Capítulo 26
Capítulo Veintiséis
Vico
Toda la familia , repito en mi mente las palabras de Hanna. Y por primera vez en tanto tiempo, la idea deja de oprimirme el pecho.
—¿Quiénes están? —pregunto con voz ronca, con la mirada fija en la finca, intentando imaginar la misma escena que ve Hanna con su desbordante imaginación.
Ella se acurruca más contra mí.
—Camilla está junto a la estufa. Pietro se acerca por detrás y la rodea con los brazos. Le susurra algo al oído que la hace reír.
Sí. No me cuesta nada imaginarlo.
—Las mellizas juegan persiguiéndose. Han crecido. Deben ir ya al jardín de infancia. Su pelo espeso salta con cada paso. Gritan, entusiasmadas, y casi tiran las sillas alrededor de la larga mesa del comedor.
Mientras lo describe, veo la escena delante de mí con total nitidez. Es como si estuviera pintando imágenes en mi cabeza. Imágenes llenas de amor.
Allí, Alessia y Aurora ponen la mesa, y sea lo que sea de lo que están susurrando, parece que hace que Alessia se sonroje. Intenta ocultar el fuego de sus mejillas detrás de sus rizos, pero Aurora ya ha entendido lo que pasa. Una risita alegre se escapa de la boca de Hanna.
Mis hermanas. Eran exactamente así. Cuando Aurora aún vivía aquí. ¿Cómo sabe Hanna todo esto?
—Hasta tu padre está ahí —dice de pronto, asombrada—. Acaba de entrar en la habitación con una botella verde oscura en la mano.
Instintivamente, contengo el aliento.
—¿Cómo está?
Las comisuras de su boca se curvan hacia arriba.
—Se le ve contento.
Por un instante, el corazón se me para. ¿Es posible que lo que Hanna imagina llegue de verdad a ocurrir? ¿Podrá mi padre sobreponerse a la muerte de mi madre? ¿Y podrá la familia algún día volver a ser tan feliz como antes?
—¿Todavía hay esperanza? —susurro la pregunta que ha ido tomando forma en lo más hondo de mi corazón. Mis dedos siguen acariciando los suyos.
—Donde hay amor, siempre hay esperanza.
Su respuesta está tan llena de convicción que ni siquiera tengo que esforzarme por acallar mis dudas. Ya no existen.
Siento su calor en mi brazo. En mi cadera. Y en mi pierna. Su respiración fluye tranquila. Hasta ahora, los dos hemos estado mirando hacia la finca, pero ahora giro la cabeza hacia ella.
—¿Dónde estoy yo? —me atrevo a preguntar.
Sin apartar la vista de la casa, sus labios dibujan una sonrisa encantadora.
—Estás en el fregadero, lavando rúcula. Tu camiseta celeste está llena de manchas de agua y el pelo te cae sobre la cara.
Yo también estoy allí. Con mi familia.
En mi tierra.
Es… precioso.
Un calor me invade el cuerpo, arrastrando una añoranza que nunca quise volver a sentir. Pero ahí está. Y percibo hacia dónde me lleva. Con cuidado, paso un brazo por los hombros de Hanna.
—¿Y tú dónde estás? —pregunto.
Por una fracción de segundo, se queda inmóvil. Luego su mirada se desplaza lentamente hacia mí. El mar de sus ojos es salvaje, sus labios, entreabiertos.
—Estoy colocando un jarrón con flores silvestres en el centro de la mesa —susurra, casi inaudible, con un temblor en la voz.
Está aquí. Conmigo.
—El ramo es precioso —digo, porque lo veo delante de mí con todos sus colores.
La imagen que me ha descrito en los últimos minutos está llena de posibilidades. Y lo que hace dos semanas me asustaba tanto que quería huir a toda costa, de pronto parece ser la respuesta a todas las preguntas que no me atrevía a hacer.
Hacer realidad la visión de Hanna podría hacerme feliz.
Me acerco un poco más a ella.
—Eres la persona más maravillosa que he conocido en toda mi vida.
Ella sola es la razón por la que ya no quiero escapar.
Sostiene mi mirada con una mezcla de desesperación y deseo. Intenta decir algo una y otra vez, pero no le sale ningún sonido.
Me pregunto si ella también se imagina cómo sería besarnos. Si también siente la atracción mágica que hay entre los dos, que parece mucho más fuerte que los hechos reales que deberían mantenernos separados.
Su mano empieza a alzarse, y sé que en cualquier momento tocará mi pecho. Sentirá lo fuerte que late mi corazón y, quizá, incluso sabrá que ella es la razón de ese latido.
—Vico. Hanna. ¿Podéis venir un momento? —De pronto, alguien nos llama.
Es Pietro.
Alzamos la cabeza de golpe. Retiro el brazo de sus hombros y ella da un paso atrás. Se arregla los pantalones de senderismo con gesto nervioso. No necesito ver nada más para saber que ella también se siente descubierta.
—¿Todo bien? —Pietro se protege los ojos del sol bajo y nos lanza una mirada.
Todo bien, quiero responder, pero tengo la garganta tan seca que ni siquiera oigo mi propio graznido.
Hanna se alisa la camiseta a toda prisa.
—Ahora vamos —dice, y su mirada asustada se cruza un instante con la mía antes de adelantarse.
La sigo con las piernas temblorosas, mientras intento despejar la mente.
Hemos estado a punto de besarnos.
Y me habría gustado.
A unos veinte metros por delante, Hanna llega hasta Pietro. Sus ojos van de ella a mí.
Los alcanzo y carraspeo, intentando sonar lo más normal posible.
—¿Qué pasa?
—Hanna tiene visita —responde Pietro, con el ceño fruncido.
¿Una visita? ¿Quién podría venir a ver a Hanna hasta aquí?
Hanna también parece desconcertada cuando doblamos la esquina de la casa. Camina tan deprisa que casi no logro seguirle el paso. Y entonces, justo antes de que el patio aparezca ante nosotros, la veo tensarse, cada músculo de su cuerpo poniéndose rígido.
Unos segundos después, entiendo por qué.
Junto a la entrada hay un hombre rubio, con una barba espesa, que sostiene un enorme ramo de rosas rojas.