CAPÍTULO 36
R enata pasó el resto del día dentro de su tienda en el camping, conectada a internet con el móvil, estudiando cómo ser una buena caddie y viendo todos los vídeos que pudo encontrar sobre el tema.
Decidió ir en coche hasta el centro comercial local para cenar, aunque eso implicaba la molestia de cambiar las matrículas otra vez.
Allí compró dos conjuntos nuevos de golf similares al que ya tenía.
Mientras conducía de regreso a la tienda, tuvo una agradable sorpresa: le bajó la regla.
Era la primera vez en su vida que se alegraba de tenerla.
Había regresado de Grecia hacía tres semanas y, en el fondo, había estado preocupada por haberse quedado embarazada tras la violación en grupo, a pesar de cierta inexplicable sensación visceral que le aseguraba que no había sido así.
Ahora lo sabía con certeza.
A primera hora de la mañana siguiente, Renata condujo hasta Poplar Beach, aparcó, cambió las matrículas de nuevo, se puso el disfraz y pedaleó hasta el campo de golf.
—¿Puede decirme dónde puedo encontrar a Jimmy? —le preguntó a la mujer del mostrador, la misma que había estado allí el día anterior.
—Está en la parte de atrás, tomándose el café y practicando con el driver —la empleada señaló la puerta trasera—. El de la camisa naranja.
Renata salió y lo encontró en el pequeño campo de prácticas. Jimmy estaba sentado en un taburete en el tee más alejado, bebiendo de una taza y hablando con un hombre negro que estaba de pie cerca de él, con un driver en la mano.
Renata se acercó y ambos hombres dejaron de hablar y la miraron.
—Disculpen que los moleste —dijo, sonriendo—. Me llamo Melissa Davis. Donna me dijo que usted era la persona indicada para hablar sobre el trabajo de caddie.
Los hombres se miraron, y Jimmy preguntó:
—¿Tienes experiencia?
Aparentaba unos treinta y cinco años, estaba bronceado y en excelente forma.
—Sí. Trabajé de caddie en el instituto, en mi ciudad. También estuve en el equipo de golf.
Pensó que probablemente también querían buenos golfistas.
—¿Ah, sí? —dijo Jimmy—. ¿Y de dónde eres?
—Scranton, Pensilvania. Mi madre y yo acabamos de mudarnos aquí, a Half Moon Bay.
Jimmy miró a su compañero, que tendría más o menos su edad, y este asintió.
—Veamos qué sabes hacer, Melissa —dijo Jimmy.
El otro hombre le entregó el palo que había estado sujetando, junto con una bola de prácticas con una franja roja alrededor.
Renata se acercó a la alfombrilla del tee, se agachó y colocó la bola en el tee fijo de goma mientras notaba cómo le subía la ansiedad. No se esperaba esto.
Por suerte, la brisa marina que venía de frente era muy suave, probablemente porque era temprano.
Respiró hondo varias veces, intentando relajarse, y recitó mentalmente el principio más sagrado del golf. Mantén la cabeza baja y la vista en la bola.
Levantó el palo con suavidad y ejecutó el swing.
Pum .
El palo topó la bola. Esta rebotó en la alfombrilla, rodó unos metros y se detuvo patéticamente en el césped.
Los hombres se rieron por lo bajo.
—¿Tienen un palo de mujer? —preguntó Renata, enrojeciendo—. Este me queda un poco largo.
—Claro —dijo Jimmy. Dejó el café y se acercó a una mujer que estaba tres tees más allá—. Christine, ¿me prestas un driver un momento?
Jimmy volvió y se lo entregó a Renata, junto con una bola nueva.
Renata respiró hondo varias veces antes de colocar la bola en el tee, luego volvió a prepararse y acercó la cara del palo a la bola.
Y se dijo: Si no logras un golpe decente, no podrás castigar a esos hombres que te violaron.
Levantó el palo con suavidad, preparándose, y visualizó lo que planeaba hacer en el hoyo dieciséis.
¡Pam!
Jimmy soltó un silbido bajo mientras la bola volaba alta y recta por el campo de prácticas y rebotaba varias veces. Renata supo al instante que había sido un buen golpe, solo por la sensación.
—Eso son unos ciento setenta —dijo Jimmy, mirando los marcadores de distancia.
—Yo diría ciento setenta y cinco —dijo el hombre negro, visiblemente impresionado—. Recto como una flecha. Buen golpe, Melissa.
Jimmy sonrió y le entregó otra bola con gesto escéptico.
—Hazlo otra vez.
—Vosotros sí que sabéis meter presión.
Ambos se rieron por lo bajo mientras ella colocaba la bola.
Renata se concentró y volvió a imaginarse castigando a los dos hombres que perseguía.
¡Pam!
Casi una repetición exacta. La bola cayó a un par de metros del primer golpe y rodó casi la misma distancia.
—Bueno, sabes jugar al golf, eso te lo concedo —dijo Jimmy—. Perdona que haya tenido que ponerte a prueba, pero vienen muchas mujeres que quieren ser caddies por las razones equivocadas…
Miró a su amigo.
—…bueno, buscando cazar a un hombre rico, para decirlo sin rodeos.
—Lo entiendo.
Renata sonrió. Si supieran mis razones…
—El problema es que nuestro programa de formación para caddies empezó ayer. Ya tenemos el nuevo grupo.
—Puedo ponerme al día. Seré la mejor caddie que hayáis tenido jamás. Soy muy decidida.
Jimmy sonrió, rascándose la barbilla.
—Bueno, eso ya lo veo.
Miró al otro, que se encogió de hombros.
—Ah, está bien. Pete, ve a apuntarla.