Los asesinatos dominó (Los 4 episodios) CAPÍTULO 64
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CAPÍTULO 64

Miami, Florida

L a agente del FBI Savannah Sturgeon acababa de llegar a Miami.

Conducía por la MacArthur Causeway, dejando atrás cruceros y filas de palmeras, camino del Club Náutico de Coral Gables. El detective encargado del caso de Alec Holvik había accedido a reunirse allí con ella para responder algunas preguntas.

Como sabía que el viaje a Miami sería breve, no se había molestado en pedir un coche a la oficina local del FBI; simplemente había alquilado un utilitario en el aeropuerto.

Vio el letrero del club náutico y enfiló el pequeño coche hacia la entrada.

Al aparcar, vio a dos hombres junto a la entrada principal que la observaban. El mayor, con pinta de policía, la saludó con la mano. Cuando salió del coche, le devolvió el saludo y se golpeó la coronilla contra el marco de la puerta.

—Malditos coches japoneses diminutos —murmuró, frotándose la frente.

Mientras el detective guiaba a Savannah por el club hacia el puerto deportivo, pasaron junto a una atractiva mujer de mediana edad que estaba frente a un tablón de anuncios. Colgaba una foto de un velero.

El detective la saludó y se apartó para intercambiar unas palabras en voz baja; después volvió junto a Savannah.

—¿Quién era? —preguntó Savannah.

—La viuda de Alec Holvik; está poniendo el barco en venta.

«Dios mío» , pensó Savannah, volviendo a mirar a la mujer por encima del hombro. «El cuerpo de su difunto marido aún no se ha enfriado».

Un joven marinero del club se unió a ellos antes de salir a los muelles.

—Está aquí para echarnos una mano —le dijo el detective a Savannah—. Yo no soy marinero.

—La miró—.

—¿Tú sí?

—Prefiero tierra firme.

Él se rio.

—Te entiendo.

Salieron y caminaron por uno de los largos muelles; la estructura de madera se mecía ligeramente bajo su peso. Se detuvieron frente a un impresionante velero de líneas elegantes. Medía unos quince metros de eslora; Savannah lo sabía por el expediente del caso.

— Prosperity —dijo Savannah, leyendo el nombre de la embarcación en el casco.

—Sí, ya me gustaría a mí tener esa clase de prosperidad —dijo el detective—. La viuda de Holvik pide setecientos mil por él.

El marinero subió al barco y los ayudó a embarcar.

—Echemos un vistazo a la botavara —dijo el detective. Él y su equipo forense habían examinado el barco esa misma mañana.

El marinero comenzó a retirar la funda que cubría la vela mayor. A Savannah no le gustaba la sensación de estar en el muelle, y mucho menos en el barco, con la cubierta balanceándose bajo sus pies. Le recordaba a un terremoto que había vivido en California.

Cuando la botavara quedó al descubierto, el detective dijo:

—Aquí es donde golpeó a Holvik en la frente.

Había una abolladura visible en el aluminio.

—Se encontraron restos de sangre en la superficie, y las muestras coincidían con el grupo sanguíneo de Holvik.

Savannah asintió.

—Ya veo.

El detective se encogió de hombros.

—Eso es todo. Holvik y la chica olvidaron activar el dispositivo que impide que la botavara oscile...

Miró al marinero del club náutico.

—¿Cómo se llama? No me acuerdo.

—Un retenedor de botavara —dijo el marinero, señalando unas cuerdas junto a la bañera—. Es este aparejo de aquí.

—¿Es fácil olvidarse de colocarlo? —preguntó Savannah.

—Bueno, solo había dos personas a bordo. Normalmente un barco de este tamaño requiere una tripulación de seis a ocho personas. Iban muy justos.

Savannah recorrió la bañera, ya algo mareada por el suave vaivén del agua del puerto.

—Lo que no entiendo es cómo Holvik se fracturó esas costillas y acabó con el pulmón perforado.

Se acercó a la botavara.

—Él habría estado de pie mirando hacia este lado, ¿verdad? ¿Más o menos aquí?

El marinero asintió.

Ella agarró la pesada barra de aluminio.

—¿Y esto le habría golpeado en la frente y lo habría lanzado por la borda, hacia atrás?

—Sí, exacto.

Se volvió y miró por encima de la borda, imaginándose la caída al agua.

—Entonces, ¿qué demonios le golpeó en el pecho?

El detective suspiró.

—Probablemente el barco lo golpeó cuando ya estaba en el agua; tal vez el timón le dio al pasar.

El marinero se acarició la barbilla, pensativo, con la mirada en la popa.

—No estoy seguro de eso.

Savannah tampoco estaba convencida.

Se acercó a la popa y miró el timón, parcialmente visible.

—La verdad es que no veo cómo...

—Además —dijo el detective—, la chica dijo que dio una vuelta en círculo para buscarlo. Está en la grabación de radio de la Guardia Costera. Ella podría haberlo golpeado.

—Pero si eso ocurrió...

—Agente Sturgeon, con todo el respeto, este caso está oficialmente cerrado. No hay nada que indique un crimen.

Ella se volvió y lo miró a los ojos.

—¿No le parece sospechoso que Madison Brown desapareciera del hospital, o que estuviera usando un carné de conducir falso?

—Muchos chavales tienen carnés de conducir falsos para poder beber, y viene gente de todo el país a trabajar en estos barcos durante el verano.

El marinero asintió.

—Holvik murió justo delante de ella, en la camilla del helicóptero.

El detective se encogió de hombros.

—Se vino abajo y salió corriendo. Se sentía en parte culpable del accidente.

«A este poli lo han comprado o presionado», pensó Savannah, «igual que al de Half Moon Bay».

—¿Tiene alguna otra pregunta? —preguntó el detective.

—No, no se me ocurre ninguna.

Bajaron del barco mientras el marinero volvía a colocar la funda de la vela.

—Gracias por venir.

Savannah vaciló.

—Voy a charlar con los de la Guardia Costera que rescataron a Holvik.

—Haga lo que quiera.

Savannah tenía una cita con John Curry, el buzo que había sacado a Alec Holvik del agua, y con Robert Simpson, el paramédico que había intentado salvarle la vida.

Habló primero con Curry.

—Me sorprende que el FBI esté metido en esto —dijo Curry nada más presentarse ella y sentarse en la sala de reuniones. Era un tipo afable, de unos treinta años, con el pelo rubio y corto.

—¿Por qué?

Curry se encogió de hombros.

—A mí me pareció un accidente. Yo también navego un poco. Es fácil que te dé un golpe la botavara. Algunos navegantes de primera han muerto así, como seguramente sabrá.

Savannah consultó su copia del expediente del caso.

—Entonces, después de meter a Holvik en la cesta de rescate, ¿nadó hasta el velero?

—Correcto.

—¿Y luego qué?

Curry se encogió de hombros.

—Poca cosa. Subí a bordo, le pregunté a la chica si estaba bien y me dijo que sí.

Pensó un momento.

—Ella preguntó si Holvik estaba bien y le dije que no lo sabía.

—¿Cómo reaccionó?

—No lo sé. No presté mucha atención.

—Bueno, ¿pareció aliviada de que siguiera vivo?

Curry sonrió.

—¿O qué? ¿Decepcionada? ¿Por qué todo el mundo da por hecho que esa chica pudo haberlo matado?

—Nadie da nada por sentado, señor Curry. Al menos, yo no.

—Yo diría que es completamente normal que se fuera del hospital después de todo lo que había pasado. Me pareció bastante alterada, se echaba la culpa del accidente. La policía no estaba allí para decirle que se quedara, solo Robert. Es el paramédico que...

—Sé quién es. Usted y Robert han hablado mucho de esto, entonces...

—Bueno, claro. Trabajamos juntos. ¿Por qué no íbamos a hacerlo?

—¿Qué más puede decirme sobre ella? ¿Qué más dijo?

—La verdad, no mucho. Le dije que íbamos a evacuarla en helicóptero y no quería dejar el barco. Parecía preocupada por la seguridad de lo que Holvik tenía abajo: objetos personales. Creo que esas fueron sus palabras.

El expediente del caso decía que la policía no había encontrado dinero ni objetos de valor dentro del barco, solo equipo de navegación y los suministros habituales de cocina y baño.

—De hecho, quería llevar ella misma el barco de vuelta al muelle, lo cual era una locura —dijo Curry—. Lo achaqué al shock y a la preocupación por el barco y lo que llevaba dentro.

—¿Y luego qué?

—Bueno... déjeme pensar... Le dije que recogiera los objetos personales que tuviera a bordo, y bajó y volvió con una bolsa de lona y la bicicleta.

—¿Una bicicleta? —dijo Savannah, sorprendida.

—Sí, de las que se pliegan.

«Joder», pensó Savannah. Había tenido la idea descabellada de que podría ser la misma chica que estaba metida en el «accidente» de los hermanos Baylor, pero hasta entonces había pensado que las similitudes podían ser solo una coincidencia.

Estaba empezando a tener una fuerte sensación de déjà vu .

—¿De qué color era esa bicicleta?

Curry lo pensó.

—La verdad, no me fijé. Blanca, quizá, pero no estoy seguro.

Savannah lo anotó. La bicicleta plegable que llevaba la chica en California también era blanca.

—¿Algo más?

—La verdad es que no. La ayudé a meterse en la cesta y la subieron al helicóptero.

El paramédico, Robert Simpson, era un tipo fornido de unos treinta y cinco años que llevaba gafas gruesas.

Parecía un poco nervioso cuando se sentó en la sala de reuniones, frente a Savannah.

—No le quitaré mucho tiempo —dijo ella—. Solo quiero hacerle algunas preguntas sobre Madison Brown.

Él asintió.

—Bien.

—¿Qué pasó exactamente después de que la subieran al helicóptero?

—¿Pasó? No pasó nada, se sentó a mi lado en el banco.

—¿No dijo nada?

—No, solo preguntó si Holvik se pondría bien. Le dije que parecía estable, pero que estaba bastante mal, que quizá tenía varias costillas rotas y un pulmón perforado.

—¿Cómo reaccionó ella?

Simpson frunció el ceño.

—No lo sé, estaba pendiente de Holvik.

—¿Diría que esas otras lesiones, las costillas rotas, pudieron ser por el accidente con la botavara?

—No lo sé, no soy marinero.

Savannah tomó nota.

—De acuerdo. ¿Y luego?

—Luego... nada. No creo que dijera otra palabra en todo el vuelo.

Hizo una pausa.

—Bueno, sí que dijo una cosa más.

—¿Qué?

—«Algo va mal».

—¿Qué quiere decir? ¿Cuándo dijo eso?

—Cuando Holvik entró en paro cardíaco. Sonó la alarma del electrocardiograma, pero yo estaba medio metido en la cabina, hablando con Urgencias.

—¿Quiere decir que no estaba sentado a su lado justo antes de que le parara el corazón?

—No. Urgencias me devolvió la llamada y querían saber...

—Pero podía ver a Holvik...

—Bueno, en realidad no. Para coger los auriculares y hablar con Urgencias, tuve que darle la espalda. Pero solo fue un minuto o dos.