Los asesinatos dominó (Los 4 episodios) CAPÍTULO 18
100%

CAPÍTULO 18

C uando Heather salió del trabajo el viernes por la noche, todavía no sabía el resultado de la última apuesta que había hecho. No sabía dónde había caído el satélite de la NASA, ni si había llegado a caer.

Había consultado las noticias en línea una última vez antes de apagar el ordenador. David iba a recogerla a la entrada para ir a cenar, así que probablemente no tendría ocasión de volver a mirarlo en un buen rato.

De camino al restaurante, David dijo:

—Entonces, ¿has pensado en casarnos el fin de semana del Día del Trabajo?

—David…

—Y no me preguntes por qué tengo prisa —señaló su mano izquierda—. Darte el anillo no significa mucho sin fijar una fecha.

—¿Por qué lo dices?

—Mira, por eso normalmente no te presento a la gente como mi prometida. Siempre dicen: «Oh, qué maravilla, ¡enhorabuena! ¿Cuándo es la boda?», y entonces tenemos que decirles que aún no hemos fijado fecha —David se encogió de hombros—. No queda bien. Parece una farsa.

—No parece una «farsa», David. Además, la gente no pregunta «¿Cuándo es la boda?». Pregunta «¿Habéis fijado fecha?». La gente educada, al menos.

—No se trata de eso.

—¿De qué se trata, entonces?

—La gente piensa que solo te estoy dando largas, Heather. Que te di un anillo para tenerte tranquila y que en realidad no tengo ninguna intención de casarme contigo.

—Así que todo esto va de cómo quedas tú ante los demás…

—Por supuesto que no. También va de cómo quedas tú.

Heather estaba molesta con él, a punto de enfadarse. Pero se contuvo.

—No nos peleemos por esto, David. Sería bastante absurdo, pelearnos por nuestra boda.

David le tomó la mano.

—Lo siento, cariño, no quería presionarte —se rio—. Menuda inversión de papeles, ¿no? Normalmente es la mujer la que presiona al hombre para casarse.

—Mira, ¿no puedes dejar que me haga a la idea de estar casada antes de fijar una fecha concreta?

—Claro que puedo, lo siento. Ojalá pudiéramos vivir juntos —hizo una pausa y la miró—. Por cierto, ¿cuándo voy a conocer a tu madre?

—En realidad, todavía no se lo he dicho.

David pareció sorprendido.

—¿No se lo has dicho? ¿Por qué?

—Porque no quiero hacerlo por teléfono, quiero decírselo en persona.

—¿Cuándo podemos ir, entonces?

—Bueno… preferiría decírselo yo sola primero, para que ella también se haga a la idea.

—Ah. Vale.

David parecía dolido, pero ella estaba demasiado preocupada por la apuesta del satélite de la NASA como para meterse en una discusión seria.

Si las predicciones seguían llegando con tanta regularidad como hasta ahora, y podía seguir apostando a partir de ellas, quizá lograra salvar la casa de su madre.

En lo que a ella respectaba, ni siquiera podía plantearse entrar en la familia Windsor antes de que el problema de la casa se resolviera, de un modo u otro.

El roce por la fecha de la boda enfrió un poco el inicio de la velada, pero para cuando terminaron de cenar, el ambiente se había caldeado de nuevo entre ellos.

—Vamos a mi apartamento —susurró David mientras pagaba la cuenta. Aunque ambos estaban llenos, sus ojos tenían una mirada hambrienta.

Habían planeado ir a bailar, pero Heather sonrió.

—Me parece bien.

En cuanto llegaron al apartamento de David, él empezó a desvestirla.

—Duchémonos primero —susurró Heather—. Ha sido un día muy largo.

—¿Juntos? —dijo David con una sonrisa.

—Estoy demasiado cansada para acrobacias acuáticas esta noche. ¿No podemos hacerlo a la antigua?

David se rio.

—Vale. Dúchate tú primero.

Mientras se enjabonaba, Heather no dejaba de pensar en la apuesta que había hecho. Con suerte podría ver las noticias mientras David se duchaba y averiguar qué había pasado con el satélite.

En cuanto le tocó el turno a David, Heather se sentó en la cama, envuelta en una toalla, y encendió la televisión. Eran las once de la noche y las noticias acababan de empezar.

Hablaban de violencia en Oriente Medio, protestas en Rusia, dos aviones que casi colisionan cerca del aeropuerto de Gatwick y otros temas varios… pero ni una palabra sobre el satélite.

Cuando llegaron los anuncios antes de la sección del tiempo, Heather empezó a preocuparse de verdad.

Ahora se preguntaba si el satélite habría caído ya, y si las apuestas serían válidas si caía el sábado en lugar del viernes.

El correo había dicho que caería hoy y que aterrizaría en el hemisferio sur…

David salió del baño, también envuelto en una toalla. Miró la televisión.

El anuncio había terminado y ahora la presentadora hablaba con el hombre del tiempo.

—Bob, tienes lo último sobre ese satélite de la NASA que debía caer hoy…

—Sí, Sandra. Al final cayó, y no le dio a nadie en la cabeza, afortunadamente.

—Qué alivio, Bob.

David se sentó en la cama y deslizó el brazo bajo la toalla de Heather, cogiéndole el pecho.

—Espera —dijo Heather, poniendo la mano sobre la de él.

David miró a Heather.

—¿Quieres ver el tiempo?

—Shhh.

El hombre del tiempo hablaba de la gente que apostaba a dónde caería el satélite.

—¿Se puede apostar por ese tipo de cosas? —dijo la presentadora.

—Por supuesto que sí, Sandra. Resulta que conozco a unas cuantas personas entre nuestros televidentes que apostaron por esto.

—Pero tú no, Bob.

—Por supuesto que no, Sandra. Ya me conoces: nunca apuesto.

Al parecer, era una broma interna en la cadena, porque se oyeron muchas risas de fondo.

David le metió la lengua en la oreja a Heather. Se le puso la piel de gallina en el cuello y el hombro, pero mantuvo los ojos fijos en la televisión.

Una imagen en 3D del mundo apareció en la pantalla, detrás del hombre del tiempo. Mientras el globo giraba hacia el océano Pacífico, apareció una línea discontinua en diagonal con una X al final.

—Como pueden ver, el satélite UARS-II descendió a lo largo de esta trayectoria desde el este de Hawái, bajando por el Pacífico Sur. Cayó al agua en algún lugar al oeste de las islas Galápagos...

El hemisferio sur , pensó Heather.

Se rio entre dientes.

David la miró.

—¿Te parece divertido?

—Algunos de la oficina estaban apostando por eso, nada más.

—Deberían haber apostado por esto —dijo David, empujándola hacia atrás en la cama y quitándole la toalla.

Heather gimió de placer.

Ahora tenía 50.000 dólares en su cuenta de apuestas deportivas.

(Fin del Libro 1 – continuará)