Los colores que deseamos (Amor y otros sueños 3) Capítulo 47
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Capítulo 47

Capítulo Cuarenta Y Siete

Hanna

Las mejillas de Elina arden. Muy concentrada, se incorpora a la autopista en dirección sur.

—¡Dios mío, no me creo que esté haciendo esto!

Le dedico una sonrisa agradecida.

—Eres la mejor, ¿lo sabes?

Acelera para meterse en el denso tráfico.

—Y no eres la primera que me lo dice en un viaje intenso rumbo a Italia.

—¿Cómo dices? —me inclino hacia delante en el asiento del copiloto, intrigada.

—Los viajes románticos a Bella Italia son mi especialidad —responde, bajando el parasol—. Mi amiga Maya, por ejemplo, tuvo una vez una necesidad urgente de ir a Roma por amor. No tenía el brazo roto, pero no tenía carné de conducir, así que intervine yo —sonríe con picardía.

—Espero que acabara bien, ¿no? —Por dentro rezo para que así sea. Sería una buena señal, y necesito desesperadamente una. Porque, aparte de la solicitud impresa, que el padre de Vico todavía tiene que firmar antes de que sigamos hasta Florencia, no tengo nada más.

No tengo ningún plan de proyecto, ningún presupuesto, ningún plano.

En tan poco tiempo y con esta maldita escayola ha sido imposible preparar algo en condiciones. Lo único que tengo es la imagen en mi cabeza, que he ido puliendo durante toda la noche.

—No. No acabo bien —oigo decir a Elina—. ¡Acabo genial! Con fuegos artificiales, bengalas y un aplauso atronador —su expresión soñadora lo dice todo—. Cada vez que alguien encuentra al amor de su vida, se me saltan las lágrimas de alegría. Y así fue lo de Maya y Josh. Absolutamente mágico.

Su vena romántica empieza a contagiarme.

—Y lo tuyo con Noah fue igual —digo, aferrándome a la esperanza de que Vico y yo también tengamos un final así—. Si es amor de verdad, solo hay un resultado, ¿no?

Asiente, todavía con aire soñador. Luego alarga la mano hacia mí.

—Hoy te pasará a ti. Lo presiento.

Ojalá yo estuviera tan segura como ella. Pero cuanto más nos acercamos a la Toscana, más nerviosa me pongo. Sin haber hablado siquiera con los Olivetta, ya he enviado la solicitud de financiación.

¿Y si el padre de Vico no la firma?

¿Y cómo reaccionará Vico? Sobre todo, cuando se entere de que hago todo esto para que él pueda perseguir su sueño de vivir de los saltos. Y que incluso puede hacerlo conmigo, si quiere.

Estas y muchas otras preguntas me rondan la cabeza durante todo el viaje. Con cada minuto que pasa me vuelvo más callada, mientras el paisaje de un verde exuberante pasa fugaz ante la ventanilla. Elina también se da cuenta. No deja de dedicarme sonrisas y de poner música alegre para animarme.

Cuando por fin llegamos, estoy empapada en sudor. Al atravesar la entrada de la finca, la cabeza empieza a martillearme.

No, ahora no. Este es el peor momento para una crisis. Por suerte, tengo a una médica sentada a mi lado. Conoce mi enfermedad y, si llegara a pasar, nadie podría ayudarme mejor que ella.

—¡Este lugar es precioso! —exclama Elina, entusiasmada—. ¿Tenemos que ir a la casa principal o ahí delante? —señala el edificio de una sola planta, de ladrillo rojo.

Absorta en mis pensamientos, asiento mientras contemplo la señorial finca. Alguien ha recortado las enredaderas salvajes y han desaparecido las sillas desvencijadas.

—Al bungalow. Camilla seguramente sabe dónde está su padre —murmuro. Me fijo en una lona blanca de plástico que ondea sobre el muro medio derruido.

¿Qué sucede? ¿Estarán reformando? No, no puede ser, porque no veo a ningún obrero.

En cuanto Elina frena, salto y corro hacia la puerta. Solo de pasada noto lo vacío que se ve todo. La casa parece casi abandonada. Ha desaparecido el felpudo con sus oscuros ornamentos y también las macetas.

Miro el timbre con ansiedad.

El nombre ha desaparecido.

Dios mío, ¿se habrá mudado ya Camilla? ¿Y eso, aunque la finca aún no se ha vendido?

Debajo del timbre descubro una nota adhesiva.

«Nos hemos mudado», pone en italiano, seguido de una dirección. Arranco la nota, vuelvo corriendo al auto e introduzco la nueva dirección de Camilla en el navegador.

El navegador me traza una ruta de quince minutos por carretera.

Me vale. No podemos permitirnos más retrasos, porque todavía nos separan 90 kilómetros de nuestro destino final en Florencia. Son las once y tengo que estar en el Palazzo Vecchio dentro de tres horas.

De camino a casa de Camilla apenas hablamos.

La excitación me hace estar tensa. Intento respirar de forma regular, con la esperanza de evitar cualquier posible episodio epiléptico.

Pero cuando Elina se detiene frente a una casa toscana de tejado plano y fachada de piedra, apenas consigo contener el torbellino que llevo por dentro.

—Espera aquí, vuelvo enseguida —digo sin aliento mientras agarro la solicitud de financiación y echo a correr hacia la puerta principal.

Por suerte, Camilla abre enseguida. Su sorpresa salta a la vista.

— Ciao , Hanna.

—¿Está tu padre? —pregunto, suplicante, notando la mano sudorosa alrededor del papel.

Asiente, pero su expresión sigue siendo escéptica.

—Pero no está en condiciones de recibir visitas. ¿De qué quieres hablar con él?

Con los labios apretados, doy un paso hacia ella.

—Necesito verlo. No puede esperar —digo con urgencia—. Por favor.

Todavía recelosa, retrocede, luego se vuelve y me indica con un gesto que la siga.

—Tenemos que ir en silencio. Las pequeñas están durmiendo —susurra mientras me guía por un pasillo lleno de cajas de mudanza a medio deshacer. Se detiene ante una puerta pintada de blanco y alza un dedo en gesto de advertencia—. Tienes tres minutos, ni uno más.

Tendrá que bastar. Eso espero. A pesar de mi agitación, llamo a la puerta con suavidad. Desde dentro no llega ninguna respuesta, así que la abro.

— Signor Olivetta?

En cuanto entro en la habitación, veo al padre de Vico sentado en un sillón de cuero desgastado. Está pálido, le tiemblan las manos y parece aún más delgado que en su fiesta de cumpleaños. Con la mirada apagada, contempla la nada.

Tragando saliva, me acerco a él y me agacho.

—Soy yo, Hanna.

No reacciona.

—He venido a ayudarlo —digo, esperando sacudirlo de su letargo—.

Tenemos la oportunidad de salvar la finca antes de que la vendan —instintivamente, le tomo la mano.

Está helada—. Señor Olivetta, ¿me oye? No tiene por qué vender.

Hay otra manera —le enseño rápidamente la solicitud—.

Tengo aquí una solicitud de financiación.

Solo tiene que firmarla y yo me encargo de todo lo demás. Pero tiene que hacerse de inmediato.

Por el rabillo del ojo veo que Camilla se da la vuelta y desaparece por el pasillo. Vuelvo a centrarme en el padre de Vico. Sigo apretándole la mano, esperando cualquier reacción.

Un quejido débil se escapa de su boca. Es la primera señal que me da, la prueba de que su corazón sigue aferrado a la vieja finca familiar.

Con un gesto alentador, le muestro la solicitud.

—Todavía no es tarde, pero tenemos que actuar deprisa.

Su cabeza se mueve de forma brusca de un lado a otro.

—La finca ya está vendida —murmura tan bajo que apenas lo oigo.

—Se equivoca —respondo con firmeza. Florian dejó claro, en el camino de vuelta hace casi dos semanas, que aún quedaban puntos por discutir antes de cerrar el trato. Y como no ha salido de Semmtal desde entonces, no habría tenido oportunidad de firmar el contrato.

No, el señor Olivetta está demasiado confundido para comprender la realidad.

Sin embargo, vuelve a negar con la cabeza. Esta vez, con más fuerza.

—Se acabó. Mírelo usted misma —dice, y con un gesto apenas perceptible señala el mueble bajo que hay junto a su sillón.

Una oleada de inquietud me recorre. Llena de preocupación, me incorporo desde mi posición en cuclillas y abro el cajón superior.

Encuentro un contrato.

Lo cojo y hojeo las páginas a toda prisa hasta llegar a la última.

Está firmado.

Por Florian y por el señor Olivetta.

No, no puede ser verdad.

Los latidos en mis sienes se intensifican y, de pronto, la habitación a mi alrededor se deforma.

Me desplomo de rodillas, sin fuerzas. Muy despacio, empiezo a comprender el alcance del documento que tengo entre las manos.