Los asesinatos dominó (Los 4 episodios) CAPÍTULO 62
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CAPÍTULO 62

Cleveland, Ohio

D espués de que Renata escapara del hospital de Miami donde la habían trasladado en helicóptero junto con Alec Holvik, volvió en bicicleta hasta el camping, manteniéndose en las sombras todo lo posible, por miedo a que la policía ya estuviera buscándola.

Dejó la bicicleta a unas manzanas de distancia, la plegó y la abandonó detrás de un contenedor de donaciones de Goodwill.

Luego recogió todo su equipo de acampada, lo cargó unas calles más allá y llamó a un taxi para ir al aeropuerto.

Con su identificación de Madison Brown, compró en efectivo un billete para un vuelo nocturno a Charlotte, Carolina del Norte; después se quitó la peluca y volvió a ser Renata Richardson.

Allí usó su identificación real y su tarjeta de débito para comprar el billete de vuelta a casa.

Por fin estaba en Cleveland, en un taxi.

Se habría quedado dormida en el asiento trasero de no estar tan preocupada por su madre.

Renata había llamado a Kay desde Florida para decirle que volvía a casa y que no se preocupara por el pago mensual de la hipoteca, que vencía ese día.

Se había olvidado de dejarle dinero a su madre para pagarlo.

Pero cuando llamó, no hubo respuesta. Había probado varias veces tanto el móvil de su madre como el fijo desde el taxi, y solo le saltaba el buzón de voz.

Durante las últimas semanas, Renata había temido que el grupo de hombres que la habían violado, o su organizador, hubiera dado con su pista de algún modo, y que fueran a su casa a buscarla y le hicieran daño a su madre.

Su lado más racional le decía que era poco probable.

Razonaba que, aunque los hombres descubrieran que alguien iba tras ellos, probablemente no sabrían quién era exactamente.

Era lógico pensar que esos hombres habían atacado a muchas mujeres jóvenes, y Renata suponía que habría bastantes en el mundo dispuestas a matar a cualquiera de ellos si tuvieran la oportunidad de hacerlo impunemente.

Renata volvió a llamar a su madre, aunque el taxi ya estaba a solo unas manzanas de su casa.

—Vamos, mamá, contesta —susurró con ansiedad. Su madre nunca salía de casa para ir al trabajo antes de las 7:45, y solo eran las 7:15.

Algo iba mal.

Una vez más, el teléfono sonó hasta que saltó el buzón de voz.

Cuando Renata abrió la puerta principal y el cálido aroma a tostadas y beicon le llegó a la nariz, sintió una oleada de alivio.

—¡Soy yo, mamá! —gritó mientras arrastraba las dos bolsas de lona hasta el salón.

No hubo respuesta.

Al entrar en la cocina, encontró a su madre sentada a la mesa, vestida para ir al trabajo, con un plato de comida a medio comer delante.

En cuanto Renata vio la expresión fría y distante en el rostro de Kay, supo lo que había pasado.

Encontró el dinero en mi armario.

Kay la fulminó con la mirada, se levantó de la mesa y llevó el plato al fregadero.

—¿Qué pasa, mamá?

Su madre tiró la comida a la basura y enjuagó el plato, sin responder.

—¿Has estado en mi habitación? ¿Es eso?

Su madre se volvió bruscamente.

—¡Cómo te atreves!

—¿Cómo me atrevo a qué?

—Hay casi un millón de dólares escondidos en tu armario.

Renata tragó saliva.

—Mamá, no tienes ningún derecho a andar husmeando en mi...

—Tengo todo el derecho a saber qué hay bajo este techo. Es mi casa, Renata.

Se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Dios mío, cariño, ¿qué has hecho?

—No hice na...

—¿Ese «trabajo» ridículo e inventado que tienes en Boston? Debes de pensar que soy idiota.

Cada vez más histérica, añadió:

—¿Robaste todo ese dinero? ¿Atracaste un banco? ¿Qué?

—Mamá...

—¿O es de drogas? Seguro que es eso. ¡Cómo te atreves a traer dinero sucio a mi casa y luego darme parte para pagar la hipoteca, como si lo hubieras ganado honradamente!

Renata se quedó allí plantada. Sabía que no tenía sentido intentar hablar con ella mientras estuviera en ese estado.

—He estado tan alterada estos días que no puedo comer, no puedo dormir.

Kay se secó los ojos.

—Tengo que ir a trabajar, a un trabajo de verdad , y ganarme la vida honradamente.

Por fin se quedó quieta y miró a su hija con los brazos cruzados, como esperando una explicación.

—¿Ya has terminado de sacar conclusiones precipitadas y montar el numerito? —dijo por fin Renata.

Kay parpadeó un par de veces y su expresión cambió a una que Renata conocía bien: la que ponía cuando recordaba que su hija era una mujer adulta y no una niña de trece años.

Kay se secó los ojos.

—Está bien, entonces, ¿de dónde ha salido el dinero?

—No lo robé, y no es dinero de drogas.

—¿Entonces de dónde?

—Alguien me lo dio.

—¡Ja! Bradley, supongo.

La miró de arriba abajo.

—Debes de saber muy bien cómo complacerlo.

—«Bradley» ni siquiera existe. Me inventé lo del trabajo para explicar el dinero.

—Entonces, ¿cómo esperas que me crea nada de lo que digas?

—No espero que lo hagas.

—Desde que volviste de Grecia, eres otra persona. ¿Qué pasó exactamente allí? Sé que pasó algo.

—Mamá... no quiero mentirte, pero no puedo decirte la verdad. Tienes que aceptarlo. Lo que sí puedo decirte es que es dinero para comprar mi silencio.

—¿Dinero para comprar tu silencio ?

—Sí, dinero para que mantenga la boca cerrada. Presencié algo que ocurrió en la isla, algo ilegal. Fui a la policía a denunciarlo, pero no tenía pruebas sólidas y no me creyeron. Entonces, los que cometieron el delito me dieron el dinero para que guardara silencio.

—¿ Un millón de dólares?

—Sí, un millón de dólares.

—¿Qué hicieron, asesinar a alguien?

La miró con asco.

—¿Así te he criado yo, para que seas cómplice de un crimen?

—Mamá, no fue ese tipo de delito. Nadie resultó herido.

Excepto yo , pensó.

Su madre se llevó las manos a la cara.

—Dios mío... ¡Ya sé lo que hiciste en realidad!

Renata retrocedió.

—¿Qué?

—¡ Vendiste tu virginidad! Lo vi en la tele. Chicas jóvenes y decentes se meten en páginas web y la venden al mejor postor, normalmente hombres árabes ricos. Te estabas guardando para el matrimonio y decidiste sacarle partido.

Renata no pudo evitar reírse.

—Mamá, tu imaginación se ha desbocado. No hice nada de eso.

—Estoy harta de tus mentiras. Sé que ya no eres virgen... sé que Matt ha venido aquí mientras yo estaba en el trabajo.

—¿Y qué?

Renata se sonrojó.

—Siempre te pareció un poco tonto eso de «guardarme para el matrimonio».

—¡Fuera! —siseó Kay de repente, señalando la puerta.

Renata retrocedió.

—¿Qué?

—¡Fuera de mi casa! Haz las maletas y vete. No pienso tenerte a ti, ni a la persona en la que te has convertido, ni a tu dinero sucio, bajo mi techo. Vete a alquilar un ático en Nueva York... ahora puedes permitírtelo. A lo mejor acabas siendo una de esas escorts de cinco mil dólares la noche.

Renata tragó saliva y también se echó a llorar.

—¡Fuera! —repitió su madre, señalando hacia la puerta principal.

Unos minutos después, Renata estaba en su habitación, sollozando mientras metía más ropa lentamente en las bolsas de viaje.

Recorrió con tristeza la habitación con la mirada, contemplando todos los objetos sentimentales que había guardado desde la infancia: su osito de peluche, su pequeña mecedora, sus muñecas. Sabía que tarde o temprano se iría de casa, pero nunca pensó que sería así.

Su mirada se detuvo en la puerta del armario.

El dinero había estado a salvo escondido allí. No podía llevar un millón de dólares encima a todas partes, ni arriesgarse a dejarlo en cualquier apartamento nuevo que alquilara. Tampoco podía meterlo en el banco.

Mientras estaba allí sin saber qué hacer, con la cabeza dándole vueltas, alguien llamó suavemente a la puerta.

—¿Renata?

Se recompuso, se secó las lágrimas y fue a abrir.

Su madre estaba allí de pie, mucho más calmada ahora, aunque todavía emocionada.

—Hablé llevada por la rabia... perdona por decir todas esas barbaridades. No quiero que te vayas, cariño. No si puedes mirarme a los ojos y decirme, una vez más, que no hiciste nada malo para conseguir el dinero.

—No hice nada malo para conseguir el dinero —repitió Renata con seguridad, sosteniendo la mirada de su madre.

Kay la miró a los ojos y le sostuvo la mirada un momento.

—De acuerdo, te creo. O al menos creo que tú crees que no hiciste nada malo, y tienes muy buen criterio para esas cosas.

Echó un vistazo a la habitación.

—Ya eres una mujer adulta... tienes derecho a tu intimidad. No debería haber fisgoneado ni haberme entrometido. No volveré a hacerlo. Te lo prometo.

—¡Oh, gracias, mamá! —exclamó Renata, y la abrazó.

Kay titubeó, incómoda.

—Eh... lo del pago de la hipoteca. Vence hoy, y...

—Por supuesto —dijo Renata.

Abrió el bolso rápidamente y contó el dinero justo.