Los asesinatos dominó (Los 4 episodios) CAPÍTULO 60
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CAPÍTULO 60

S olo tres días después, por fin se presentó la oportunidad que Renata había estado esperando con paciencia y para la que se había preparado con tanto esmero.

Cuando Holvik y la tripulación sacaron el Prosperity a la bahía, les costó horrores mantener el barco adrizado. El viento era más fuerte que cualquier otro que ella hubiera experimentado en el lago Erie o allí, y eso que ni siquiera estaban en mar abierto.

Era la primera vez que Renata sentía verdadero miedo desde que había empezado a navegar.

El barco no llegó a volcar, pero estuvo a punto.

Luego, cuando ya estaban hartos y regresaban al club náutico, una ráfaga repentina de viento golpeó el foque con tal fuerza que dañó parte del aparejo.

Había una pequeña grieta en la parte superior del casco, lo que hacía imposible navegar con normalidad sin arriesgarse a que la grieta se agrandara.

Tuvieron que enrollar el foque y usar solo la vela mayor para volver al muelle.

Por los daños, llegaron más tarde de lo habitual, casi al anochecer.

Holvik pasó gran parte del tiempo al teléfono, yendo y viniendo por la cubierta, buscando desesperadamente a alguien dispuesto a reparar el barco para la tarde siguiente y no perder un día de entrenamiento para la regata.

Mientras Renata y el resto de la exhausta tripulación amarraban el barco al muelle, él gritó —¡Sí! —y se guardó el teléfono en el bolsillo.

—Señoras, he encontrado a un tipo en el Club Náutico Cocoplum que ha aceptado arreglarlo para mañana a mediodía. Por una suma exorbitante, claro.

Miró a la tripulación.

—¿Quién quiere acompañarme a llevarlo hasta allí? No tardaremos más de una hora.

Solo hubo quejidos y excusas.

—Yo voy —dijo Renata enseguida.

Holvik miró a las demás, que negaban con la cabeza entre disculpas.

—Vale, vale —dijo irritado, y miró a Renata—. Podremos con ella si vamos con cuidado.

Holvik acompañó a la tripulación por los muelles hasta la pasarela para dejarlas salir de la zona de atraque.

—Entonces mañana quedamos en el puerto deportivo de Cocoplum, a la una en punto, junto a los muelles. ¿Podéis venir todas?

Todas aceptaron, aunque a regañadientes.

Mientras Holvik cerraba la verja tras ellas, vio a Renata quitando el candado de su bicicleta, que ahora dejaba dentro del muelle.

—Te pido un taxi —dijo Holvik—. Puedes dejar la bici aquí.

—La necesito mañana por la mañana. Además, es plegable, no pasa nada.

Unos minutos después, el Prosperity volvía a estar en marcha, rumbo sur a través de la bahía. El barco iba iluminado como un árbol de Navidad, con luces de navegación rojas y verdes, luces de cubierta y dos luces de fondeo montadas en lo alto del mástil.

El tiempo se había calmado bastante, pero el viento seguía siendo fuerte y racheado. Soplaba casi desde popa, del nor-noreste, así que navegaban de largo, casi en popa cerrada, pero no del todo.

Las condiciones no podían ser más perfectas para su plan.

Navegaron a una milla de la costa aproximadamente, para evitar barcos fondeados y otros obstáculos que pudieran no ver.

Al cabo de unos minutos, Holvik dijo:

—Tengo que bajar al aseo. Coge el timón y mantén el rumbo.

—A la orden, capitán —dijo Renata con una sonrisa.

Él le devolvió la sonrisa y bajó a toda prisa.

En cuanto oyó cerrarse la puerta del aseo, activó el piloto automático para mantener el rumbo y subió rápidamente a la cubierta de babor.

Soltó la retenida de la botavara lo más rápido que pudo, dejando el cabo tendido sobre la cubierta siguiendo la curva del barco para que no se notara. El corazón le latía desbocado.

Después volvió a la bañera, desactivó el piloto automático y ya estaba de nuevo al timón cuando Holvik reapareció.

—¿Alec? —dijo ella.

Él la miró fijamente mientras subía más despacio por la escalerilla. Pocas tripulantes se atrevían a llamarlo Alec; lo llamaban patrón, capitán o señor Holvik.

Ella se quitó la peluca y se sacudió el pelo.

—¿Me reconoces?

Él dio un solo paso más y se detuvo. Tenía la cabeza a la altura de la botavara.

—Yo... ¿de qué estás hablando?

—Soy Renata Richardson.

Sonrió con amabilidad.

—Ya sabes, la chica a la que tú y tus amigos violasteis en grupo en la isla Priveza.

Vio cómo su nuez subía y bajaba al tragar. Renata giró sutilmente el timón a babor, haciendo que el barco cayera más a popa.

—Yo... nunca te había visto hasta que empezaste a formar parte de mi tripulación —balbuceó, pero algo le llamó la atención en la mano de ella. Parecía haberse dado cuenta de que se estaban desviando del rumbo.

—¿Sabes qué hora es, Alec?

Frunció el ceño, confuso.

—¿Si yo...?

Volvió a mirarle la mano y luego miró bruscamente hacia la botavara, al otro lado de la bañera. Ella vio cómo se le abrían los ojos de par en par al darse cuenta de que la retenida había desaparecido.

—Ha llegado la hora de ajustar cuentas —dijo ella, y giró el timón con fuerza.

¡Zas!

El viento hinchó el otro lado de la vela y la pesada botavara le golpeó en la frente con tal fuerza que lo derribó y lo lanzó por la borda.

Cayó de espaldas en el agua oscura y agitada, y desapareció un instante después mientras el barco seguía su rumbo.

Renata siguió girando el timón en la misma dirección hasta que la proa apuntó directamente al viento.

Recogió la peluca, la tiró a la cabina y saltó a cubierta para arriar la vela mayor, que flameaba enloquecida.

No fue fácil hacerlo sola, pero tras forcejear un rato, consiguió bajarla y la dejó amontonada en la bañera.

Ahora el barco estaba casi inmóvil, mecido por las corrientes. Si se alejaba demasiado de Holvik, no podría alegar que había virado de inmediato para buscarlo. Sacó una potente linterna de un compartimento en un panel de la bañera, la encendió y la dejó sobre el banco.

Se quedó allí sentada tres minutos enteros, controlando el tiempo en su cronómetro: el límite antes de que la falta de oxígeno causara daño cerebral.

Luego apartó la vela mayor y bajó a la lujosa cabina.

Había una mesa de cartas con una radio, y en una placa frontal estaba grabada la frecuencia de emergencia de la Guardia Costera de EE. UU.

Renata sabía exactamente qué hacer: la habían entrenado para ello en Cleveland, y Holvik también le había mostrado el procedimiento, parte del adiestramiento básico para cualquier tripulante nuevo.

Con la mano sudorosa, sintonizó la frecuencia y pulsó el botón del micrófono.

—¡Mayday, Mayday! —gritó histérica—. ¡Hombre al agua, hombre al agua!

Solo se oyó estática. Esperó unos segundos y estaba a punto de pulsar de nuevo, pero alguien respondió.

—Aquí la Guardia Costera de EE. UU. —dijo una voz masculina—. Indique tipo de embarcación, nombre y posición, por favor.

—Eh, es un velero Xc 50, el Prosperity . —Miró el navegador y leyó las coordenadas GPS.

—Recibido —dijo la voz—. ¿Es usted la patrona?

—No, s-soy tripulante. El patrón es el que ha caído.

—¿Cuántos tripulantes a bordo?

—Solo yo.

—¿Hay daños en el barco, o...?

—No, la botavara golpeó al patrón y lo tiró al agua.

—¿Lleva chaleco salvavidas?

—Sí. — Por desgracia .

Hubo un largo silencio.

Luego: —Voy a enviar un helicóptero; espere diez minutos. ¿Lo ha buscado?

—Di una vuelta alrededor, pero está demasiado oscuro para ver.

—¿Dónde está usted, bajo cubierta?

—Sí.

—¿Están encendidas las luces del barco?

—Sí, todas.

—¿Tiene bengalas?

Renata abrió la caja de EMERGENCIA en la consola de navegación y las contó. —Muchas. De mano y de paracaídas.

—No las use a menos que se lo indiquemos; podrían atraer a otra embarcación que podría golpear al hombre en el agua.

—De acuerdo.

—Suba el volumen de la radio al máximo, luego vaya a cubierta con una bengala lista. Arríe todas las velas y espere al helicóptero.

—Ya he arriado las velas.

— No ancle la embarcación; déjela a la deriva.

—Entendido.

—Solo espere, señora, lo está haciendo muy bien. La ayuda está en camino.

Un momento después, Renata subió las escaleras hasta la bañera, con una bengala en la mano. Se había vuelto a recoger el pelo y llevaba la peluca puesta de nuevo.

Se quedó allí de pie un momento, con el corazón desbocado.

Era espeluznante: el barco inmóvil en el agua con las velas arriadas, a la deriva, el viento silbando entre los obenques, mientras el cuerpo de Alec Holvik flotaba en algún lugar de la oscuridad.

Avanzó y examinó de cerca la botavara, que se mecía perezosamente con el viento. Había una ligera abolladura en el aluminio y salpicaduras de sangre alrededor.

Bien. Prueba sólida del accidente.

Tendría que explicar por qué el retenedor de botavara no estaba sujeto, pero podía alegar que fue un descuido: con solo dos personas manejando un barco tan grande y con viento fuerte, ambos se habían olvidado de colocarlo.

Renata miró el reloj: solo habían pasado seis minutos desde que había terminado la llamada con la Guardia Costera.

Escudriñó el agua hacia la costa, recorriendo con la vista la franja de luces titilantes en tierra firme, buscando el helicóptero... pero no vio nada todavía.

Entonces vislumbró una luz que avanzaba con regularidad desde el norte. Se desplazaba demasiado despacio, y volaba demasiado bajo, para ser un avión.

Sí... era un helicóptero y se dirigía hacia ella; llevaba un reflector en el morro que barría el agua con su haz de luz.

«Mantén tu versión y saldrás de esta...».

De pronto, la popa del barco se sacudió.

Oyó el traqueteo de la escalerilla contra el casco y se dio la vuelta.

Alec Holvik estaba subiendo por el costado, chorreando agua, con una herida sangrienta en la frente.

—¡Maldita... zorra ! —rugió.

Renata retrocedió, tropezando con la vela amontonada, aterrorizada.

Su primer impulso fue lanzarse directamente hacia él, pero Holvik arrancó una de las manivelas del winche del lado de estribor y saltó a la bañera.

Era una herramienta pesada, con un mango de madera giratorio en un extremo y un cuerpo de hierro curvado.

Empezó a blandirla por el mango, con el rostro crispado de ira. —Deberíamos haberte degollado.