nadie podrá arrebatarnos.
Puede que nuestro camino aún sea largo, pero lo recorreremos con la certeza de hacia dónde queremos llegar.
Ninguno de nosotros olvidará jamás que la vida está para disfrutarla. Porque, en el fondo, sabemos que amar con todo el corazón es lo mejor que podemos hacer. Nunca dejaremos de ver nuestros deseos en los colores más hermosos de este mundo.