Los colores que deseamos (Amor y otros sueños 3) Capítulo 39
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Capítulo 39

Capítulo Treinta Y Nueve

Hanna

Me abro paso entre la hierba alta, con el brazo roto sujeto en el cabestrillo, hasta llegar a la puerta de madera carcomida con el viejo cerrojo corredero. Los herrajes metálicos parecen a punto de soltarse en cualquier momento, pero aun así me acerco y abro la puerta.

Ya no sirve ser precavida. Al menos no como antes.

Porque ahora sé que no soy torpe, y que nunca lo fui.

Gracias a mi conversación con el doctor, conozco las posibles señales de una crisis inminente.

Aunque no siempre se hace patente, sentir la cabeza embotada es uno de los síntomas en mi caso. Hoy, sin embargo, parece estar bien.

No como mi corazón, que Vico hizo añicos ayer, aunque se suponía que eso no podía pasar. Pero no me voy a permitir recrearme en ello. Fuera lo que fuese lo que creí ver en sus ojos, no era real.

No existe un futuro para nosotros.

Al menos ahora sé qué es lo correcto. Convertir esta finca en una pensión no es mi sueño. Pero lo que venga después puede serlo si me esfuerzo lo suficiente por ese futuro.

Con una pesada sensación de culpa hacia Florian, entro en la penumbra del cobertizo y miro a mi alrededor.

Distingo barriles y aparatos antiguos que los Olivetta debieron usar para elaborar aceite de oliva.

Dejo que mis dedos se deslicen con cuidado por la veta de la madera.

El polvo se arremolina y me hace cosquillas en la nariz.

Estornudando, rodeo el barril, donde veo un cartel en la parte frontal.

Lo libero de telarañas y suciedad para poder leer el texto.

Con una caligrafía elegantemente curvada, descubro el apellido de la familia de la finca. Es idéntico a la etiqueta de la botella de aceite de oliva de la tienda del pueblo. Sin pensar, alzo la vista y dejo que las emociones que despierta este lugar me invadan por completo.

La estancia se transforma a toda velocidad ante mi ojo interior.

Rayos de sol atraviesan las ventanas y lo bañan todo en luz.

Veo al padre de Vico, pletórico de salud, manejando la prensa de aceitunas.

El sudor le perla la frente y, aun así, sonríe mientras contempla a la mujer que coloca las etiquetas en los barriles.

Su esposa.

Las risas de niños llenan el granero. Vico, con diez años, juega al escondite entre los aparatos y las estanterías con sus hermanas.

Con el sabor del aceite de oliva todavía en la lengua, deambulo por el espacio. Por muy hermosas que sean las escenas que mi imaginación va trazando, el corazón se me vuelve más pesado a cada paso.

Esto no puede ser el final.

Aunque Vico consiga alcanzar su libertad, y aunque yo siga adelante con Florian, los Olivetta necesitan un hogar.

Pero ¿de qué les serviría que convenciera a Florian de no comprar la finca?

Está en venta por algo, y ellos no pueden conservarla.

Quizá los hundiría aún más en la infelicidad si arruinara el trato.

Absorta en mis pensamientos, me apoyo en la larga mesa que antaño, sin duda, se usaba para llenar y etiquetar el aceite de oliva.

Si no puedo salvar a la familia, al menos puedo asegurarme de que su legado siga vivo.

Podríamos restaurar todos los objetos hermosos de este cobertizo e integrarlos en la pensión, para que sigan formando parte de esta finca.

La casa principal debe mantenerse lo más fiel posible a su estado original, y adornaremos las paredes con fotos del pasado.

Sí, crearemos un homenaje a esta familia maravillosa.

Conservaremos el alma de este lugar y le daremos el respeto que los Olivetta merecen.

Quién sabe, quizá vengan de visita de vez en cuando y se alegren de lo que hemos hecho con su hogar.

Vico también tendría un pequeño pedazo de hogar, por si algún día decide regresar.

No es la solución ideal, pero es la mejor que se me ocurre.

Me seco la frente con el dorso de la mano y suelto el aire en un suspiro tembloroso.

Luego me aparto de la mesa, camino hacia la puerta y salgo a la luz intensa de la tarde.

Cierro el cobertizo con cuidado y me encamino a la casa principal, mientras busco rincones donde podríamos colocar los tesoros de la familia Olivetta.

Antes de llegar a la casa principal, distingo la berlina negra de Florian en el patio. Echo un vistazo a mi reloj de pulsera.

En efecto, ya son las tres y media; otra vez he perdido la noción del tiempo. Pero estas ensoñaciones no han sido en vano, de eso estoy segura. Mi imaginación no es motivo de vergüenza; eso es lo que he aprendido aquí en Italia.

Con una sonrisa orgullosa, echo a andar para ir a buscar a Florian.

Lo encuentro junto a la piscina, levantando una baldosa del suelo con gesto de desdén mientras se deshace entre sus dedos. Verlo debería llenarme de alegría y, sin embargo, cuando lo miro, lo único que siento es melancolía. Melancolía y culpa.

Desde luego, no es culpa suya, sino de todo lo que ha pasado aquí en las últimas semanas. Aunque Vico y yo nunca nos besamos, en un nivel más profundo traicioné a Florian.

Fuerzo una sonrisa despreocupada y me coloco a su lado.

—Hola.

Sus ojos se iluminan mientras se incorpora del suelo.

—Hola —responde con voz suave, y me toca el hombro con cautela. Su mirada se desliza hasta mi yeso—. ¿Te duele mucho?

Qué atento está de repente. Durante todos estos años, nunca quise cargarlo ni dejar que viera cuando me sentía mal. Quise ser lo que creía que él quería que fuera. Eso fue un error.

—Solo un poco —respondo con sinceridad.

Alarga la mano para acariciarme la mejilla.

—Me alegro. Al fin y al cabo, tenemos mucho que hacer —hay algo prometedor en su mirada, algo que rara vez le he visto.

—Estás tramando algo, ¿verdad? —pregunto con escepticismo.

Una amplia sonrisa se dibuja en su rostro y luego me toma de la mano sana y me arrastra con él.

—Vamos, tengo que enseñarte algo.

Sea lo que sea, parece ponerlo nervioso. Su palma se vuelve sudorosa por el camino y no deja de alternar la mirada entre mí y la finca.

No estoy segura de que me guste, pero la curiosidad pesa más que la punzada de culpa, y eso es bueno.

Tropiezo a su lado, dejando que me guíe hacia el interior de la casa.

Cuando llegamos a la puerta de mi habitación, se detiene.

Luego me mira hondo a los ojos, me sostiene la cara entre las manos y me besa con pasión.

—Me estás asustando un poco —digo con cautela cuando se separa de mí. Eso también es verdad. Y me sienta bien decirlo en voz alta, aunque ahora empiezo a ponerme inquieta—. ¿Qué pasa?

En su expresión se refleja toda una gama de emociones. Amor. Alegría. Nerviosismo. Incluso hay un atisbo de preocupación. Deja escapar un suspiro profundo y apoya la mano en el picaporte.

—¿Estás lista?

No lo sé.

Abre la puerta y me empuja con suavidad para que entre en la habitación antes que él.

—Guau —es todo lo que alcanzo a decir ante lo que tengo delante. Esto es… Me quedo sin palabras. No sé cómo describirlo.

Hermoso. Único. Un sueño.

Toda la habitación está llena de rosas. Incluso sobre la sábana blanca, Florian ha dispuesto un corazón de pétalos. La fragancia es exquisita. Entro y dejo que el momento me inunde.

De pronto oigo a Florian carraspear a mi espalda.

Me doy la vuelta y apenas alcanzo a verlo dejarse caer de rodillas.

Dios. Mío. Santo.

—Hanna —dice con la voz ronca y una sonrisa vacilante—. Las últimas semanas han sido un infierno. Me han demostrado lo vacía que es mi vida sin ti.

Apenas puedo ordenar mis pensamientos. ¿De verdad está pasando esto con lo que he soñado durante años? ¿Justo ahora, cuando conocer a Vico ha revuelto mis sentimientos por Florian?

Él alza la vista hacia mí, lleno de anhelo.

—Eres lo mejor que me ha pasado en la vida y te amo con todo mi corazón.

Me llevo las manos a la boca, incrédula.

Nunca me había dicho algo tan hermoso. Pero el torbellino que desatan sus palabras no está donde debería.

Mi corazón debería latir con fuerza, gritar que sí de alegría.

En cambio, en mi estómago se desata una tormenta.

La culpa por mi cercanía con Vico choca con el cariño que siento por Florian, que siempre ha estado a mi lado.

A eso se suma la familiar comodidad de nuestra relación de tantos años y el cosquilleo en el vientre cuando estoy cerca de Vico.

Todo se mezcla desarrollando un temporal que apenas puedo soportar.

Resollando, miro cómo Florian se lleva la mano al bolsillo. Saca una cajita y la gira hacia mí.

Va a ocurrir en este mismo instante. Va a pedírmelo. Y no sé qué se está gestando en mi interior.

—Hanna —empieza, pero enseguida tiene que carraspear—. Juntos somos más fuertes —asiente, como si buscara que se lo confirme.

Irremediablemente, asiento también. Eso parece bastarle para empezar a trastear con torpeza con la cajita hasta que da con el mecanismo de apertura.

De pronto, el mundo se mueve a cámara lenta. Lentísimamente, la tapa de la caja se levanta. Ante mis ojos aparece un anillo fino de plata, encajado en terciopelo azul.

—¿Quieres casarte conmigo, Hanna? —las palabras de Florian se alargan de forma antinatural. Su voz rebosa emoción—. No puedo imaginar un futuro mejor que compartir mi vida contigo.

No puede imaginar un futuro mejor que casarse conmigo. Vaya. Esto es…

Poco a poco, la información se abre paso hasta mi conciencia y choca con una verdad que ni siquiera debería existir. La verdad de que no sé si siento lo mismo.

Trago saliva con dificultad y me invade una vergüenza inmensa por este pensamiento.

Frente a mí está un hombre al que le he hecho demasiado daño en las últimas semanas.

Me ama y me está pidiendo que le deje cuidarme.

En lo bueno y en lo malo. Hasta ahora hemos tenido una vida cómoda.

Y seguiremos teniendo una vida cómoda en el futuro.

Sobre todo, porque aquí, en Italia, he encontrado una parte de mí que lo hará posible.

¿Qué más puedo pedir?

—¿Qué me dices? —pregunta ahora Florian, con la mirada cargada de anhelo.

Necesita una respuesta. Y, carajo, debería ser facilísimo dársela.

Con timidez, bajo la cabeza, pero un instante después la vuelvo a levantar.

El sol se refleja en el rostro de Florian. Lleno de ternura, alarga la mano, toma la mía y desliza el anillo en mi dedo.